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“Chekas. Las prisiones republicanas” de César Alcalá, un libro de referencia sobre el terror rojo.


“Chekas. Las prisiones republicanas” (LibrosLibres) descubre los siniestros centros de detención y tortura de la retaguardia republicana por la que pasaron 12.000 personas

Se habla muy poco de la represión anarcosindicalista y comunista que tuvo lugar en España de 1936 a 1939 y, menos de las temibles chekas, que eran centros de detención y tortura que ya habían sido ensayados previamente en la Unión Soviética. Por ellas pasaron miles de españoles que no pensaban como los anarquistas ni los comunistas. Esta discrepancia hizo que merecieran ser torturados y asesinados. Esta es la cruda realidad que quiere esconder las leyes de la memoria histórica.

No existieron juicios; sólo torturas y la libertad de asesinar sin tener que dar explicaciones. Aquellos grupos revolucionarios tenían el consentimiento del Gobierno y la complicidad de las autoridades civiles. Gracias a ellos la CNT, la FAI, el POUM, el PSOE, el PCE, ERC, PNV, y todos los grupos políticos vinculados con el Frente Popular pudieron tener su cheka particular, y sembrar así el terror en la sociedad española de la retaguardia. Se calcula que más de 12.000 personas fueron torturadas en las chekas, y la mayoría de ellas fueron posteriormente asesinadas.

Los partidos que formaron el Frente Popular tuvieron un fin común: exterminar a personas y sectores sociales llamados contrarrevolucionarios, que eran considerados un obstáculo para la implantación de la llamada la dictadura del proletariado. Como dijo Durruti: “Para una revolución solo necesito una buena fosa”.

92 chekas en manos de los socialistas, y 6 con el control de la UGT

Tanto el PSOE como otros grupos socialistas afines controlaban directamente, entre Madrid y Barcelona 92 chekas. De las cuáles, la mayoría estaban en Madrid.

Por su parte, el sindicato de trabajadores UGT tenía militantes y dirigentes que estaban al frente de 6 chekas en Madrid, cuyas direcciones eran estas: Caballero de Gracia, 28; General Martínez Campos, 23; Goya, 10; Miguel Ángel, 1; Montera, 22 y Nicasio Gallego, 19.

La cheka de ERC

La llamaba la cheka de Carolinas, y estaba en la calle Carolinas 18, de Barcelona. Los dirigentes de ERC incautaron las instalaciones del colegio de los religiosos de San Vicente Paúl. Estaba dirigida por militantes de Esquerra Republicana de Catalunya y era el centro de detención y tortura de las patrullas de control de la sección séptima, que solía actuar en los barrios de Gracia y San Gervasio.

Los “Tribunales de la cheka”

En agosto de 1936 tuvo lugar una reunión en el palacio del Círculo de Bellas Artes (Madrid) convocada y presidida por el director general de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, diputado a Cortes del Partido de Izquierda Republicana, y con presencia de todos los partidos políticos y organizaciones sindicales que integraban el Frente Popular, en dónde se acordó la constitución de un Comité Provincial de Investigación Pública, que debía encargarse de dirigir la política represiva, con amplias atribuciones. En ese momento nacen las chekas en Madrid.

En esa reunión se da carta blanca para constituir los llamados “Tribunales de la cheka”, que podían, sin limitaciones ni formalidades de ninguna clase, decidir los asesinatos que estimaran convenientes.

De esta manera los tribunales de las chekas dispusieron del derecho más absoluto de vida y muerte sobre toda la población de Madrid.

Los métodos de tortura en las chekas

El general soviético Alexander Orlov fue el encargado de asesorar técnicamente a los responsables de las chekas, utilizando los mismos métodos de tortura que la NKVD rusa.

Algunas de las torturas eran las siguientes:

Amputación: Consistía en amputar dedos de la mano y del pie. Astillado: Ataban a la víctima de pies y manos encima de una mesa y le introducían astillas de madera o metálicas en el interior de las uñas de los dedos de ambas extremidades. Badajo: Consistía en atar las manos por detrás con una cuerda y colgarlos. La cuerda pasaba por una polea. Al tirar de la cuerda se buscaba la luxación de los hombros. Banderilla: Se le aplicaba al preso una inyección infectada. Estas se introducían en las manos y pies. La inyección era agua mezclada con heces para provocar dolorosos abscesos en los miembros infectados…

Carbonera: Consistía en una habitación pequeña en la que se extendía una gruesa capa de polvo de carbón. La víctima, totalmente desnuda y después de habérsele dado una ducha, era introducida allí para que el polvo de carbón se le adhiriese a la piel, lo que producía al individuo una terrible picazón. Celda del reloj: En algunas celdas alucinantes también se había instalado un reloj —al cual el muelle regulador se había cortado previamente— adelantando unas cuatro, cinco o más horas al día. De esta forma, creaban en la víctima una desorientación temporal.

Celdas alucinantes: La celda tenía la cama y el asiento inclinando e inutilizándolas. Con ladrillos de canto en el suelo para evitar tumbarse o desplazarse. Y la pared estaba fuertemente iluminada para atraer la atención de la víctima. Celdas de castigo: El suelo estaba erizado de ladrillos de canto para impedir el caminar y en un hueco de la pared, a bastante elevación, se encontraba una cama de cemento. La particularidad de esta consistía en que su superficie estaba inclinada y cubierta de unas afiladas rugosidades o estrías del mismo material, que se clavaban en el cuerpo de la víctima al intentar tumbarse para dormir. Las celdas estaban en total oscuridad. Además, sonaba de forma permanente un metrónomo que producía un penetrante y continuo tic-tac.

Collar eléctrico: Consistía en colocar un collar de bolas metálicas alrededor del cuello de la víctima que iba conectado a un cable a través del cual se le administraba una descarga eléctrica regulada en intensidad por un potenciómetro. La víctima desnuda previamente había sido mojada con agua. Confesionario: Consistía en pequeños habitáculos, uno al lado del otro, donde sentaban a la víctima para interrogarla con un potente foco en la cara. En el habitáculo contiguo solían representar un interrogatorio donde la falsa víctima se hacía pasar por uno de los compañeros del reo manifestando que este tenía toda la información sobre la que se le estaba interrogando.

Dentista: Consistía en colocar a la víctima una cuña de madera entre las muelas de ambos maxilares para que no pudiera cerrar la boca. Acto seguido se le limaban las piezas dentales delanteras y al final se las arrancaban con unas tenazas. Las víctimas con piezas de oro les arrancaban las mismas para obtener el citado metal.

Depósito: Consistía en encerrar a la víctima a oscuras en una pequeña habitación que se utilizaba como depósito de cadáveres. En dicha habitación se encontraban diversos cadáveres de compañeros de la víctima que habían muerto al aplicarles las técnicas de tortura o por enfermedad. En la habitación se percibía un fuerte olor a cadáveres en descomposición. Disciplinas: Ataban a la víctima de pie a una argolla en la pared y era azotado con un látigo acabado en varias ramificaciones en cuya punta tenía atado trozos de metal y vidrio afilados. En ocasiones, a las heridas les tiraban sal.

Echar a los cerdos: En los patios de algunas chekas, como la de San Elías de Barcelona, se criaban cerdos. La técnica consistía en realizar a la víctima varios cortes profundos por las piernas a la vez que era lanzado al centro de la piara. Los cerdos, al percibir el olor de la sangre, agredían a mordiscos a la víctima hasta comérselo. En ocasiones hacían presenciar la tortura de su compañero a la víctima que interrogada. El ataúd: Consistía en un armario empotrado en la pared donde se colocaba a la víctima media hora antes de ser interrogado. El espacio solo permitía la cabida del cuerpo, exente de ventilación y de luz. El gancho: La víctima era atada por las muñecas y colgado de un gancho fijado en el techo. A los pies de la víctima se ataban pesas, a fin de producir una mayor tracción sobre sus articulaciones. Suspendido de esta forma y desnudo, era azotado para que confesara.

El pozo: Consistía en un pequeño calabozo o celda situado en el jardín, el cual se utilizaba para infligir a los detenidos el llamado «tormento del agua». La abertura era muy estrecha y practicada en el techo. Sobre ella estaba montada una polea que servía para hacer descender o izar la víctima. Algunas veces se le suspendía por los pies, introduciéndola de cabeza en el pozo y sumergiéndola durante algunos segundos en el agua. En otras ocasiones se colgaba al recluso por los brazos o axilas y se le mantenía sumergido hasta un nivel cercano a la boca, por un largo periodo de tiempo. Empetao: La víctima desnuda era atada de decúbito sobre un banco con las piernas a cada lado. Los interrogadores le introducían a la víctima el cuello de una botella por el recto empujando hacia dentro del intestino. Una vez le era introducida media botella, tiraban de ella, la cual hacia ventosa y succionaba la víscera. Si la víctima era mujer, realizaban la misma técnica por la vagina. Gomazo: Consistía en colocar alrededor de la cabeza una goma elástica ancha a la altura de la frente. De dicha goma colgaba una campanilla de la que tiraban y soltaban para que esta impactara contra el cráneo durante el interrogatorio.

Incomunicación: Eran habitáculos de 2 x 1,5 m x 2 m destinados a la incomunicación de la víctima, donde permanecía durante meses sin salir ni poder comunicarse con nadie. La argolla: Procedían a colocar a la víctima desnuda, amarrada de manos y colgado por un pie en una argolla con la cabeza hacia abajo, sumergiendo la cabeza de la víctima a la altura de la nariz en un recipiente con agua o excrementos mientras era azotado. Para poder respirar debía contraerse hacia arriba para sacar la nariz del líquido. La bañera: Consistía e interrogar a la víctima dentro de una bañera con agua fría jabonada, donde en su fondo habían depositado trozos de vidrio. El cautivo estaba con las manos atrás y atadas por las muñecas.

La ducha: Era una pequeña celda en cuya parte exterior se hallaba instalada una manguera que introducía agua fría a gran presión. En ella se encerraba al preso completamente desnudo y era sometido a una prolongada y violenta ducha. La enfermería: Cuando una víctima caía exhausta de agotamiento por las diferentes torturas y no le habían podido sonsacar información en el interrogatorio, eran llevados a la enfermería donde le inyectaban un estimulante —cloruro de cocaína— por vía intravenosa. El efecto psíquico del cloruro de cocaína en dosis de 0,05 a 0,10 gr. consiste en optimismo y duradera euforia.

La paliza: Cinco eran las técnicas de las palizas: pegar puñetazos en la nariz o en los testículos; dar palizas con porras de goma; látigo de piña; pisar con botas en la barriga o en la espalda; y pegar con sacos de arena o con planchas en una bota de fieltro. Al sometido a la paliza lo ataban por las muñecas con los brazos en la espalda. Varios interrogadores, a medida que le hacían las preguntas, le pegaban una paliza golpeando las zonas anatómicas de mayor dolor: nariz, abdomen, espalda… La periquera: Consistía en colocar las manos de la víctima que le rodeaban las piernas introduciendo una vara en la abertura formada entre las rodillas y los codos. La víctima quedaba suspendida cabeza abajo y se le azotaba. La silla: La víctima era puesta de espaldas en el asiento de una silla de madera y le ataban las manos con los pies por debajo de esta. Era dejado en esta postura varios días. En ocasiones era golpeado en el abdomen. La verbena: Consistía en tres cajones de unos 50 centímetros de ancho por 40 de profundidad, con el techo constituido por una tabla móvil de altura graduable. Adosado al fondo, había un saliente inclinado que medía 13 centímetros. Estaba destinado a que la víctima encerrada allí pudiese apoyarse por el trasero, pero sin permitirle sentarse completamente en el mismo. La altura de este saliente, colocado a 65 centímetros del suelo, contribuía a conseguir el mismo fin. La plancha graduable del techo se colocaba de forma que el recluso tuviera que permanecer encogido y con la cabeza inclinada hacia adelante. En cuanto al suelo de esta reducida celda, presentaba la forma cóncava, lo que impedía que la víctima apoyara normalmente los pies, lo que incrementaba su incomodidad y tortura. En la cara interna de la celda, que era de madera, se fijaba una tabla que, al ser cerrada aquella, se introducía entre las piernas del recluso, lo que le impedía todo cambio de postura. Además, otra tabla fijada al interior de la puerta, en posición horizontal, apretaba el cuerpo de la víctima contra la pared del fondo, obligándole a permanecer en una posición muy forzada e incómoda. A la altura de los ojos del recluso se colocaba una bombilla eléctrica. A la altura de la cabeza del preso se colocaba un potente timbre eléctrico que funcionaba constantemente. La permanencia en estas celdas armario se prolongaba generalmente durante tres o cuatro horas.

Neveras: Consistía en varias celdas cuadrangulares, estrechas, cerradas por puertas metálicas y revestidas interiormente de cemento poroso. Un depósito de agua situado en la parte superior suministraba el líquido, que filtrándose a través del techo y paredes, convertía dichos calabozos en una nevera. Las víctimas eran encerradas allí completamente desnudas y permanecían con las

piernas sumergidas en 40 cm de agua embalsada en el suelo de la celda. Quebrantahuesos: Ataban a la víctima a una silla con respaldo para brazos, a los que sujetaban fuertemente el antebrazo y muñecas de ambos brazos. Con unas tenazas de punta hueca luxaban la falangeta de cada dedo, posteriormente luxaban las falanginas y finalmente las falanges. En ocasiones también lo hacían con los dedos de los pies. Con un artilugio denominado «talón de Aquiles» luxaban todas las falanges de la mano a la vez.

Ratonera: Consistía en colocar un ratón dentro de una olla en la que sentaban a la víctima desnuda y atada para que no se pudiera levantar. Seguidamente, con un infernillo eléctrico procedían a calentar la olla, lo que provocaba que el ratón quisiera salir de la olla al percibir el calor de esta. El ratón intentaba escarbar un orificio a través del cuerpo de la víctima para salir.

Silla eléctrica: Consistía en un pesado sillón de madera y encima se ubicaba el armazón metálico del asiento de un automóvil. Dicha silla estaba conectada a unos hilos que conducían por vía subterránea o empotrada al fluido eléctrico. La corriente se establecía por medio de un potenciómetro montado en una especie de estrado. La víctima estaba desnuda y previamente había sido mojada con agua. Durante el interrogatorio lo deslumbraban con unos potentes focos, mientras le administraban las descargas eléctricas.

Simulacro de fusilamiento: Colocaban la víctima junto a una fosa cavada en el suelo, mientras se situaba enfrente un pequeño pelotón de fusilamiento. A la víctima se le comunicaba que si no hablaba sería fusilado. Acto seguido se le tapaban los ojos mientras oía como montaban las armas. En otro espacio, un poco más alejado, se emitía una descarga de fusilamiento, simulando que habían fusilado a un compañero. Submarino seco: Se aplicaban dos técnicas: colocar cinturón en el cuello para asfixiar; y colocar una bolsa de plástico por la cabeza para provocar asfixia. Tizón: Las víctimas eran atadas por las muñecas a un gancho en el techo con los pies en el suelo. Mientras era interrogado se le producían con un cigarro o una plancha de ropa quemaduras en el tórax y abdomen.

El autor del libro

César Alcalá (Barcelona, 1965) es escritor, periodista e historiador. Actualmente compagina su labor al frente del grupo Revista Digital con la dirección de Occidental World Magazine. Articulista en diferentes medios de comunicación. Está especializado en la guerra civil y las guerras carlista. Entre sus obras debemos destacar: Checas de Barcelona, La llista maçònica, Checas de Valencia, Los niños del exilio, Las checas del terror, Les guerres remences, Històries encantades de Catalunya, Voluntarios catalanes en la guerra de África, Claves para comprender el independentismo, Constitucionalistas sin complejos, Los niños del exilio, entre otros.

6 comments on ““Chekas. Las prisiones republicanas” de César Alcalá, un libro de referencia sobre el terror rojo.

  1. Pingback: ’30 PAISAJES DE LA GUERRA CIVIL’, DE ELADIO ROMERO Y ALBERTO DE FRUTOS, Y ‘LAS CHEKAS’, DE CÉSAR ALCALÁ, NUEVAS PUBLICACIONES QUE NOS DEJA NOVIEMBRE DE 2020 | REVISIONISMO DE LA II REPÚBLICA Y GUERRA CIVIL

  2. Juan Montañés

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  3. Todo esto era necesario para hacer la revolución del proletariado y alcanzar antes la sociedad comunista. Son tan abyectos que ni siquiera tienen la sensación de culpa. En cuanto puedan , lo volverán a hacer. Lo dice “su religión”.

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  4. joseignacioh

    Hay que ser malísima bestia para hacer esas salvajadas.

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  5. Malas bestias. Y el que crea que esto no puede volver a pasar, se equivoca.

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    • ENRIQUE LOPEZ BERMEJO DE TORRES

      Esos cafres de entonces, ahora tienen herederos,igual de bESTIAS, que en cuanto tengan ocasión lo repetiran, en gran parte gracias a la ESTULTICIA de tantisimos votantes tan descerebrados como los de antes del Alzamiento.

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