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Emmanuel Macron ha batido en todo regla a Marine Le Pen. Su victoria estaba cantada, pero los resultados han sido superiores a lo esperado. Los mercados y el mundo de la alta finanza, de los que Macron es un representante señero, están tranquilos. La cancillería alemana respira tranquila al ver que su proyecto mundialista (disfrazado de europeo) va a poder continuar su errática trayectoria. Los “progres” y pequeño-burgueses, que están convencidos de que Marine es una reencarnación, en versión femenina, de Adolfo Hitler, ya duermen tranquilos pensando que se han librado del campo de concentración.

La victoria de Macron nos muestra la fortaleza del Sistema: como se puede crear un “partido” en cuatro días, como se puede conseguir que la prensa (incluido la supuestamente izquierdista “Liberation”) le apoye de forma casi completamente unánime, como se puede convencer a la gente de que un tipo que ha sido ministro de economía en el gobierno de Hollande es un “recién llegado” a la política, como se puede hacer olvidar su reforma laboral.

Pero Macron muestra también la debilidad creciente del Sistema. Un elemento fundamental en la farsa “liberal-democrática” es la falsa dicotomía izquierda/derecha y su alternancia en el poder. Esta dicotomía podía tener sentido en otros tiempos, pero ahora ya no la tiene: la derecha está representada por un partido “conservador-liberal” (se entiende de centro-derecha) y la izquierda por un partido socialdemócrata (se entiende de centro-izquierda). Dejando aparte su retórica cuesta mucho distinguir sus políticas reales.

En teoría el partido de centro-derecha tiende a ser algo más contenido en el gasto público, en recortar servicios sociales y en hacer reformas laborales según el neoliberalismo más salvaje. El partido de centro-izquierda tiende a ser un poco más generoso en el gasto público, y a hacer reformas laborales también neoliberales pero un poco más comedidas. Para reafirmar su carácter “progresista” inciden en cuestiones de tipo “cultural”: aborto, matrimonio homosexual, fronteras abiertas a la inmigración, ideología de género, etc. Los conservadores, cuando están en la oposición, se oponen a este tipo de medidas, pero cuando recuperan el poder no las tocan.

En España este tinglado ha funcionado a la perfección durante años: “¿No le gusta el PSOE?, pues vote al PP”; “¿No le gusta el PP?, pues vote el PSOE”. La crisis ha provocado la emergencia de nuevos partidos, pero el PP y el PSOE siguen siendo los más votados. Pero en caso de que fueran desbancados, la farsa seguiría: Ciudadanos ocuparía el espacio de centro-derecha, y Podemos el de centro-izquierda.

Pero en Francia, ante el acoso de Le Pen, el tinglado se ha desmontado. El partido socialista se ha hundido, y el conservados Fillon no ha pasado a la segunda vuelta. El Sistema se ha desentendido de los viejos partidos y se ha concentrado en Macron, su engendro favorito. Pero este engendro “socioliberal” (¿) dice no ser ni de izquierdas ni de derechas, y que la cuestión está entre los partidarios de la UE y los “racistas y xenófobos”, o, dicho en otro lenguaje, entre los mundialistas y los patriotas.

El Sistema ha tenido que jugar a una sola carta. Ha demostrado su fuerza, pero también su debilidad. Ya no hay alternativa dentro del Sistema, pero si hay alternativa al Sistema.

José Alsina Calvés