“Joan Tardà, la Lola Flores del independentismo” por Karina Sainz Borgo


SPAIN-POLITICS-CATALONIA

 

La república, sabía él, no iba a esperar por ellos. Había que fajarse y él no lo dudó ni un instante. Aunque había comenzado mucho antes como alcalde de Cornellá, en 2004, Joan Tardà (1953) dejó su puesto de profesor en el instituto Esteve Tarradas y comenzó a picar la piedra de la república catalana en Madrid como diputado de ERC. Entonces, el tripartito había prosperado en Cataluña y los de su partido habían investido a Zapateropresidente por la misma razón por la que lo hicieron con Pedro Sánchez en la moción de censura: para dar carpetazo a la monarquía y encarrilar la locomotora de la independencia.

Hijo de una familia obrera, Joan Tardà se ganó la vida desde muy pronto. A los doce comenzó a vender refrescos en el bar del cine de Cornellá donde su madre trabajaba como taquillera y entró luego a trabajar en una fábrica a los 14. Es catalán, no español, dice él. No repudia el castellano, porque lo considera parte del “mestizaje”. Criado en un hogar republicano y catalanista, Tardà tenía una vuelta de tuerca más con el tema nacionalista. Cuando hacía propaganda por el PSUC, allá por los setenta, ya llevaba la estelada, como contó el portavoz de Esquerra Republicana a Jordi Pérez-Colomer y a Kiko Llarenas en una entrevista en la que se declaró independentista accidental. Si es que tal cosa es posible.

“Lo que tiene de grandote y de troglodita lo tiene de buena persona”, dice alguien que tuvo que padecer, y mucho, el martilleo de Tardà

Joan Tardà militó en Bandera Roja y se afilió al PSUC, pero dejó plantados a los comunistas por haber aceptado la monarquía y se echó al monte de su propia fe como candidato independiente en las primeras elecciones  democráticas. Entonces salió electo como concejal de cultura de Cornellá. Es licenciado en Filosofía y Letras, también  catedrático de Lengua y Literatura Catalanas, las materias que impartió durante años antes de ir a parar a la carrera de San Jerónimo por ERC, partido al que se afilió en 1992. Que es un hombre culto y sensible, un apasionado lector, es algo que dicen todos cuanto lo conocen. “Lo que tiene de grandote y de troglodita, lo tiene de buena persona”, dice al otro lado del teléfono alguien que tuvo que padecer, y mucho, el martilleo de Tardà.

Primario y emotivo, dijo de él José Bono en el episodio aquel de mort al Borbó. Asilvestrado, remató Rubalcaba. Espartano, dicen los que, aún en contra  del castillo de naipes que él se ha empeñado en levantar con el ratpackindepe, le reconocen estar hecho de una pasta distinta a la de sus socios políticos. Sencillo, austero, poco refinado, una folclórica de la izquierda independentista, pues, alguien a quien todos aprecian y que sigue pensando de la misma forma desde que comenzó en política. Lo de los gritos y los aspavientos le viene con el personaje, no con su verdadero espíritu, dan a entender quienes intentan abocetarlo. Sea o no una puesta en escena, a Tardà sostiene el hueso duro de roer del independentismo para apalear la osamenta española ante monolito de la verdad revelada. Lo hace cada vez que puede, con o sin Richard Strauss de fondo.

Tardà se mueve entre la empatía del buen salvaje y la versión más resabiada de la obcecación, un pirómano que acude luego vestido de bombero

Poli bueno y poli malo a la vez, el que agita y apacigua a independetistas y soberanistas, le gusta a Joan Tardà llamar fascistas a los contrarios, esta semana no más lo hizo con Pedro Sánchez y la anterior con Rivera y la anterior de la anterior a ésa con Casado. Se pone en modo Lola Flores y de ahí no hay quien lo saque. Lo hace con tanta frecuencia que su pupilo Gabriel Rufián, ese muchachito que gusta bufonear con una impresora en las manos, ha aprendido a repetirlo, lorito, lorito, como un alumno sin demasiadas luces pero sobrado de entusiasmo. Aunque a Rufián, parece, sí le gustan los pasamontañas, al menos a juzgar por su contestación a las declaraciones de esta semana en las que Tardà aseguró, advirtiendo a los CRD, que la república no se hace con alborotadores. En aquello de tensar la cuerda no hay quien le gane. Zapatear con bata de cola, pero a la inversa. Cuando Tardà habla a algunos les entran ganas de beber whisky, fumar y exilarse, que dice Enric Vila de este hombre que a sus 65 años aún admira a Fidel Castro, viste lacito amarillo y se deja ver por la vida con una melena de rizos que ya pintan canas.

Hay quienes interpretan la vehemencia de Tardà como simpática bonhomía del buen parlamentario, del demócrata. Sí, sí, incluso a pesar de su propensión a irse de rebelión con gente como Carles Puigdemont.  Tardà se mueve entre la empatía del buen salvaje y  la versión más resabiada de la obcecación, un pirómano que acude luego vestido de bombero –Carlos Alsina dixit-, alguien capaz de montarse en aquella nave de los locos ahora fondeada como una falúa en Waterloo. Y olé.

Karina Sainz Borgo

Fuente: Voz Populi

2 comments

  1. En resumen, es un payaso…universitario – para “Filosofia y Letras” no habia que sudar demasiado…sobre todo si eras “psuquero”…en resumen: un “payaso”…¿o un patrañuelo?

  2. Lleva años viviendo del cuento.
    Solo le interesa su idapandansia. El resto de problemas de Cataluña se la trae al pairo.
    No le dará vergüenza..?

    Pues no. Porque no la tiene.

    Ilegalización partidos separatistas, ya…!!

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