ENTREVISTA a Antonio Peña: El mito separatista de la Guerra de la Independencia (1)


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Tradicionalmente a lo largo de toda la Historia los catalanes, al igual que los vascos, han sido muy bravos y generosos luchando por España, algo que el separatismo oculta y tergiversa para negar la hispanidad de Cataluña. La Guerra de la Independencia no fue una excepción.

Antonio Peña, Doctor en Historia, explica para SOMATEMPS uno de los grandes mitos del separatismo catalán que sitúa el origen de la nación española en la Guerra de la Independencia.

 

Hay toda una línea historiográfica que insiste en vendernos que la guerra contra Francia desde 1808 a 1814 supuso el nacimiento de la nación española ¿es eso cierto?

En absoluto. Diversidad de capas sociales se levantaron contra el ejército francés a partir de abril-mayo de 1808 al grito de Religión, Patria, Rey. Y para todos ellos, con independencia de procedencia o extracción social, la patria era España en su conjunto incluidos los virreinatos americanos y sus gentes. Esto es, Las Españas.

Si aquellos españoles pudieron levantar la voz de España fue porque ésta, como patria y nación, existía con anterioridad. De hecho, España es una de las naciones más antiguas de Europa occidental.

¿Cuándo podemos decir que España surge como nación?

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III Concilio de Toledo

Podemos establecer dos orígenes que, combinados, llevaron al nacimiento de España como patria común y nación.

El primero lo tenemos en el pacto de hospitalitas y patrocinio del año 418 entre Walia y Roma, por el cual los godos pasaron a asentarse y gobernar legalmente Hispania. Pero la dinámica de saqueo bárbaro más la irrupción de Bizancio produjo un fuerte proceso de descomposición provincial. Si en ese momento Hispania no desapareció como tal fue por dos motivos principales: por la acción de la Iglesia, que mantuvo el corpus canónico y por la Lex Romana. Con estos dos cuerpos legislativos pudieron tener continuidad –bajo custodia de la Iglesia- los tribunales, las justicias y las administraciones. Este proceso formó una conciencia en la población de ser hispanorromanos y godohispanos. “Goti et hispani” sobre un patrimonio común o “patria comunis”.

El segundo momento lo encontramos en el III Concilio de Toledo (589) donde la Iglesia Católica supo aunar a todos -hispanorromanos y godoshispanos- en la construcción de un patrimonio común. Porque unos y otros pasaron a ser miembros plenos del reino de Hispania representado en Concilium (Cortes) estamental -según condición y jerarquía- pero todos, miembros constituyentes del reino.

El rey juraba en Concilium sobre el Tomus Regius (constituciones del reino) cumplir y hacer cumplir las leyes del reino, a las que también él quedaba sometido. El reino manifestaba que el deber del rey era ejercer la “auctoritas” y la “potestas” rectamente, es decir, deber de ejercer la virtud, celar por el bien del reino y defender la Religión Católica. Estos tres elementos conforman la famosa frase medieval: rexeris si recte facias. Sólo entonces el reino le reconocía como rey.

Seguidamente el Primado de Toledo rociaba al candidato con el asperges y el rey quedaba ungido como tal. Esta costumbre se mantuvo hasta la revolución ilustrada del siglo XVIII. Siendo Toledo la capital épica, política, eclesiástica y cultural del Reino de España. Las leges surgidas del III Concilio fueron mejoradas en el VIII Concilio de Toledo (653) que se llamaron Fuero Juzgo, siendo propiamente las primeras constituciones de España.

El Fuero Juzgo es de una gran modernidad. Lo podemos ver, por ejemplo, en la Ley II del Título 2 del Libro I. Aquí se recoge que la ley obliga a todos sin distinción de condición, edad o sexo, y alcanza en su obligatoriedad hasta el monarca mismo. O la ley 5, que establece que este código es la ordenación soberana de la nación española y su objetivo es que la maldad sea frenada para que los buenos puedan vivir tranquilos y seguros, siendo deber de todos acudir al sostenimiento y defensa de la Monarquía y de la Iglesia, tanto con sus haberes y haciendas como en propia persona y vida. Y ésta es obligación de todos ya sean nobles como plebeyos, ya clérigos como legos.

Este ordenamiento fue siendo mejorado en los posteriores Concilium, llegando a al XVI toledano. El Tomus Regius surgido de estas cortes recogió aspectos tan modernos como el derecho a juicios públicos con tribunales constituidos por gentes de igual rango, los derechos de garantías procesales de los acusados (siendo la primera garantía el reconocimiento de que todo súbdito es inocente hasta que se demuestre lo contrario) o el derecho de habeas corpus (por el que el súbdito detenido o preso tiene derecho a comparecer inmediata y públicamente ante un juez o tribunal para que, oyéndolo, resuelva si el arresto fue o no legal y si debería alzarse o mantenerse el arresto).

En conclusión. Desde el III Concilio de Toledo, catolicismo y España están intrínsecamente unidos. El uno sin el otro no tienen sentido. Éste es el problema actual de España, que ha dejado de ser católica, e incluso cristiana. Por eso se pegunta y pugna por buscar su identidad, recuperarla o inventarse una nueva.

La era isidoriana plasmó y consolidó esta empresa hispana de unidad dándole la forma cultural más avanzada de toda la Cristiandad. De ahí que el propio San Isidoro pudiese escribir su Laudae Hispaniae: “De todas las tierras que se extienden desde el mar de Occidente hasta la India tú eres la más hermosa. ¡O sacra y venturosa España, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos! […]”. Llegada la invasión musulmana, la Edad Media sería un continuado “llanto” y esfuerzo por la Recuperatio Hispaniae.

Entonces, ¿cuál es el sentido de la guerra contra Francia desde 1808 a 1814? ¿La podemos llamar Guerra de la Independencia?

5.jpgLa huella que los franceses habían dejado grabada en el imaginario colectivo español era muy negativa. Durante siglos Francia y los franceses habían sido los grandes enemigos políticos, militares y comerciales de España y de los españoles. De hecho, fue una de las razones por las que, en 1706, Felipe V intentó deshacerse de los franceses. Esto le llevaría a perder Madrid en aquel mismo año. Esta imagen no cambió ni con todo un siglo borbónico de alianzas comerciales y políticas, de “pactos de familia”. Los españoles eran mayoritariamente anti franceses. Incluso entre los grupos ilustrado-mercantiles hispanos –aliados de sus homónimos franceses- siempre hubo desconfianza y prevención ante el francés.

Llegado 1808 España quedó controlada por Francia tanto en lo militar como en lo político. En algunos lugares de forma directa y en otros de forma interpuesta, mediante españoles: los afrancesados. Y todo esto en un contexto cotidiano de presencia militar francesa en las calles. La inquina y animadversión con que las diversas capas sociales vivían esta situación hacía que los roces y altercados callejeros fuesen, aunque no de modo general, cosa cotidiana. Era cuestión de tiempo que algunos de estos rifirrafes callejeros acabasen en algaradas generalizadas. Y esto fue lo que sucedió entre abril-mayo en muchas ciudades. Para junio la algarada se había convertido en sublevación general.

Por ello se puede decir que fue una sublevación para expulsar de España a los soldados y a la gobernación de los franceses y de sus servidores españoles, los afrancesados. Por lo tanto, estamos ante una guerra de independencia con tintes de guerra civil.

Según esto ¿quiénes se sublevaron?

3.gifLa población en general con independencia de las vinculaciones estamental y sexual. Esto es, todos los cuerpos sociales, y tanto hombres como mujeres, participaron del movimiento insurreccional. Por eso podemos decir que fue el pueblo español en su conjunto el que se levantó al grito de “Religión, Patria, Rey”, es decir, “Dios, Patria, Rey”; que es el lema carlista.

Por ejemplo, campesinos como Espoz y Mina o el Empecinado; estudiantes como Matías Calvo; artesanos y fabricantes como Fidel Mallón, y también clérigos de diversa condición. En cuanto a las mujeres ocurre lo mismo. Ahí tenemos a Rosa Aguado, a Doménica Ruiz, a Francisca Ipiñazar, sin olvidarnos de Agustina Zaragoza Doménech (la famosa catalana Agustina de Aragón) o Francisquita Larrea que llamaba al deber de todo buen español en su obra Una aldeana española a su patria y que acababa clamando: Por Dios, la Patria y el Rey “morid o venced españoles, rogad y persuadir, españolas”. De este tenor tenemos muchos manifiestos femeninos. Recordemos también la Sociedad Patriótica de Damas, por ejemplo.

Y la procedencia de estos hombres y mujeres era variopinta, de todas las regiones. Por ejemplo, ahí está el manifiesto de una fiel española valenciana: “que sepa el sacrílego robador […] que en la cristiana y leal y noble España hasta las mujeres estamos armadas contra él y aprestadas a derramar toda la sangre”.

¿Fue una insurrección espontánea o dirigida?

1Depende de que entendamos por “dirigida”. Es cierto que en algunas ciudades había grupos que estaban conspirando, pero estaban dentro de ese contexto general de hostilidad social contra el francés. Los conspiradores no eran ajenos al sentimiento general de querer acabar con aquella situación. En otras ocasiones la revuelta surgió de forma instintiva. Un suceso trágico –un choque o altercado con una patrulla francesa, por ejemplo- podía llevar al disturbio ciudadano y de éste se pasaba a la insurrección general. Esta situación es la que hace escribir al embajador francés el 7 de abril de 1808: “la nación parece en calma, pero está eléctrica” en defensa de la Religión, de la Patria y del Rey.

Hay que tener presente que las instituciones borbónicas de la Ilustración estaban hundidas. Nadie confiaba en ellas ni en sus miembros ni siquiera en el ejército. Para el conjunto de la población, con independencia de la procedencia estamental, los gobernantes españoles y los mandos militares estaban totalmente desacreditados, incluso eran calificados de traidores porque realmente habían decidido rendirse ante Napoleón y someterse a sus dictámenes.

De hecho, por lo general las autoridades españolas, que estaban en los puestos gubernativos de las ciudades –y que se habían acomodado o arreglado con las autoridades francesas- fueron las que en un primer momento intentaron sofocar los alborotos y motines utilizando el ejército español. Al ver la ineficacia de los gobernantes españoles y la extensión de los alborotos, fueron las autoridades francesas las que se pusieron al mando y desplazaron a los gobernantes españoles. Estos consintieron porque les era más cómodo y pensaban que podrían echar las culpas sobre los franceses. Pero el pueblo, en su conjunto, no cayó en el anzuelo.

La población en general decidió resistir al francés. Es por eso que surgen las juntas tomando la dirección de los asuntos políticos, militares y económicos de las ciudades y provincias. Y aún estando formadas por ilustrados y capas populares enriquecidas, aristocratizadas, no por ello las juntas eran liberales. Bien al contrario, en la mayoría de las veces las juntas buscaron su legitimidad en el derecho medieval. Por ejemplo, recuperando la idea de que la titularidad de la soberanía recae en el reino, soberanía que representa y ejerce el rey, pero éste, al estar bajo control de Napoleón, no puede llevar a cabo su función por lo cual el reino retoma tanto la representación como el ejercicio de la soberanía.

Así las juntas se constituyen como depósito de la soberanía y como órgano ordenador de la situación de motín popular contra el francés. Si bien varían de una ciudad a otra, por lo general en las juntas encontramos alrededor de un 40% de viejas autoridades tradicionalistas, gremiales y agricultores, un 2% de burgueses ilustrados con tintes liberales, un 6% de nobles del régimen ilustrado borbónico, un 20% de militares, 20% de clérigos. El 12% restante correspondería a otras capas populares sin adscripción concreta. Es decir, que dentro de las juntas había una gran diversidad ideológica y de extracción social.

Por lo general la tendencia de las juntas era proponer cierto grado de restauración del viejo orden constitucional español previo a los borbones y, desde luego, abominaban del liberalismo radical. Todos, en las juntas, eran antifranceses y antiafrancesados y clamaban por “Dios, la Patria y el Rey”. Ellos –estas juntas- se consideraban la representación de la nación y sus variopintos miembros sentían realmente que España, como patrimonio colectivo, “patria comunis” de todos; estaba siendo despedazada, destruida y vendida al francés.

El 2 de mayo de 1808 se ha venido enseñado como fecha de inicio de la sublevación contra los franceses, pero, según nos cuenta usted, era toda España la que ya estaba prácticamente en Estado de insurrección.

4El 2 de mayo es una fecha que condensa todo lo que estuvo pasando hasta ese momento y Madrid, como capital, es espejo de toda de España. Por eso el 2 de mayo es un gran símbolo de la lucha de la nación contra sus destructores exteriores y los felones interiores.

Pero hay que tener en cuenta que desde abril de aquel año múltiples ciudades de toda España estaban amotinándose. Por ejemplo, en abril tenemos motines en ciudades como Burgos (18 de abril) y León (24 de abril). El 2 de mayo sería Madrid la que se amotinó y a partir de ahí la insurrección se extiende por toda España: De Valencia (23 de mayo) a Granada (30 de mayo) y a Oviedo (9 de mayo), de Valladolid (31 de mayo) a Zaragoza (24 mayo).

¿Y Cataluña?

Durante el mes de abril, Barcelona –igual que Madrid-estaba al borde de la sublevación. En Madrid estalló a primeros de mayo y en Barcelona deberemos esperar al mes de junio. Lo mismo podemos decir de Tarragona, Lérida y Gerona. 

En Cataluña, ¿Quiénes eran los que organizaban estas sublevaciones?

2.jpgSobre todo, los estamentos populares y buena parte del clero. Buen ejemplo es el caso de Barcelona. Y es en el barrio popular de la Ribera donde toma forma la conspiración.

Es el mismo barrio que se sublevó contra Felipe V en 1704, aunque entonces fueron derrotados. Es el mismo barrio que volvió a sublevarse en 1705 y, llegado 1714, resistió heroicamente al ejército filipista.

En el barrio de la Ribera encontramos miembros de gremios como el cerrajero Pedro Lastrortras o esparteros como Julián Portet y carpinteros como Ramón Más o comerciantes como Salvador Aulet. Entre los conspiradores también encontramos a militares de la baja oficialidad como el suboficial de infantería José Navarro. Igualmente tenemos clérigos como el párroco castrense de la ciudadela Joaquín Pou, el teatino Juan Gallifa o Raimundo Ferrer que era vicario de la parroquia de San Justo y Pastor.

Pero Barcelona estaba fuertemente controlada por el ejército francés…

Así es. El 13 de febrero de 1808 Duhesmes y Giuseppe Lechi entraron en Barcelona con 5.427 infantes y 1.830 caballos. Realmente una fuerza potente. A ellos se añadían los grupos colaboracionistas que eran los que, hasta ese momento, habían controlado la ciudad y se la entregaron a la fuerza francesa. 

Y aun así la gente decidió sublevarse, ¿qué les movía a desafiar a esta importante fuerza y a la autoridad francesa y española?

Las mismas razones que en el resto de España. El sentir que la patria estaba en peligro. Y por patria entendían España. Además, todos compartían un fuerte espíritu antifrancés y contra los colaboracionistas catalanes. Como afirmaba el reverendo Gaspar Fàbrega, que dirigió una partida patriótica en Bañolas, prefería vivir entre moros a vivir como gabacho.

En cuanto a la publicidad, ésta era antifrancesa y patriótica y desde marzo inundaba las calles de Cataluña. En estos pasquines Napoleón era presentado como el anticristo y sus ejércitos y los colaboracionistas catalanes eran señalados como los ejércitos de la Bestia. Tal era la angustia por la pérdida de la Patria –España- que muchas de estas hojas volantes tenían tintes apocalípticos. Estos textos urgían a la revuelta y al combate:

“(…) en un sueño aletargado,

toda nuestra España está,

del que no despertará

hasta que el golpe esté dado”

Y al igual que en el resto de España, desde junio toda Cataluña estaba levantada en nombre de la Religión, la Patria y el Rey: en Lérida, en Vich, en Manresa, en Gerona, en Tarragona, en Barcelona. E insisto en que, al igual que en el resto de España, prontamente se formaron juntas.

Otra de las similitudes con el resto de España es que también en Cataluña se desconfiaba del ejército. Se le suponía colaborador, cómplice del ejército francés y, además, incompetente. Por eso las gentes se encuadraban en las tradicionales formas de defensa: los somatén y migueletes.

Javier Navascués

 

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