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El separatismo se ha convertido en una fiesta de Carnaval llena de frikies y vacía de cualquier contenido político serio. Puro nacionalismo postmoderno de autoconsumo

El absurdo viaje a Ítaca del desafió separatista se parece cada vez más a la historia interminable o mejor aún a la utópica búsqueda del país de nunca jamás, descrito en la novela fantástica Peter Pan del escritor escocés J. M. Barrie. Es una lejana y exótica isla donde los niños no crecen y viven sin ninguna regla ni responsabilidad, pasando así la mayor parte del tiempo divirtiéndose y viviendo aventuras. 

No se ponen de acuerdo los politicastros secesionistas, tripulantes de la nave que va a ninguna parte: una independencia ilegal que no quieren la mayoría de catalanes, que sería la ruina económica absoluta y provocaría una fractura social descomunal.

Cerramos 2016 con un esperpéntico aquelarre separatista a instancias del presidente de la Generalidad que tuvo un final no deseado. Lejos de mostrar la unidad de las fuerzas separatistas sirvió para que salieran a la luz sus diferentes maneras de alcanzar la utopía.

Por una parte Carlos Puigdemont y Ada Colau se mostraron partidarios de pactar la consulta con el Estado en un afán de obtener legitimidad a nivel internacional, mientras el líder de ERC, Oriol Junqueras, y la CUP dejaron claro que la hoja de ruta soberanista es innegociable y que los catalanes deben decidir al margen de las instituciones del Estado.

Pactar o no pactar, he aquí la cuestión. El problema es que la cuestión es un absurdo descomunal. Los más radicales quieren pasarse por el forro la legalidad vigente y desobedecer: un golpe de Estado en toda regla. Los moderados sueñan un imposible viaje al país de nunca jamás, que sólo existe en la ficción, pactar con el Estado una consulta que pone en peligro la unidad del propio Estado.