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La España de 1897 vivía un clima de exaltación patriótica en todas las regiones y clases sociales y un espíritu de optimismo militar que contrastaría enormemente con la posterior decepción de 1989 y 1899. Pero en 1897 aún se soñaba con un futuro en el que la posesión de Cuba y Filipinas otorgaría a España un papel de potencia global durante el siglo XX.

Desde diciembre de 1896 hasta finales de marzo de 1897 el General Camilo Polavieja, como Gobernador de Filipinas, había impulsado potentes ofensivas contra los rebeldes tagalos, como las batallas de Cacarong, Silang o Imús que habían puesto bajo dominio español la mayor parte de la isla de Luzón. Pero el general opinaba que para completar la campaña era necesario el envío de 20 batallones más desde España. Finalmente fijó la cifra de 30.000 soldados como un refuerzo imprescindible para poder completar la victoria.

Pero España estaba agotada teniendo ya 220.000 hombres en Cuba y 35.000 en Filipinas. El Presidente Cánovas del Castillo se negó a enviar más refuerzos. Sintiéndose desairado el General Polavieja presentó su dimisión y decidió regresar a España, alegando problemas de salud, que eran ciertos, pero no eran el auténtico motivo de su marcha.

El recibimiento popular que tuvo Polavieja al volver a España fue el de un auténtico héroe militar nacional. El 13 de mayo de 1897 desembarcó en Barcelona y fue recibido por entre 40.000 y 80.000 personal en el puerto y en las Ramblas en un ambiente de emoción patriótica española. Tras ser homenajeado en el Círculo Ecuestre y en el Liceo,  subió en un tren hacia Zaragoza, donde también fue aclamado por la multitud.

Llegó a Madrid el 16 de mayo siendo amablemente recibido en Palacio por la reina Regente y condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando. Frente al Palacio de Oriente fue aclamado por otra gran multitud. Diputados disidentes del partido de Canóvas le entregaron una espada de plata y fue aclamado por la entonces muy patriótica prensa española.

 Cánovas aguantó el chaparrón y disimuló su enfado, ya que la prensa le pintaba como el villano de la historia. Cánovas nombró en su lugar como Gobernador de Filipinas al General Fernando Primo de Rivera, quien manifestó que era posible completar la campaña con los soldados ya disponibles en Filipinas, sin necesidad de más refuerzos.

Pese a que la cuestión de la necesidad o no de más refuerzos fue muy polémica en el verano y el otoño de 1897, el General Fernando Primo de Rivera organizó nuevas y contundentes ofensivas que obligaron finalmente a la guerrilla filipina a rendirse por el llamado Pacto de Biac Na Bato en diciembre de 1897,si bien la posterior intervención de los Estados Unidos a partir de mediados de 1898 haría inútiles todos los esfuerzos españoles.

Pero en 1897 el discreto general Fernando Primo de Rivera resultó tan eficaz como el competente pero arrogante y “mediático” General Polavieja.

Rafael María Molina Sánchez