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Muy desmejorado, silencioso, con la mirada ausente. Así ven estos días a Jordi Pujol i Soley las personas que se agolpan ante su domicilio barcelonés y los pocos que contactan con él en su despacho. El patriarca de la saga vive un auténtico ocaso de su figura y toda su familia, pero el auténtico mazazo tuvo lugar durante el último registro en la casa de General Mitre.

Hasta allí se desplazó el hijo mayor, Jordi Pujol Ferrusola, a quien el juez José de la Mata ya le había impuesto prisión incondicional sin fianza y permitido estar presente en la operación policial junto a sus padres. Fue entonces cuando el ex presidente conoció la inminente entrada entre rejas de su primogénito y, según algunos presentes, le hizo una demoledora pregunta: «Oye, Jordi, ¿vas a mi antigua cárcel? Tranquilo, yo ya la conozco». Recordaba así el ex presidente catalán su etapa en la prisión zaragozana de Torrero, dónde pasó dos años y medio.

La historia parece repetirse, aunque los motivos de ingresar en prisión fueron claramente diferentes. La vergüenza que está sufriendo Pujol y ver cómo se desmorona su clan, está afectando  la hasta ahora entonces incombustible imagen.