Las familias rotas del Procés


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(El Mundo). En casa de Gisela y Dani hay dos televisores, en dos cuartos separados, porque escuchar el mismo noticiario o debate juntos acabaría sin duda con su matrimonio. Como le sucedió hace unos meses a una pareja de colegas, anticuarios como ellos, en el distrito de Els Encantes. Suena Radio Catalunya en el trayecto de coche que los trae desde su casa en las afueras hasta el centro de Barcelona, amanecen con las noticias de la larga noche que enfrentó a fuerzas de seguridad del Estado y manifestantes independentistas a las puertas de la Conselleria de Economía o cuartel general de Oriol Junqueras. ¡El tono de sus voces va subiendo y a la altura del kilómetro 12, salida 4 de la ronda, deciden que prou! (basta), apagan la radio y quedan en silencio.

La escena se repite toda vez que Gisela Revelles y Daniel Riera rozan el alambre de espinos que los separa políticamente. Gisela, que antes de conocer a Dani ejerció el periodismo, es apasionada de la política; Dani lo es de su sentimiento identitario catalán: «Voto lo que me parece más adecuado en cada momento (la última, a Junts pel Sí), no tengo esclavitudes políticas, pero soy claramente independentista». Un sentimiento identitario grabado a fuego durante sus veraneos infantiles con los abuelos en Tona, Plana de Vic. ¿Y después? «Después viene el PP, que es una fábrica de hacer independentistas, y ahora los catalanistas queremos ser independientes».

Gisela confiesa que le cuesta, le cuesta horrores la «conllevancia» que acuñara Ortega y Gasset para referirse a lo irresoluble del sentimiento catalanista con el que los españoles habrían de aprender a convivir. «Es imposible dialogar con la razón frente a alguien que lo hace desde el corazón y el sentimiento; es un desencuentro absurdo que a mí me genera impotencia, porque pienso en lo inteligente que es mi marido y no entiendo cómo se deja llevar por algo tan irracional.

A ver, aquí la cúpula del poder es práctica, y me refiero a los del 3%, cuentas en Andorra y demás, y le resulta muy fácil manipular al pueblo a través del sentimentalismo». A lo que su pareja, 10 años de convivencia estrecha, en el afecto y en el trabajo, responde: «Eso que dices no es una opinión, porque no tienes pruebas; si pudieras demostrármelo lo discutiría, pero una cosa es creer y otra muy distante, la realidad».

¿Quién pone el punto final cuando la cosa se incendia entre ellos? «Lo pone Gisela, porque yo soy más vehemente, y me precipito en largos monólogos. Entonces paro». ¿Entonces prevalecen el sentimiento de familia y el amor entre los dos? «Entonces se impone el sentimiento de independencia de mi familia, me convierto en una tortuga y miro sólo dentro de mi caparazón, mi pequeño mundo», responde Dani. «Yo comprendo que están viviendo un momento emocionalmente muy intenso, porque creen que algo nace, que su país despierta, pero yo soy racional y pienso que esto es todo un absurdo y que lo que debiera emocionarle a mi marido es el nacimiento de nuestro hijo».

 

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