El bárbaro asalto al convento carmelita o la “toma de la Bastilla” en Barcelona, 19 de julio de 1936


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Actual aspecto del Convento de Camelitas en la Diagonal de Barcelona
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José Tristany Pujol, carmelita mártir

El convento de los carmelitas descalzos en la Diagonal (hoy en el número 424) se encontraba en la zona que el 19 de julio estuvo en manos de los sublevados. La ocupación del convento por los militares y su asalto por las tropas del gobierno al día siguiente se saldaría con la muerte de tres religiosos, al intentar salir del convento: José Tristany Pujol (Lucas de San José), Juan Páfila Montelló (Juan José de Jesús Crucificado) y Antonio Bosch Verdura (Jorge de San José). Las circunstancias de la lucha en torno al convento las relata así Eduardo Palomar Baró:

“A las cinco de la mañana, tropas del Regimiento de Cazadores de Santiago han salido de los cuarteles y cuando desembocan por el Paseo de Gracia con la Avenida 14 de Abril (Diagonal), son recibidos por los milicianos con una descarga cerrada. Ante este ataque inesperado, el coronel Francisco Lacasa Burgos resuelve buscar refugio en el Convento de los Padres Carmelitas, situado en la esquina de la Diagonal con la calle de Lauria. Al coronel Lacasa le secundan el teniente coronel Vázquez Delage y el comandante Rebolledo, convirtiéndose el convento en un fortín que quedó sitiado por más de tres mil individuos armados de fusiles y dotados de considerable número de ametralladoras.

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Juan Pàfila, carmelita mártir

A la madrugada estrecharon aún más el cerco y el ataque cobró inusitada dureza, sin que los defensores cedieran en su resistencia, ante lo cual la Generalidad trató de conseguir la rendición por otros medios, y así durante la mañana del lunes 20 de julio, envió al teniente de Asalto Nicolás Felipe para parlamentar con Lacasa. Dicho teniente le comunicó que la casi totalidad de las fuerzas se habían rendido y que el general Goded estaba prisionero.

El coronel Lacasa le contestó que no se rendirían y que continuarían luchando mientras les fuera posible resistir. Esta negativa enfureció a los sitiadores, que reanudaron el ataque con mayor intensidad. Hacia el mediodía reforzaron el asedio grandes contingentes de la Guardia Civil mandados por el coronel Escobar, el cual comunicó a Lacasa que su resistencia era suicida, exponiéndole unas condiciones honrosas para la capitulación. Se respetaría la vida de todos los que se rindieran; los heridos serían evacuados al Hospital Militar, y el resto de los prisioneros serían entregados a las autoridades militares de la región, para juzgarlos regularmente y determinar el grado de responsabilidades de cada uno; por último, la Guardia Civil se encargaría de los prisioneros y garantizaría la seguridad de todos.

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General de la Guardia Civil Antonio Escobar. Católico y republicano.

Como no había duda sobre el fracaso del alzamiento en Barcelona, Lacasa meditó su responsabilidad al entregar a una muerte cruel a los que peleaban bajo su mando. Consultó con sus oficiales, que deseaban seguir la lucha, pero, asimismo, todos deseaban salvar la vida de sus soldados. El coronel Lacasa se dispuso a cumplir el acuerdo, por lo que dirigiéndose a Escobar le dijo que ordenase el avance de la Guardia Civil, la única fuerza a la que estaban dispuestos a entregarse. Se adelantaron los guardias para recibir a los prisioneros, pero al mismo tiempo avanzó detrás de ellos la turba enfurecida, enarbolando fusiles y vociferando insultos y blasfemias.

Al abrirse la puerta principal, y cuando salían los primeros prisioneros, el populacho rompió el cordón de guardias y ante su casi general pasividad, se entregó a una bárbara matanza. Caen a tiros, a machetazos, a golpes de culata, el coronel Francisco Lacasa, el teniente coronel Vicente Vázquez Delage, el comandante Antonio Rebolledo, los capitanes Claudio y Pedro Ponce de León y otros oficiales y soldados. Al coronel Lacasa le cortaron la cabeza, que la chusma paseó después en triunfo. Once padres carmelitas sufren el martirio, asesinados y destrozados a navajazos (en realidad es una confusión y sólo fueron tres)”.

3 comentarios

  1. Cuando leo los testimonios probados de la persecución católica de la II República, o los de este artículo, me llama la atención la hombría de los atacantes: armados hasta los dientes, en manada, para asesinar.

    (en el caso de las monjas, para torturarlas y violarlas primero antes de martirizarlas)

    ¿serían tan valientes si estuviesen igualados en número y en armas con sus presuntas víctimas?

    (en el caso de estas pobres mujeres, no se me ocurre nada; tal vez una miliciana armada con un rosario)

    Como se ve, en todas partes es igual: los etarras “gudaris” asesinos con un tiro en la nuca o una bomba debajo del coche.

    Por la espalda.
    Como cobardes que son.

  2. Es curioso, pero efectivamente eso es lo que sucedió con la Bastilla.

    La Bastilla, que era una fortificación que guarnecía la ribera derecha de París por el barrio de San Antonio y su puerta de entrada a la ciudad, fue efectivamente sitiada.

    Pero al contrario que este convento, tenía muros altos y fuertes, un foso y munición con pólvora y cañones. Además de una guarnición profesional.

    Para no derramar sangre francesa (la de los manifestantes), el gobernador de la fortaleza accede a rendirla… a cambio de dejar salir a la guarnición.

    Bueno, ya sabemos como se respetaron los términos de la rendición: la guarnición masacrada y la cabeza del gobernador clavada en una pica paseada por la canalla.

    Hecho asombroso, porque como prisión de Estado no era lugar de destino de ninguno de los sitiadores: era para “gente de cualidad”, como nobles o hijos de millonarios (Voltaire, que cenaba con el gobernador-carcelero). Por eso solo había 9 personas -uno de ellos loco- encerrados en ella.

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