Elcatalan.es, nos desvela la segunda parte del reportaje sobre Òmnium cultural

 

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Hay quienes presentan a Òmnium Cultural como a una entidad de resistentes antifranquistas. Sin ir más lejos, un artículo aparecido en el diario “La Vanguardia” el pasado mes de enero recoge las siguientes palabras de uno de sus fundadores, Joan Baptista Cendrós: “Le pusimos ese nombre (Òmnium) porque lo que íbamos a hacer era una acción revolucionaria de oposición a una dictadura como la que estábamos soportando en España… Por aquel entonces, de Pequín a París, se hacía la Revolución… Cultural”. Y en conversación con Sergio Vilar, Cendrós denuncia que “fuimos vigilados, perseguidos y no nos ocurrieron cosas peores seguramente porque nuestros adversarios no se atrevieron”.

Sin embargo, hay hechos que no cuadran. Los fundadores de la entidad fueron, como ya se ha dicho, grandes empresarios que se enriquecieron a la sombra del dictador y de la favorable legislación laboral que promulgó. Uno de ellos, Fèlix Millet i Maristany, huyó de Cataluña en plena guerra civil para ponerse al servicio de Franco en Burgos. Incluso hubo algún integrante, como Josep Maria Coll i Majó, promotor de Òmnium y miembro de la Junta de la Delegación Comarcal del Vallès Oriental, que fue  alcalde franquista de Sant Celoni de 1959 a 1966. Y el propio Cendrós, secretario general de la asociación, protagonizó anécdotas tan llamativas como la que aparece en Tarradellas, el guardià de la memoria, extraída de las memorias del empresario Manuel Ortínez i Mur: “Recuerdo un almuerzo” –relata Ortínez– “en el año 66, en Casa Valentín de Madrid, donde reuní a Josep Pallach, Joan B. Cendrós, Dionisio Ridruejo y alguno más.

Poco después de acabar los postres, Cendrós se despachó con una frase inmoderada: ‘Yo soy un fascista catalán, yo soy un nazi catalán, y no acepto nada de España y pienso que todo lo que se haga por matar a los castellanos es bueno’”. No deja de ser irónico que quien se declara dispuesto a “hacer una acción revolucionaria de oposición a una dictadura” como la franquista, se declare públicamente fascista, es decir, partidario de la misma ideología que inspiraba a dicha dictadura, con expresión xenófoba incluida. ¿Se imaginan esta frase en labios de un personaje no perteneciente al catalanismo y dirigida hacia otros colectivos? ¿Se imaginan las reacciones?

Pero además, y sobre todo, están los testimonios de Josep Tarradellas y del PSUC, figuras no caracterizadas precisamente por su afinidad (el primero detestaba a los comunistas, como ya hemos dicho), pero coincidentes en sus críticas a Òmnium.

Òmnium y el PSUC

Hay dos hechos que suelen citarse como prueba de que Òmnium fue políticamente antifranquista. Uno es el de 1963, en el que seis policías de la Brigada político-social irrumpieron de noche en la sede de la asociación, incautándose de la documentación que hallaron (incluida la lista de socios). Posteriormente, la sede sería clausurada y Òmnium, suspendido de actividades. No sería hasta 1967 que la entidad volvería a la vida pública, gracias a la intervención de dos importantes abogados: Agustí Bassols, desde Barcelona, y Juan Manuel Fanjul, desde Madrid, que dotaron a Òmnium de unos estatutos que pudieran superar los obstáculos legales del franquismo.

Sin embargo, la revista Horitzons, perteneciente al PSUC, contenía en su número 7, de octubre de 1966, un artículo anónimo -como correspondía al carácter clandestino de la publicación- que ofrecía una perspectiva “ligeramente” distinta de los hechos: “A fin de ganar adeptos entre los medios catalanistas” –rezaba el texto– “los dirigentes de Òmnium apoyaron o patrocinaron actividades culturales catalanas positivas, cosa que llevó al gobernador de Barcelona –servidor ciego de la minoría inmovilista del Gobierno y demasiado cazurro para comprender ciertas sutilezas– a ordenar el cierre de los locales de aquella entidad y el fin de sus actividades”. “Todo ello” –continúa– “dio a Òmnium la inmerecida aureola antifranquista que más tarde echaría por tierra –suponemos que involuntariamente– el obispo de la Seu d’Urgell” (Ramon Iglésias Navarri, franquista convencido y amigo personal y confesor del dictador).

“En efecto, a principios de este año fue difundida ampliamente entre los medios de la oposición antifranquista el texto de una carta dirigida al ministro de Información (Manuel Fraga Iribarne) por el obispo de la Seu, en la cual éste explicaba sin tapujos que Fèlix Millet Maristany y sus colegas de Òmnium se proponen arrebatar a la oposición antifranquista la bandera de la defensa de la lengua y la cultura catalanas para ponerla al servicio del régimen oligárquico, en virtud de lo cual –reclamaba el obispo– el general Franco habría de apoyar todas sus iniciativas. El incidente ha servido para desenmascarar el doble juego que venían realizando dirigentes de Òmnium y ha puesto de relieve que la defensa de una mayor libertad para la lengua y la cultura catalanas no es, por sí sola, desde un punto de vista subjetivo, una toma de posición en defensa de la democracia”.

Como puede verse, el PSUC coincide en la acusación de “doble juego” que ya formulara Tarradellas. Un testimonio valioso, teniendo en cuenta que fue el partido que lideró la oposición a Franco en el interior de Cataluña, jugándose muchas veces el tipo. A través del artículo de Horitzons, la formación comunista pone, además, contexto a esta táctica: tras el fracaso de la denominada Operación Sonrisa –orquestada por el régimen en la primavera de 1960 para atraerse a ciertos sectores de la opinión pública catalana–, fracaso motivado por los llamados Fets del Palau (“Hechos del Palau de la Música”), el texto señala que “extrayendo la lección de lo que había pasado (…) los franquistas de ambos lados del Ebro adoptaron después una táctica aún a más largo plazo (…) Fruto de este trabajo es la creación de Òmnium Cultural, fundado por Fèlix Millet Maristany y otros grandes financieros catalanes, con la finalidad aparente de fomentar el desarrollo de la cultura vernácula, pero con la misión real de vaciar las actividades catalanistas del contenido antifranquista de que estaban y están impregnadas, a fin de ponerlas al servicio de los objetivos anti catalanes y reaccionarios de nuestra gran burguesía”.

Una acusación que da alas al temor de Tarradellas, expresado en la ya citada carta a su amigo Sugranyes de Franch, de que en Òmnium “se creen que pueden volver a aquellos tiempos de principios de siglo hasta el año 1939, en que desgraciadamente nuestra clase obrera veía en la bandera y la cultura catalana el instrumento de la burguesía y de la Iglesia contra sus derechos y sus necesidades”. Y se lamenta de que “querer hacer servir la cultura catalana para despolitizar a nuestro pueblo lo puede hacer y lo ha hecho el franquismo, pero no ciertos catalanes, aunque éstos siempre  lo hayan servido, como es el caso de casi todos los actuales dirigentes de Òmnium Cultural”.