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Una filosofía de la historia de España

Con estas premisas Morente se lanza a investigar la filosofía de la historia de España, es decir, la búsqueda del “ser” de España, pero entendiendo este “ser” no como algo estático y concluso, sino como proceso dinámico, realizado en el tiempo, en que la “esencia” coincide con la “existencia”. Heidegger no lo habría dicho de otra manera.

Morente distingue cuatro grandes periodos en la historia de España: el de preparación, el de formación, el de expansión y el de aislamiento.

  1. Preparación. Periodo en que España aún no existe como comunidad política, pero que se van dando una serie de condiciones que van a posibilitar su existencia futura. Con los romanos se define un territorio, Hispania, y con una lengua común, el Latín. Pero esta Hispania no es más que una parte de una comunidad política más amplia, el Imperio Romano. Con la monarquía visigótica se da ya una soberanía sobre un territorio (la capa basal, como diría Bueno), y con el rey Recaredo y su conversión del arrianismo al catolicismo, la unidad religiosa, pero faltan aún muchos elementos definidores de la Hispanidad.
  2. Formación. Esta etapa corresponde a los ocho siglos de Reconquista, y en ella se van a generar la mayoría de los elementos definidores de la Hispanidad. Aunque existen diversos reinos cristianos (Asturias, León, Castilla, Navarra, Aragón) hay en ellos una conciencia de comunidad que les opone a los “otros”, los musulmanes. Pero también hay conciencia de ser distintos a los francos. Así, los condados catalanes, originados por la Marca Hispánica, y, por tanto, feudatarios de los reyes francos, mantienen con estos una sorda pugna, que acaba con a rotura e incorporación al reino de Aragón. La herejía adopcionista, desarrollada por el catalán Felix de San Sadurní de Tavernolas, y por Elipando de Toledo, es un intento de afirmación de una Iglesia Hispana frente a las pretensiones francas. La identificación de lo Hispánico con el cristianismo frente al Islam y la pluralidad de reinos (las Españas) se generan pues en esta etapa. La unificación de reinos realizada por los Reyes Católicos y la culminación de la Reconquista cierran esta etapa.
  3. Expansión. A partir de 1492 comienza la expansión de la comunidad hispánica. La expansión tiene dos vectores: primero el de América, y a partir de Carlos V, el de Europa. España deviene Imperio Universal y, según la terminología de Bueno, Imperio constructor frente a Imperios depredadores como el de Inglaterra y el de Holanda. El Imperio constructor no se dirige a unos objetivos nacionales y menos aún económicos, sino a la construcción de una forma de vida. En América la obra hispánica no es tener colonias, sino edificar comunidades hispánicas, en las que los indígenas son incorporados sin ningún tipo de discriminación racista. En Europa se intenta mantener la unidad política en torno al Imperio y la unidad católica frente al nacionalismo creciente de los estados       y frente a la Reforma protestante (dos fenómenos estrechamente relacionados). La larga lucha en Europa acabará agotando humana y económicamente al Imperio,   que con Felipe IV y la paz de Westfalia reconocerá su derrota frente a la Modernidad.
  4. Aislamiento. A finales del siglo XVII y como consecuencia de su derrota, España deja de estar presente en la historia mundial. La guerra de Sucesión y la entronización de un monarca francés, Felipe V, convierte de hecho a España de un satélite de la monarquía francesa. A lo largo del siglo XVIII los borbones iniciaran una “modernización” (monarquía absoluta, ordenación territorial por provincias, expulsión de los jesuitas) absolutamente contraria a las tradiciones hispánicas. El siglo XIX inaugurará lo que Ramiro Ledesma llamó la pugna estéril,       entre un tradicionalismo fiel al “ser” de España, pero sin capacidad de proyectarse en el futuro, y un “progresismo” que reniega de la historia de España y es incapaz de desarrollar un ideal nacional de tipo jacobino como el francés. La supuesta “reconciliación” de Cánovas del Castillo y de la Restauración dará lugar a una política chata y mediocre que se derrumbará como un castillo de naipes en el desastre del 98, con la perdida de las ultimas posesiones ultramarinas frente a la potencia emergente de Estados Unidos.

El Dasein de la Hispanidad: el Caballero Cristiano

Para Morente la Hispanidad no es nada material: ni es una raza, ni una sangre, ni un territorio ni un idioma[1], sino que es un estilo común a una infinidad de momentos en el tiempo. Para explicitar este estilo nos relata la simbolización de una figura ideal a la que llama el Caballero Cristiano, que sería a la Hispanidad lo que el ideal del “kalos kai agazos” (el hombre bello y bueno) fue a la Grecia Clásica, o que la figura del gentelman fue al Imperio Británico.

El Caballero Cristiano es un figura que se forja a lo largo de la historia, y que, a la vez, se manifiesta a lo largo de la misma. Son manifestaciones de esta figura el gesto del general Espinola, tomando, con suprema elegancia y benevolencia, las llaves que le entrega el burgomaestre de la ciudad de Breda, retratado en el cuadro de Velázquez Las Lanzas, o la imagen que nos brinda El caballero de la mano en el pecho, del mismo autor. Las figuras literarias del Cid o de Don Quijote serían también manifestaciones del mismo estilo. Los gestos históricos de Guzmán el Bueno o del coronel Moscardó corresponderían a este mismo estilo. De alguna manera Morente nos está describiendo el Dasein de la Hispanidad.

Morente desarrolla toda una psicología del Caballero Cristiano, con sus virtudes y sus defectos. Pero todo ello no hay que interpretarlo de forma casticista, como algo concluso y cerrado, como algo inamovible. El Caballero Cristiano, como Dasein de la Hispanidad, se ha forjado en la Historia, es ser-en-el-tiempo, y, a la vez, ha retro actuado sobre ella.

  1. Carácter de Paladín. Los siglos de Reconquista, auténtico crisol del Dasein Hispánico, han impregnado al Caballero Cristiano de religiosidad, pero también del convencimiento de que la vida es lucha para imponer a la realidad circundante una forma buena que por sí misma no tendría. Lo que caracteriza a este Paladín no es solamente su condición de propugnador del bien, sino el método directo con lo que procura.
  2. Grandeza contra Mezquindad. Grandeza es el sentimiento de la propia valía, por el cual damos más importancia a lo que somos que a lo que poseemos. Mezquindad es todo lo contrario. Este desprecio por las cosas materiales se ha traducido en la historia de la Hispanidad por una pobre visión de lo económico. Las riquezas obtenidas de América no se utilizaron en desarrollar el capitalismo, sino en financiar la empresa Imperial. El Caballero Cristiano es todo lo contrario del burgués calculador.
  3. Arrojo contra timidez. La alta conciencia de sí mismo lleva al Caballero Cristiano a ser valiente y arrojado, con el valor que procede no de la inconsciencia, sino de adhesión a una idea, a una convicción, a una causa.
  4. Altivez contra servilismo. La combinación de confianza en sí mismo, grandeza y arrojo se traducen en altivez. Lope de Vega ha retratado de forma magnífica esta altivez en su obra La estrella de Sevilla, donde Busto Tavera se enfrenta al propio Rey para defender el honor de su hermana, despreciando las dádivas y privilegios que el Monarca le ofrece.
  5. Más pálpito que cálculo. El Caballero Cristiano toma sus decisiones por obediencia a los dictados de su voz interior, más que por cálculo de las probabilidades de éxito.
  6. Personalidad. El Caballero Español es una personalidad fuerte y da preferencia a las relaciones reales entre personas que a las relaciones formales. Difícilmente obedecerá a quien no tenga madera de jefe, aunque tenga legitimidad legal.
  7. Culto al Honor. El honor es el reconocimiento en forma exterior y visible de la valía individual interior e invisible. La idea de Honor queda magníficamente expresada en El Alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca “Al Rey la vida y la hacienda se han de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios”.
  8. Idea de la muerte. Para el Caballero Cristiano la vida es preparación de la muerte. La muerte iguala a todos los hombres, más allá de las convenciones sociales. Así lo expresa Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre “nuestras vidas son los ríos, que van a dar en la mar, que es morir. Allá van los señoríos, prestos a se acabar e consumir”.

Todo este retrato psicológico que Morente describe con gran profusión no hay que entenderlo en clave casticista. El casticismo supone un “ser” de lo hispánico cosificado, situada en la “intrahistoria”, condenado a unos defectos y a unas deficiencias insuperables e impermeables a cualquier intento de reforma. En la línea de regeneracionistas, como Maeztu[2], Morente nos propone regresar a los orígenes, ir a las fuentes, para poder construir el futuro.

Morente rechaza de manera explícita cualquier intento de retrotraerse a algún periodo pretérito de la historia[3]. Pero afirma que los pasos de la historia pueden materializar o singularizar un repertorio de aspiraciones eternas humanas. De forma implícita está haciendo suya la idea de tiempo “esférica”, en que determinados valores y formas políticas y metapolíticas pueden retornar, porque en última instancia es el Dasein que determina el tiempo, es el Dasein qua hace la historia, y el reino del Dasein es el reino de la libertad.

NOTAS:

[1] Morente, obra citada, p. 53.

[2] Alsina Calvés, J. (2013) Ramiro de Maeztu. Del regeneracionismo a la contrarrevolución. Barcelona, Ediciones Nueva República

[3] Morente, obra citada, p. 100.