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Miguel de Cervantes, sin duda el escritor español más universal, se deshace en elogios sobre la Ciudad Condal –en la que llegó a vivir- en su inmortal obra el Quijote.

Pone en boca de Don Alonso Quijano unas palabras, para enmarcar, puestas en negrita para deleite de todos los catalanes hispanos. Van precedidas de unos párrafos que nos introducen en el episodio:

Yo —dijo don Quijote— no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo. Para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza, antes por haberme dicho que ese don Quijote fantástico (se refiere al Quijote apócrifo de Avellaneda) se había hallado en las justas desa ciudad no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira, y, así, me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto.