“En la muerte de mi gran amigo Dámaso”, por Jorge Soley


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La noticia del fallecimiento de Dámaso Ruiz Tintoré, nuestro querido Dámaso Perico, me ha llegado cuando estaba en Madrid, a punto de coger el AVE de regreso a Barcelona. Una llamada de mi mujer que ha sido como un directo a la mandíbula. Mi primera reacción ha sido de incredulidad: ¿quién te lo ha dicho? ¿estás segura? Por desgracia estaba en lo cierto.

Escribo pues estas líneas desde mi asiento en el coche 7 del AVE, profundamente emocionado por la pérdida de un gran amigo. Aumenta el impacto el hecho de que hablé con él hace pocos días. Yo quería hacerle una entrevista, quería que nos explicara su vida, cómo vivía su amor a nuestro club y su amor a Dios y al prójimo, o sea, a cualquiera que se cruzara en su vida. Yo quería hacer la entrevista cara a cara, pero no encontrábamos el día. Primero fueron sus ejercicios espirituales, luego un viaje mío, luego… habíamos hablado y finalmente acordamos que le llamaría un día de estos y haríamos la entrevista por teléfono. Estos días había acabado de escribir las preguntas que pensaba formularle… y ahora tendré que esperar a encontrarnos en el Cielo para rememorar tantos recuerdos, tantos afectos, tantas ilusiones.

Dámaso Perico con uno de sus disfraces en Sarriá

No me resulta fácil escribir cosas agradables de Dámaso (porque era decir su nombre y todos sabíamos a quién nos referíamos, no hacía falta ningún añadido) ahora que sobre todo siento una profunda pena por su prematura partida. Pero creo que a él no le habría gustado que nos regodeásemos en la pena: compartimos una fe que nos dice que la muerte no es el final, sino un nacer a una vida más plena. Así que intentaré dar unas breves pinceladas sobre una de las personas con el corazón más grande que he tenido la suerte de conocer.

Conocí a Dámaso hace ya bastantes años, por los años 80. Le recuerdo en Sarriá, dando la vuelta al campo con la variada gama de disfraces que le suministraban en La Pimpinela Escarlata y su aguerrido bombo. He visto una foto suya que ha corrido esta tarde por redes sociales disfrazado de romano; pero yo no puedo olvidar aquel disfraz de gorila, tan realista que hasta asustaba a los niños pequeños… hasta que Dámaso se tomaba un respiro, se quitaba la cabeza de gorila y aparecía, feliz y sudado, con su enorme sonrisa. También nos encontramos en Jóvenes Pro Vida y en mil lugares a los que su generosidad sin límites le llevaba. Recuerdo también alguna visita a su casa, junto al Turó Park, donde practicaban el tiro al arco por el pasillo y Dámaso ponía a todo trapo su radiocasete desde su balcón, de modo que al acercarte a su domicilio ya sabías que estabas entrando en “territorio Dámaso”. Recuerdo también aventuras, ideas peregrinas, correrías nocturnas… porque Dámaso era singular y junto a él podía ocurrir cualquier cosa. Pero ante todo, ya lo he dicho antes, recuerdo muy bien lo que era tan característico de su personalidad: su enorme corazón, su inocencia, su bondad, su sonrisa, y también sus fuertes convicciones y su entrega total.

El Espanyol era una parte muy importante de la vida de Dámaso

Así que tampoco me extrañé mucho cuando inició su camino hacia el sacerdocio: ¡qué grande fue su primera misa en Barcelona, en San Gregorio taumaturgo! Allí nos reunimos lo más granado del Gol Sur, gente de todo tipo unidos por el amor al Español y a nuestro queridísimo Dámaso. Luego, ya como sacerdote en esas tierras a caballo entre Tarragona y Castellón (uno de sus pueblos se llamaba, guiño de la Providencia, La Torre de l’Espanyol). En todos esos lugares Dámaso dejó un reguero de bondad y entrega, de amor y disponibilidad, que, estoy seguro, hizo más feliz a todos los que le rodeaban y les acercó un poco más a Dios. ¿Cómo no acordarse de su gesto, el pasado verano, en las Ramblas, rezando y llevando esperanza y perdón a quienes habían sido golpeados por el terrorismo islamista?

Y siempre, siempre, llevando a su querido, a nuestro amado Espanyol, allá adonde su generosidad guiara sus pasos. No soy muy partidario de canonizaciones súbitas, pero no tengo ninguna duda de que Dámaso es de los que han subido con un cohete a encontrarse con Aquel a quien había entregado su vida y a quien veía en el rostro de aquellos a quienes ayudaba sin desmayo. Rezaremos por él, claro, y por el consuelo para todos sus hermanos y seres queridos, pero sobre todo le pediremos que, ahora que está junto a quien mueve realmente los hilos, nos eche una mano: a nuestro club, al que no le vendrá nada mal cualquier tipo de ayuda, y a nosotros, para que lleguemos a reunirnos todos con él en el cielo. Seguro que nos recibirá con una enorme bandera blanquiazul, su bombo y esa sonrisa tan característica que habrá conseguido ablandar el corazón de San Pedro para que abra las puertas del cielo y, distraído por el tronar del bombo, deje entrar a todo perico que lo desee (especialmente a tantos amigos del Gol Sur por quienes Dámaso tanto ha rezado).

Gracias, Dámaso, por tanto como nos has dado, y gracias a Dios por el regalo que nos ha hecho al meter a Dámaso en nuestras vidas.

Publicado en La Voz Perica

One comment

  1. Envidio “sanamente”, esa fe en ir al cielo.Ojala yo la tuviera pero ayer le dije a una persona, que si existe el cielo, él era una de las personas que iría y que no creía que hubiera un infierno o condenación eterna, porque no me puedo creer que si de verdad que existe Dios, y que después de ” este Valle de lágrimas “, según decían los sacerdotes cuando yo los frecuentaba en las misas y comuniones vaya a castigar a un ser humano al que creó, de esta determinada manera y no de otra.Que haya cielo, pues está muy bien que vayan los a él, los que se merecen.No creo que haya condenación eterna, ni para los asesinos pero porque Dios sabía el futuro y eso de ” la libertad”, para salvarse o condenarse, no creo que sea responsabilidad personal.Ojalá pueda todavía conseguir tener la fe que algunos tenéis, porque hay personas muy malas ,que también dice tener fe.

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