Como cabía esperar, visitas -misiones- de este calibre, nunca pueden dejar a todos
contentos. Cómo en su viaje León XIV ha sido alabado por socialistas, nacionalistas, peperos y casi todos los políticos que han desterrado a Dios de los parlamentos, nos atreveremos sucintamente a decir lo que muchos callan. Empecemos por el lema del viaje: “Alzad la Mirada” (referencia indirecta a la Torre de Jesús de la Sagrada Familia que el Papa bendeciría). Sorprendió desde el primer momento la campaña que se hizo por las redes, a pesar del lema. Todos los anuncios promotores que la Conferencia Episcopal hizo correr por las redes tenían como denominador común hombres y mujeres que se miraban así mismos (nadie miraba al cielo). El mensaje era siempre el mismo: si descubrimos al “otro” nos hacemos buenos. Ninguna referencia a Cristo, ninguna cruz como referencia. Humanismo inmanente en estado puro. Como dijo algún crítico de la campaña, este mensaje lo puede hacer cualquier ONG y lo haría mejor.

En Madrid, no fue sorpresa la impresionante asistencia de la gente a los actos. Misa multitudinaria con más de un millón y medio de asistentes. La Europa secularizada quedó sorprendida, como se podía leer en los titulares de la prensa extranjera. Los católicos locales también. ¿De dónde salen tantos católicos cuando las iglesias de media España está medio desiertas? Los números no cuadran, pero allá cada cual con su conciencia. Esta reflexión no quita que todo el que se acerque a lo sagrado de algún modo evidencia algo bueno. No sobraron los bailecitos y performance dignas de un grupo de “esplai” en el Bernabeu. Ni los católicos somos infantiloides ni la Verdad necesita de vaselina distractiva. Nos sobró ver curas y seminaristas jovencitos cantando como si estuvieran en el festival de la OTI y las sobredosis de sentimentalismo. Nos sobró Cobo (que ensombreció al presidente de la conferencia episcopal) y agradecemos el entusiasmo juvenil que siempre es motivo de esperanza.
El discurso del Papa en el Congreso era lo más delicado para el que iba hablar y los que debían escuchar. El Santo Padre dijo lo que quería decir y los parlamentarios escucharon lo que quisieron escuchar. Todos aplaudieron (las consignas de partido funcionaron) incluso los de Bildu. Todos excepto un diputado de Vox. Cosas que pasan. Los espectadores, léase nosotros, vimos como todos los políticos presentados, encontraron a una frase del Papa con la que asentir y mostrar su acuerdo. Sobre el resto del discurso un silencio absoluto. No nos ha de extrañar, en eso consiste el liberalismo: relativizar y parcializar la verdad, revestirla de subjetivismo y utilizarla para mi provecho. Los sentimientos son encontrados. Por un lado, la recepción del Papa implica un tácito reconocimiento de la autoridad del representante de Cristo en la tierra; por otro lado, nos recordaba la parábola del sembrador y de esas semillas que caen sobre tierra agostada y de las que cabe espera poco fruto. Por cierto, mientras se leía el discurso, las máquinas iniciaban las catas para las obras que desacralizarán parte de la Basílica del Valle de los Caídos.
La visita a Barcelona merece reflexión aparte. Vimos a un León XIV que no se dejó
engañar por el nacionalismo, toreó la presión para que la lengua catalana tuviera un
papel primordial. En Montserrat el nacionalismo insistió. Se obviaron partes
“españolistas” del Virolai, pero el Papa habló en catalán, de España y de Cataluña como región. Sin embargo, había que presentar “obligatoriamente” la cara más “social” del catolicismo catalán: visita a la cárcel y a una de esas parroquias del antiguamente llamado barrio chino (desde Pascual Maragall, conocido como el Raval). Nada criticable, sino fuera porque parecía más una puesta en escena calculada para dar esa imagen de “progresistas”. El Cardenal Omella, uno de los “deconstructores” de la diócesis de Barcelona, tuvo su momento de gloria (uno de los pocos que ya le quedan).

La asistencia del “pueblo fiel” para ver al Papa, menor que en Madrid y se entiende.
Encuentro en el relativamente pequeño Estadio Lluis Companys (el asesino). Gracias a Dios unos valientes estuvieron repartiendo octavillas denunciando los crímenes de Companys (La ESO ha hecho mucho daño y hay que recordar quién fue ese funesto y siniestro personaje). El acto de la bendición de la torre de Jesús, resultó espectacular. Un escogido recorrido y puesta en escena consiguieron disimular la ausencia de enormes masas. La imponente Sagrada Familia suplía y el espectáculo de luces y fuegos artificiales nos recordó más a los Juegos Olímpicos que a un acto piadoso. Todo tuvo algo de dialéctico y paradójico. Los Masones y las asociaciones de ateos (sí hay asociaciones de ateos en Cataluña) pidieron no asistirá. Lo separatistas, la mitad ateos, la mitad viejecitas de Misa), pidieron asistir, esto sí con esteladas. Y ahí nos encontramos unos con banderas españolas cantando el Virolai, enfrentados a unos jóvenes separatistas que irónicamente ni se lo sabían. Todo muy simpático.

El último capítulo del viaje ha sido en Canarias. Este era un acto que se empezó a
preparar Francisco para rendir homenaje a los cayucos y los pobres desgraciados que las mafias meten dentro. Pero Dios se llevó a Francisco en otro viaje mucho más místico. Es las islas (ya no tan) afortunadas, los decibelios del emotivismo volvieron a subir. Ante ello cabe recordar la doctrina León XIV sobre el tema de la emigración en su primera encíclica Magnífica Humanitas: “la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad”. O el Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por Juan Pablo II, en su punto 2241, podemos leer: “Las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas”. Pues eso.
En conclusión. Mucha ilusión ha suscitado este viaje y ojalá dé frutos, especialmente entre los jóvenes. Por ello rezamos para que sepan distinguir una vigilia de oración de un concierto de Rosalía. También tristeza, pues se ha evidenciado un terrible divorcio entre los políticos, la sociedad y sus aspiraciones; al igual que un divorcio entre los fieles y una jerarquía eclesiástica que parece más cómoda con los poderes fácticos que con los católicos que reivindican una espiritualidad de combate y retorno a la Tradición.
Quizá la mejor metáfora de esta visita fue el espectáculo de fuegos artificiales que
iluminaron en la noche la Sagrada Familia. Dio la sensación, por un momento, que
parecía que el fuego devoraba la obra de Gaudí, y a la mente nos vino aquella frase
evangélica: “(sobre la Iglesia) las llamas del infierno no prevalecerán”. Tras los fuegos, el humo quedó flotando y medio ocultando la Basílica. Deseamos que esta visita haya servido para que se descubra lo que representa en sí la Sagrada Familia, esto es el triunfo de la Iglesia sobre el mundo, y que el humo y los fogueos no nos impidan ver lo que Gaudí quiso transmitir con su gigantesca obra.

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