Si en el resto de España las bicicletas son para el verano, el separatismo navajero-pancartero nos vuelve a joder la siesta en el Principado con una nueva chuminada que tiene toda la pinta de panfleto lisérgico redactado tras una buena paella vora el mar. La Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República Catalana es tan inoportuna que amenaza hasta con arrebatarnos nuestro merecido estrés postvacacional. Mal empieza esta República de chichinabo si no asume que Cataluña es, ante todo, un país de costumbres e inercias reglamentadas.

Escrito en un excelente catalán, el documento es un compendio de todas las estupideces que desde hace décadas ha ido acumulando la narrativa micronacionalista. Si hay algo en que Cataluña es una potencia mundial -junto a la turismofobia- es en funcionarios doctorados en ciencia ficción y Jocs Florals. Además de costar un pastón al fiel contribuyente, siguen manteniendo la fea costumbre del plagio, incluso de la perversa España: “La sobirania nacional rau en el poble de Catalunya, del qual emanen tots els poders de l’Estat” (Article 2. Sobirania nacional).

Tras una lectura desapasionada del texto, en donde hay artículos que son de Barrio Sésamo, no se puede ignorar que Purgamont, Junqueras y la tribu-CUP lo tienen todo atado y bien desatado. En cuarenta y cinco raquíticos folios, nos separamos de España con idéntica sutileza como cuando te finiquitan de La Vanguardia: por burofax.

Pero atentos a los faroles de Purgamont y su banda de fanáticos subvencionados, que son más peligrosos que Michael Jackson en una guardería. Porque al final, acabará apareciendo el lobo-urna, mientras Rajoy, desde la lejanía, pone pies en polvorosa enfundado en su pantalón corto y camiseta de X-bionic en dirección a pazos más amables, como cuando el Régimen del 78 se hizo el sueco con los saharauis. No es lo mismo, pero ya sabemos de lo que es capaz un liberal a la carrera o en el trono.

Adéu Espanya! Hola Catadisney!

Sandra Ventura