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Hace unos pocos días, el separatista Francesc Homs advertía al Gobierno de España que le han «declarado la guerra democráticamente» y que ya no hay «marcha atrás» en el proceso de independencia de Cataluña. El órdago incluye un apóstrofe, una interpelación al Gobierno. A los separatistas catalanes siempre les ha interesado plantear su querella como un toma y daca con unas instancias represoras que aplastan los anhelos catalanes; y, desgraciadamente, nuestros sucesivos gobiernos han caído en la trampa, entablando coloquio o batalla con los separatistas, que mientras recibían mimitos o arañazos desde Madrid han podido dedicarse tranquilamente a envenenar al pueblo catalán (gracias, sobre todo, a las competencias que los sucesivos gobiernos españoles les han entregado).

El separatismo logró de este modo una victoria estrategia innegable: conseguir que los gobernantes españoles lo considerasen el único interlocutor válido, como si a los catalanes de a pie no hubiera que transmitirles nada desde España. De este modo, mientras nuestros sucesivos gobiernos se acaramelaban o enzarzaban con los separatistas, el pueblo catalán sólo recibía mensajes directos y eficaces de su gobierno autonómico y de sus partidos separatistas, que podían dedicarse tranquilamente a enviscarlo contra todo lo que sonase a español, desde la propia escuela.

Este error craso lo señala el escritor Enrique Álvarez en su excelente libro Un dios no del todo cruel (Ediciones Tantín). ¿Por qué nuestros gobernantes, en lugar de participar en el juego que interesa a los separatistas, no se han dirigido nunca al pueblo catalán? ¿Es que no disponen, acaso, de medios materiales suficientes para hacerlo? ¿O será más bien que les falta arrojo moral? ¿Hemos de entender que también les interesa este toma y daca que no hace sino robustecer posiciones partidistas y alimentar la demogresca?

Enrique Álvarez lo expresa con gran acierto: «Por muy culpables que sean de esta situación los políticos nacionalistas y sus ideólogos, la razón más profunda de que Cataluña y otras regiones españolas vayan a fundar un Estado propio la tienen los responsables máximos del Estado español que, desde la transición misma, no han querido actuar como tales en esas regiones separatistas. Ni el Rey ni los sucesivos presidentes han hablado jamás a los catalanes como «su» rey o «su» presidente.

Nunca ha habido un discurso desde la capital de España para convencer y exhortar, con amabilidad y persuasión, a los ciudadanos de esas regiones de las ventajas de seguir en España. Nunca se han dirigido directamente a ellos, ni les han enviado mensajes integradores y atractivos. Quizá lo han creído grandilocuente o inútil, pero el caso es que el Rey y los sucesivos presidentes se han limitado siempre a negociar con esos activísimos depredadores que son sus representantes políticos y, así, han habituado a esos ciudadanos a ver cómo su única autoridad legítima al honorable de turno. Este flagrante error que denuncia Enrique Álvarez en Un dios no del todo cruel se ha sostenido por intereses partidistas espurios e indolencias inexplicables.

Tal vez ya sea tarde para repararlo; pues, entretanto, los separatistas se han dedicado a adoctrinar a los catalanes, hasta convencerlos de que España es un monstruo de iniquidad. Nuestros gobernantes, empezando por el Rey, deben hablar al pueblo catalán, con todos los medios a su alcance, y expresarle de forma convincente que los españoles deseamos seguir contando con ellos. Y si nuestros gobernantes entienden que esto ya no es posible, habremos de aceptar –como señala Enrique Álvarez– «que esta región se ha hecho ya, de verdad y para siempre, independiente de España».

 Juan Manuel de Prada

Abc, 20 de mayo de 2017