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Todo ya lo dijimos y quedó escrito hace tiempo. Todo estaba pactado. El postureo de este histórico 10 de octubre pasará a la historia por el esperpento. Pero un esperpento programado. Puigdemont ha demostrado que no quería ir a la cárcel. Antes de su discurso se veían en su cara sonrisas infantiles. Nos entraba la duda de que diera lugar la DUI.

Cuando empezó su discurso, reconoció por fin que había otra Cataluña, llegando a citar a los catalanes que nos manifestamos en el 30 de septiembre y el 8-O. Entre una de cal y otra de arena. Guiños a la independencia, que exaltaba a los miles de separatistas que desde pantallas gigantes seguían la sesión parlamentaria; guiños al unionismo afirmando -¡sorpresa, en cstellano- que la Constitución española era democracia, y más demagogia, demagogia, demagogia.

Por fin, lo que era de esperar. Puigdemont volvió a realizar un tirabuzón declarando la independencia, y a los tres segundos declaró se “suspendía”. Luego una paripé de firmar una declaración de independencia que no se registrará, y una firma de suspensión que no firmará la CUP.

La CUP cabreada, dejará de apoyar al govern, esto ya es ingobernable. Mantener unas semanas de postureo y convocar elecciones, esa es la hoja de ruta. No hay más. Puigdemont, como Mas pasarán a ser los dos grandes traidores para la CUP. La organización bolchevique tendrá que montar un pollo para mantener en matrix a sus cachorros. Y Rajoy se pondrá medallas por haber salvado España, mientras que tendrá que ceder ante el nacionalismo en sus peticiones bajo mano. Los catalanes de a pié somos como pesetas o monedas de cambio.

Los políticos han ganado. España ha perdido.