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Es difícil encontrar una festividad que represente el día nacional de una nación, y que sea un factor unitivo, especialmente cuando esa nación no existe. Ya en el primer Parlamento autonómico de Cataluña, tras el inicio de la transición, se planteó cuál debía ser el día “nacional” de Cataluña: la emblemática Diada. Y ciertamente no fue fácil. Los sectores más inveterados del catalanismo conservador, que aún recordaban lo que representó la Lliga Regionalista, abogaron para que la fiesta se consagrara en el día Sant Jordi. Una conmemoración que, gracias al franquismo (aunque eso no se pudiera decir), había arraigado profundamente en la sociedad catalana.

Pero por aquella época ni Tarancón, ni mucho menos los obispos catalanes estaban por apostar por la presencia pública de la Iglesia en la vida política. Que la Diada se celebrara en Sant Jordi vendría a ser como una prolongación del nacional-catolicismo, y los cánones del nuevo progresismo lo prohibían … seguir leyendo