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Si alguien se cargó el catalán tradicional, fue el endiosado Pompeyo (Pompeu) Fabra. Será interesante ir recogiendo algunas de las “burradas” que fue pergeñando en su propuesta de reforma lingüístico. Hoy hablaremos de la cedilla, la “ç”.

Qué bien y diferenciador suenan a algunos la palabra “Barça”. La cedilla parece un hecho diferenciador lingüístico entre el catalán y el castellano. Sin embargo, a mediados del XIX Pedro Labernia, en su Diccionario de la lengua catalana ya advertía: “Esta letra de verdadera fisonomía catalana … se desterró del uso a semejanza de la lengua castellana”.

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Pompeu Fabra

Ciertamente, en el siglo XIII la cedilla, “ç”, estaba generalizada en todas las lenguas romances, aunque propiamente su extensión y mantenimiento se debieron al castellano (especialmente a Nebrija y anteriormente a Alfonso X el Sabio). El sonido de la cedilla fue degenerando hasta parecerse al de la “z”. Por eso hasta el siglo XVIII aún se escribía “Çaragoça”. En 1726, la Real Academia de la Lengua la suprimió por innecesaria. Aun así, la “cedilla” es uno de los castellanismos más antiguos que poseemos. Sólo en textos del siglo XIV en catalán (en los de Eiximenis) aparece la cedilla y exportada del castellano y se perdió siglos después.

El tonto de Pompeyo Fabra, pensaba que esta letra era una peculiaridad propia del catalán que le distinguía del castellano y la “recupera” en sus Normas Ortográficas, con una extrema y absurda euforia.