Primera parte de una serie en ElCatalan.es, imprescindible para desemascarar a Omnium Cultural. Para ver fuente, clic aquí.

 

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Así relata la web de Òmnium Cultural el nacimiento de la asociación: “Fue el 11 de julio de 1961, durante la larga noche de la dictadura franquista, cuando cinco empresarios valientes y comprometidos con el país firmaron el acta de constitución de Òmnium Cultural”. El tono es épico, solemne. La frase evoca en nosotros la imagen del resistente, ese individuo que pone en peligro su vida y su patrimonio por defender sus ideas. Pareciera que esos cinco “valientes y comprometidos” hubieran de tener la maleta lista para marchar al exilio en cualquier momento, víctimas de la represión ejercida por una de las dictaduras más siniestras de Europa. ¿Fue realmente así?

Vilaweb es uno de los diarios digitales de referencia para el nacionalismo catalán. En 2013, aparecía en él un artículo firmado por el periodista Andreu Barnils y cuyo título era ya toda una declaración de intenciones: “Los Carulla, qué caso”. El texto se centraba en esta familia de la alta burguesía catalana, uno de cuyos miembros -Lluís Carulla i Canals- fue fundador de Òmnium. Barnils relata cómo, para recabar información sobre la familia, se puso en contacto con Roger Vinton, seudónimo del autor de La gran Teranyina (“La Gran Telaraña”), libro que, según la reseña de la editorial (Edicions del Periscopi), “estira los hilos adecuados para descoser las versiones oficiales y poner al descubierto los orígenes y los movimientos de algunos de los lobbys empresariales y familiares con más poder de nuestro país”.

Pues bien, así describe Vinton a Lluís Carulla i Canals: “Procedía de una familia de farmacéuticos de L’Espluga de Francolí. En 1937 inició la producción en Barcelona de concentrados de alimentos bajo la marca Gallina Blanca. Es necesario decir que el papel del régimen franquista fue fundamental para que se pudiese llevar a término una rápida expansión. Pese a ello, Carulla tenía un marcado perfil catalanista y antifranquista”. Más tarde, el autor del artículo manifiesta su “estupefacción” ante contradicciones tales como que la familia Carulla, que impulsa “una de las mejores editoriales de este país, la Barcino, que traduce clásicos catalanes al inglés” no tenga “la página web de Gallina Blanca, su producto estrella” en catalán. Eso lo decía en 2013. Y por lo que se ve, cuatro años después, todo sigue igual.

Sin embargo, lo más asombroso es que el autor no muestre la más mínima “estupefacción” (apenas le dedica una frase) ante lo que debería ser la mayor y más escandalosa “contradicción”: ¿Cómo se conjuga tener un “marcado perfil catalanista y antifranquista” con que el régimen de Franco juegue “un papel fundamental” en la “rápida expansión” de tu negocio? Aunque, si la familia de un prócer de la defensa del catalán mantiene aún hoy la web de su producto más exitoso en castellano, las cosas se van aclarando. ¿Será que la defensa de la lengua y los negocios pueden ir por separado? ¿Tanto, que se puede defender la lengua y, a la vez, ser favorecido o alentado en los negocios por la misma dictadura que la oprime?

 No nos extrañemos de tales contradicciones. Como bien apuntan Carme Molinero y Pere Ysàs en su libro Els industrials catalans durant el franquisme (“Los industriales catalanes durante el franquismo”, Eumo Editorial, Vic, 1991), “la afiliación forzosa al sindicalismo vertical y la nueva legislación laboral” que impuso Franco supuso para los trabajadores “la privación definitiva de todo instrumento eficaz para la defensa de sus intereses más inmediatos”; mientras que para los empresarios significó “el restablecimiento de las relaciones tradicionales de dominación entre propietarios y asalariados, en unas condiciones sumamente favorables a los primeros como consecuencia, en definitiva, de la victoria militar en la Guerra Civil”.

Así que entra dentro de la lógica que los fundadores de Òmnium -burgueses al fin y al cabo- pudiesen promover una lengua proscrita por la dictadura, y a la vez no cuestionar el statu quo social y económico creado por ésta, al ser sus directos beneficiarios. He aquí una buena razón para explicar la nula presencia de Òmnium en cualquier lucha social que se haya dado en Cataluña en el pasado.

Tarradellas y su archivo

En octubre de 2017 se cumplirán cuarenta años del regreso a Cataluña del presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas. Con ocasión de esta efeméride, acaba de aparecer el libro Tarradellas, el guardià de la memoria (“Tarradellas, el guardián de la memoria”, Editorial Pòrtic), escrito por los periodistas Enric Canals y Josep Maria Ràfols. La obra, francamente recomendable, indaga en el archivo que fue reuniendo un hombre que, en palabras de su hijo, Josep Tarradellas i Macià, “papel que pasaba por sus manos, papel que guardaba”. Se trata nada menos que de 93.088 cartas escritas por Tarradellas durante el exilio, 33.844 fotografías y 11.032 volúmenes de su biblioteca personal.

Como era de esperar, en el libro hallamos revelaciones sobre lo que opinaba Tarradellas acerca de personas que habían ostentado puestos importantes durante la República, la Guerra Civil, el exilio y la Transición. Opiniones expresadas, en más de una ocasión, con dureza. Pues bien, Tarradellas no escatimó dureza con Òmnium Cultural. Los historiadores atribuyen esta hostilidad, al menos en parte, a que esta entidad constituyó para él y la institución que encarnaba una suerte de “competencia desleal”. “El surgimiento de un movimiento fuerte en el interior (de Cataluña)” –señalan los autores del libro- “hace que el flujo de dinero que recibía (la Generalitat) del exilio, ahora se diversifique”.

Sin embargo, hay que recordar que los autores describen la Generalitat en el exilio como “una estructura débil y eternamente endeudada”, aparte de “empobrecida, cuestionada por una parte del exilio y sin fuerza ejecutiva”. En estas circunstancias, es lógico que la irrupción de unos empresarios “que tienen dinero y quieren hacer cosas. Y entre ellas, no figura potenciar la Presidencia de la Generalitat”, no despertasen su simpatía. Además, recuerdan que “Òmnium tiene vocación de expandirse al extranjero y, por tanto, esta acción rivaliza con el papel único y unitario que encarna Tarradellas”. Porque, con una Generalitat empobrecida y cuestionada, “lo único que le quedaba” -señalan- “era la personalidad y la tenacidad de su presidente”. Cualidades que, justo es reconocerlo, resultaron fundamentales para su supervivencia.

De todas formas, algo debía de haber en la trayectoria de Òmnium para que figuras tan distintas y distantes como Tarradellas y el PSUC (no olvidemos que los comunistas eran uno de los colectivos más odiados por el president, junto a los anarquistas) coincidiesen en una cosa: formular durísimas críticas a esta entidad. Y lo que es más sorprendente: Que el PSUC lo hiciese “en términos muy parecidos a los que utilizará durante años Tarradellas”, como afirma el libro. Pero vayamos por partes.

Òmnium y Tarradellas

Las críticas que el presidente de la Generalitat en el exilio propina a Òmnium son demoledoras. Así, en carta a su amigo Ramon Sugranyes de Franch, fechada el 21 de abril de 1965, afirma: “Ser o decirse catalanistas en Barcelona, franquistas en Madrid, servir fielmente al régimen y, al pasar la frontera, presentarse como ultranacionalistas. Como comprenderá, esto tendrá para Òmnium Cultural resultados catastróficos”. Un “doble juego” que volverá a denunciar en el libro Conversaciones con Tarradellas, firmado por ese maestro de periodistas llamado Joaquín Soler Serrano, al que debemos el inolvidable programa de entrevistas A Fondo, por donde pasaron figuras de la cultura como Alberti, Borges o Cortázar.

Entre otras perlas, Tarradellas denuncia que son “una gente que era franquista, y que se había enriquecido con el franquismo, para no tener que pagar la factura hacen de nacionalistas catalanes. Y eso es intolerable”. Y les acusa de hacer, en vez de cultura, “una política partidista, y han dado una visión de la cultura pensando en sus fábricas (…). Ha sido una política desastrosa y ahora ya no se preocupan en disimular”. Tarradellas confiesa que “Millet (Fèlix Millet i Maristany, padre del actual encausado por el desfalco del Palau de la Música) vino a contarme el plan de creación del Òmnium, y yo ofrecí mi acuerdo siempre que hicieran cultura, pero no política. Y en un momento dado podríamos decir que sólo hacían política. Con Millet hubiera sido otra cosa”.

Un Fèlix Millet que, poco días antes de su fallecimiento, “vino a verme la última vez” -recuerda- “y comentábamos desolados el rumbo que tomaban en el Òmnium (…) Porque si tenían cuatrocientos millones (o los que fueren) para hacer cultura, y los han invertido en hacer política personal, la diferencia es evidente. Empleado verdaderamente ese dinero en la cultura y la lengua catalanas, los resultados habrían sido muy otros”.

Tal vez algunos argumentarán que, “durante la larga noche de la dictadura franquista”, emplear dinero en la cultura y la lengua catalanas era, efectivamente, hacer política. Pero no creemos que Tarradellas se estuviera refiriendo a ello cuando acusaba a Òmnium de realizar política personal o partidista. Pues como afirma el ex president, el dinero invertido en cultura, aunque ello supusiese un desafío político al régimen, era dinero bien invertido. Más bien debía de referirse, como denuncia en el libro, a cosas tales como que Òmnium había llegado “a subvencionar campañas absurdas, como la de decir que Gibraltar era inglés y no español, o que los catalanes debemos aprender el francés antes que el español. Cosas increíbles y muy torpes”.