“Mujer”, por Javier Barraycoa


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El liberalismo decimonónico aniquiló las libertades concretas; el comunismo exterminó las comunidades y pueblos reales; el socialismo aniquiló la vida social para someterla al más pegajoso de los estatismos; y, por tanto, cabe sospechar que el feminismo ha querido eliminar a la mujer sustituyéndola por un sucedáneo aún difícil de determinar.

Entre otras cosas porque incluso el clásico feminismo ha muerto en aras de un posfeminismo cambiante que niega las tesis que defendía hace escasas décadas entusiastas feministas con ardor. Un seguimiento del desarrollo teórico de feminismo evidencia sus contradicciones constantes, pero a nadie le importa un bledo. El sutil posfeminismo en cuanto que ideología alienante (que evita que pensemos las cosas como son) es una vorágine de discursos, excursos, exabruptos intelectuales, sin la más mínima ilación lógica (y lo dice uno que lo ha estudiado a fondo). Sólo hay un denominador común: el adoctrinamiento posfeminista es una construcción lingüística ingeniada para culpabilizar a aquél que meramente pretenda discutirla legítimamente desde un plano racional. Sólo querer abrir un debate sobre la ideología de género te aboca a ser lanzado al que sería el “décimo círculo” del infierno de un Dante, que le hubiera tocado inventar si hoy escribiera la Divina Comedia. Pues habría tenido que añadir en el infierno un último círculo dedicado a los “reaccionarios o facciosos”.

La posverdad feminista se ha convertido en una verdad dogmática imposible de ser debatida, dialogada, consensuada, y tantos participios y adjetivos como le queramos añadir, quedando como unos pobres idiotas y moderados demócratas que deseamos hablar del tema. Pero algo nos ha enseñado el deambular político de tantos años, y es que los que se llenan la boca de democracia y diálogo, sólo permiten imponer sus delirantes monólogos. Judith Butler, autora de El Género en disputa. Feminismo y la subversión de la identidad, afirma en esta obra: “Las cosas no son lo que son, sino lo que quiero que sean” ¿Cómo dialogar entonces sobre el feminismo, la feminidad o la mujer, si ya se ha decidido a priori que el voluntarismo domina sobre la razón y nunca tendrá por qué aceptarse una conclusión aunque se demuestra su validez? ¿Cómo dialogar con la endiosada Simone de Beauvoir, cuando afirmaba que la mujer “es un hombre con un cuerpo molesto”? Aserción que ni siquiera nos permite consensuar cuál es el sujeto de lo femenino. La pregunta que surge es evidente, cuando decimos “mujer”, ¿sobre qué estamos hablando? Lo tremendo es que, Simone de Beauvoir, pronto fue superada y otras feministas radicales la consideron demasiado “reaccionaria”. El colmo. SEGUIR LEYENDO ….

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