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Es muy extraño, también, ser Puigdemont y pasar un día entero sin decir algo sobre la independencia de Cataluña.

Puigdemont es un hombre sin mucho fondo al que el destino, la CUP y Artur Mas, colocaron en un sillón (casi un trono) que él nunca sospechó que llegara a ser suyo. Puigdemont es un gobernante escaso de talla que vive obsesionado con la misión histórica que él cree tener encomendada: celebrar el referéndum de autodeterminación como sea. Aunque no sea un referéndum y aunque no sirva para determinar a nadie.

La obsesión casi patológica de un gobernante monocultivo se manifiesta en sus intervenciones públicas. Da igual el acto en el que hable, el público para el que hable o el asunto que inspire el acto en cuestión: Puigdemont siempre acaba hablando de su criatura.

Si habla del tiempo que hace, encontrará la forma de relacionar el sol con la independencia y las tormentas con la fiscalía general del Estado. Si habla de fútbol, encontrará en el Barça la viva imagen del frente soberanista.

Si habla de los bosques, se verá a sí mismo como el sufrido leñador que va eliminando obstáculos para abrir un camino.  Si habla de la matanza que ETA cometió en Barcelona encontrará también la manera de empezar la frase con los muertos y terminarla con el referéndum.

Aquí un pensador, el hombre de Estado Puigdemont. Así como la sociedad persistió en la lucha contra ETA y acabó ganando, así el independentismo catalán acabará ganando porque persiste en la lucha. Ave María Madre de dios. Éste es el cerebro que dirige los destinos de Cataluña.

Cuando uno está obsesionado por una única causa, la suya, todo lo acaba viendo en función de esa obsesión. Y cuanto más habla más claro va quedando lo endeble de sus razonamientos, la flojera intelectual que le adorna y hasta qué punto este ciudadano ha perdido el norte. Otra vez. Con referéndum o sin referéndum, el antiguo periodista y hoy profeta de la ruptura Carles Puigdemont ha logrado convertirse en un chiste de mal gusto.