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Los resultados de la primera vuelta de les elecciones presidenciales francesas se prestan a la reflexión, pues están poniendo sobre la mesa un conjunto de cuestiones que muestran hasta que punto está cambiando el escenario político de la posmodernidad, y como el paradigma de la modernidad (izquierda/derecha, conservadores/progresistas) no sirve ya para entender esta cambio.

Marine Le Pen ya dijo en una ocasión que la confrontación izquierda/derecha había dejado de tener sentido, y la dicotomía en el futuro seria entre mundialistas y patriotas. Los resultados de la primera vuelta parecen darle la razón, con el fracaso de los partidos tradicionales. Fillon (la derecha clásica) no pasa a la segunda vuelta, y el candidato socialista se hunde estrepitosamente.

En cierta manera se está cumpliendo en Francia lo pronosticado por Alexander Dugin en su libro La cuarta teoría política. El derrumbe de la Unión Soviética anuncia el advenimiento de la posmodernidad, en la cual el liberalismo, reconvertido en neoliberalismo mundialista, se afirma no como una teoría política, sino como nueva razón del mundo, como “lo correcto”, lo único respetable.

Esto es lo que vemos en Francia. Macron es la personificación de este neoliberalismo mundialista: banquero, exministro “socialista” y líder de un “partido” (En Marcha) creado a golpe de talonario y según las técnicas del marketing más posmoderno. ¿A quién representa Macron? A esta “nueva clase” de yuppies desarraigados, ciudadanos del mundo, individualistas, neoliberales en lo económico y “progresistas” en todo lo demás. Pero lo curioso es que todos los representantes de la vieja política cierra filas en su torno: liberal-conservadores y socialdemócratas piden el voto para Macron, pues dicen que hay que distinguir entre el “adversario” y el “enemigo”, y el “enemigo”, claro, es el Frente Nacional.

En su empeño de seguir utilizando los viejos esquemas de la modernidad, toda la prensa cipaya dice que el Frente Nacional es de “extrema derecha”. Ser de “extrema derecha” es ser como la derecha pero más. Pero en realidad el Frente Nacional no tiene nada que ver la con la derecha, ni por su programa ni por su base social. Sus reivindicaciones socioeconómicas aproximan su programa al del Partido Comunista Francés (cuando aún existía), mientras que en política internacional se manifiesta por la salida de Francia de la OTAN y de la UE. Nada de esto tiene que ver con la derecha. En cuanto a su base social, todos los estudios sociológicos muestran que es el primer partido entre los jóvenes y las clases más humildes. Resulta que también es el primer partido en la “Catalunya Nord” (Tome nota Sr. Junqueras).

El Frente Nacional es inclasificable en los esquemas políticos de la modernidad, porque es un fenómeno político que pertenece a la posmodernidad. Pero su adversario, el mundialista Macron, también dice que no es ni de izquierdas ni de derechas. La conclusión está clara: el eje izquierda-derecha ya no sirve.

Otro ejercicio interesante es comparar la política francesa con la española. Macron recuera de Rivera (también encumbrado a golpe de talonario); Fillon seria nuestro Rajoy; Melanchon el de la Francia insumisa, nuestro “coletas”; el hundido candidato socialista no sabemos si correspondería a Sánchez o a Susana Díaz. En España no hay nada equivalente a Marine Le Pen, pero en Francia no hay nada equivalente a Junqueras o a Puigdemont. La conclusión es que mientras en Francia deciden entre dos modelos de sociedad, en un debate que anuncia el futuro, aquí seguimos con discusiones decimonónicas sobre izquierda y derecha, o con nacionalismo separatistas. ¡Y algunos están orgullosos de ello!