Ricardos: el genio militar español que humilló en Cataluña a la Francia revolucionaria


El hombre que se impuso a los galos en la Guerra del Rosellón murió de una pulmonía cuando se encontraba en Madrid reclamándole a Manuel Godoy más medios para poder seguir con la invasión de Francia

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Carlos IV de España se sumió con el estallido de la Revolución francesa en un estado de estupor compartido por todo el Antiguo Régimen. Prusia y Austria no dudaron ni un instante en declarar la guerra a aquellos galos que se habían atrevido a rebelarse contra sus reyes y a romper las sagradas leyes que protegían a las monarquías. No así España, que dado el parentesco de sus monarcas con los Reyes de Francia prefirió asumir una actitud más moderada para evitar que un paso en falso costara la vida a su familiar Luis XVI, cada vez más cerca de la guillotina. El fracaso de esta política de apaciguamiento costó el puesto de secretario de Estado al Conde de Aranda y, tras la muerte de los reyes, condujo a España a sumarse a la guerra.

El 21 de enero de 1793, Luis XVI de Francia fue ejecutado. Manuel Godoy, que había reemplazado al dubitativo Aranda meses antes, firmó con el Reino de Gran Bretaña su adhesión a la Primera Coalicióncontra Francia. Godoy dio así luz verde a los planes que el Conde de Aranda había preparado para presionar a Francia en su frontera sur, mientras el resto de monarquías europeas lo hacían por el norte y el este. La ofensiva española se repartió en tres frentes pirenaicos, siendo el de mayor tamaño el catalán, con 32.000 hombres; seguido del vasco con 18.000, y del aragonés, con solo 3.000 efectivos. Si bien estos dos últimos ejércitos se limitarían a defender la frontera y a distraer las líneas enemigas, las esperanzas del ataque estaban puesto sobre la campaña catalana.

Un comandante hecho a fuego lento

Para tan alta ocasión, que los españoles intuyeron como una cruzada contra los franceses regicidas, Godoy colocó al mando del frente principal al prestigioso general Antonio Ricardos. Este oscense de nacimiento, procedente en una familia gaditana de impronta castrense y con abuelo en la Royal Navy, fue educado con esmero y erudición para servir en el Ejército español en cuanto tuviera edad de sostener una bayoneta con firmeza. Su bautizo de armas lo adquirió siendo adolescente en Italia al lado de su padre, a cargo del Regimiento Malta de Caballería, durante la Guerra de Sucesión austriaca.

En esta contienda, los Borbones procuraron devolverle el golpe a los Habsburgos tras el desaguisado montado en España. Fernando VIobtendría para su hermano Carlos, futuro Carlos III, el reconocimiento de sus derechos sobre el Reino de Dos Sicilias y para otro hermano, Felipe, los ducados de Parma, Plasencia y Guastalla. Ricardos, por su parte, lo que logró en Italia es experiencia y el grado de coronel.

«Santiago y cierra España». Pintura de Augusto Ferrer-Dalmau sobre el Regimiento España 1793, Guerra del Rosellón
«Santiago y cierra España». Pintura de Augusto Ferrer-Dalmau sobre el Regimiento España 1793, Guerra del Rosellón

Una vez en España, se dedicó a estudiar tratados militares y aumentar su formación. Como señala Mateo Martínez Fernández en la entrada que le dedica al oscense en la Diccionario Biográfico de la Real Academia de Historia, Ricardos estudió seriamente las tácticas del Rey de Prusia Federico II, muy admirado por todos los generales de su tiempo, así como las grandes batallas de la antigüedad, de Roma y de Cartago, a las que era extraordinariamente aficionado. Se ha escrito, a este respecto, que en futuras campañas se pudo advertir la influencia prusiana en la forma de proceder del militar español y cierta impronta romana.

Con la entrada tardía de España en la Guerra de los Siete Años, Ricardos volvió a los campos de batalla, esta vez contra Portugal (1762), aliado de Gran Bretaña. No sería una guerra memorable la de España contra Portugal, pero terminó con Ricardos ascendido a brigadier tras demostrar su valía en combate. Al año siguiente, sería recompensado con el grado de mariscal en una campaña en el norte de África que buscaba combatir a los piratas argelinos y las acometidas marroquíes. Allí fue herido, sin que revistiera gravedad.

El Conde de Aranda (1769) por Ramón Bayeu (Museo de Huesca).
El Conde de Aranda (1769) por Ramón Bayeu (Museo de Huesca).

Amparado por el Conde de Aranda y su partido de aristócratas, Antonio Ricardos desempeñó tareas de carácter administrativo como la reorganización del Ejército de Nueva España o la reforma de las estructuras de formación de los futuros oficiales de las distintas Armas. Como hombre ilustrado de su tiempo, el oscense estuvo plenamente integrado en la Sociedad Económica de Amigos del País, que era un grupo de presión para la prosperidad del país desde postulados reformistas pero respetuosos con la tradiciones y la religión cristiana.

Su lealtad a Aranda y oposición a Floridablanca le costó el destierro a Guipúzcoa, aunque este castigo se disfrazó de traslado rutinario a un destino militar para el que, en realidad, no se le encomendó tarea alguna. El ya entonces teniente general volvió a la corte a principios de 1793 para hacerse cargo del mando en el conflicto contra la Convención francesa, también conocido como la Guerra del Rosellón. El 26 de febrero fue nombrado capitán general del Ejército de Cataluña y dio el pistoletazo de salida a la campaña, que consistía en una invasión en toda regla de la frontera francesa.

En una típica guerra de montaña, desde el Coll de la Perché y el Pico de Puigmale hasta la costa mediterránea, Ricardos dio una lección magistral sobre cómo hay que conducir las fuerzas en este tipo de terreno, lo que le mereció el elogio del escritor francés Jomini, que estudió la campaña y escribió que había sido «un modelo de guerra de montaña».

Gloria y caída de un gigante de la táctica

Entre abril y septiembre, las tropas de Ricardos ocuparon Arlés, el río Tec y Bellegarde, imponiéndose, por sus condiciones de estratega y táctico, en las batallas de Mas Deu yde Truillás, a las fuerzas francesas. La primera de estas contiendas se resolvió con una victoria estratégica española sobre un enemigo que durante todo el siglo XIX se había mostrado intocable frente al vecino del sur, que miraba con desdén a sus primos desde que Luis XIV había reordenado las fronteras. No en vano, fue en Truillás donde Ricardos arrasó con la fuerza revolucionaria. Los franceses sufrieron la pérdida de 6.000 y unos 1.500 heridos, frente a solo 2.000 bajas españolas, lo que extendió una alfombra roja en dirección a Perpiñán, capital de aquel departamento.

aguantó casi un mes tres ataques masivos y once combates sin ceder un centímetro de terreno. Incluso pudo contraatacar a los ejércitos de la Convención republicana

Ricardos no dudó en estas contiendas en ponerse al frente de la caballería en situaciones críticas. Su rival en la campaña, Auguste Dagobert, se vio superado en todo momento por el español, que, falto de apoyos, hubo de fortificarse en Boulou, casi en la costa Mediterráneo, con 20.000 hombres y 106 piezas artilleras, sin perder un solo hombre ni un cañón en la retirada. Allí aguantó casi un mes tres ataques masivos y once combates sin ceder un centímetro de terreno. Incluso pudo contraatacar a los ejércitos de la Convención republicana en Asprés, tomando Port-Vendres, Santelme y Colliure y dominandotoda la costa rosellonesa. Pocas veces en ese siglo un general español demostró tanta altura militar e inteligencia.

Si Carlos V lamentó desde Cuacos de Yuste dos siglos antes que su hijo Felipe II no tomara París tras la batalla de San Quintín, desde aquel Madrid de Godoy hubo quien criticó igualmente la prudencia de Ricardos al no ocupar Perpiñán. Lo cierto es que el genio español había sacado victorias y conquistas donde, en opinión de Aranda y otros mandos, cabía hallar únicamente fracasos debido a los escasos medios y menos efectivos. La Francia de los ciudadanos soldados tenía capacidad de sobra para repeler ese y otros ataques, para lo cual solo necesitaba rearmarse.

A comienzos del año 1794, el capitán general Ricardos, ascendido a tras su éxito en la batalla de Masdeu, aprovechó un «compás de espera» en la guerra para explicar en Madrid lo vulnerable de su posición y las penurias que vivía su ejército, que contaba los días de espera para un contraataque galo.

Cuadro de la batalla de Le Boulou, derrota española ocurrida en mayo de 1794 con Ricardos ya fallecido
Cuadro de la batalla de Le Boulou, derrota española ocurrida en mayo de 1794 con Ricardos ya fallecido

En esa miserable tarea de despachos y ministerios, el comandante contrajo una pulmonía que acabó con él el día 13 de marzo de 1794. Tenía cuando falleció sesenta y seis años y ningún hijo. Con él desapareció el que, según el Conde Clonard, era «una de las más bellas glorias españolas. Activo, perseverante, intrépido, sagaz, con un espíritu profundamente creador y una energía de primer orden».

A la muerte de Ricardos, Alejandro O’Reilly fue designado como su sustituto, si bien murió antes de tomar el mando. El reemplazo de ambos, el Conde de la Unión, moriría también antes de terminar ese año, que se cerró con importantes derrotas. Para cuando Godoy se decidió por firmar la paz en 1795, España había retrocedido en los tres frentes y, además de lo ganado, había perdido ciudades tan importantes como Bilbao, San Sebastián y Figueras.

Por la Paz de Basilea (1795), España reconoció a la República Francesa y cedió la parte española de la isla de La Española, valga por una vez la redundancia.

César Cervera.

Fuente: Abc.

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