“Gustavo Bueno y Cataluña” por José Alsina


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Introducción

El título de este artículo puede llamar a engaño: no se trata de la presencia de las ideas de Gustavo Bueno en Cataluña, ni de su influencia o la de sus discípulos en esta Comunidad. Se trata de ver como las ideas de Bueno, especialmente en el terreno de la Metapolítica y del análisis filosófico de las ideas políticas, pueden ser aplicadas para tratar de entender, analizar y criticar, el conjunto de fenómenos sociopolíticos que se han producido, y se están produciendo, en Cataluña, y que pueden ser englobados bajo el nombre común de secesionismo.

9788484604952Las ideas nacionalistas en Cataluña no son nada nuevo. Desde que Enric Prat de la Riba publicó su libro La nacionalitat catalana en 1906 ha sido muchos los que han defendido que Cataluña es una nación (independientemente al sentido que se dé al término nación), pero este posicionamiento ideológico normalmente ha sido defendido desde propuestas federalistas o confederalistas: la supuesta nación catalana puede, o debe, federarse o confederarse con otras “naciones” ibéricas (vasca, gallega, etc.) y convivir juntas en el seno del Estado Español. Esta propuesta, sin embargo, aunque no presupone la rotura del Estado, que es reformulado como estado federal o confederal, significa “de facto” la negación de la existencia de la Nación Española, tanto en el sentido político como en el cultural, o, al menos, su degradación a “superestructura” artificial, superpuesta a las naciones “naturales”.

Esta versión federal o confederal del nacionalismo es la que encontramos en el libro de Valentí Almirall Lo catalanisme, considerado el padre del nacionalismo “de izquierdas”. Es la misma idea que hace suya el propio Lluis Companys, cuando proclama “el Estado Catalán dentro de la República Federal Española”.

En el proceso constituyente que se produce en España a la muerte del general Franco, que suele denominarse Transición y que culmina en la Constitución de 1978, el papel de los nacionalistas “moderados” catalanes y vascos, representados por los partidos Convergencia i Unió y Partido Nacionalista Vasco, es fundamental. Los reformistas procedentes del aparato franquista no deben pactar solamente con la izquierda (PCE y PSOE), sino también con estos nacionalismos burgueses para que el proceso de democratización tenga credibilidad.

El resultado es una Constitución plagada de contradicciones. Si por un lado proclama la unidad de la Nación Española, y que la soberanía nacional reside en el conjunto del pueblo español, por otro lado afirma que España está formada por “regiones y nacionalidades”, y que estas pueden constituirse en comunidades autónomas. El Estado de las Autonomías no se diseña previamente, sino que se deja a la “voluntad” de las regiones y nacionalidades “constituirse” o no como comunidad autónoma, lo que significa una concesión, limitada pero existente, al principio de autodeterminación.

El nacionalismo “moderado” catalán, representado por CiU, ve en este modelo un marco ideal para su desarrollo político. La indefinición del Estado de las Autonomías, que no prefija los límites competenciales de cada comunidad, crea una fuente de reivindicaciones políticas de las que se nutre el nacionalismo, al exigir más y más competencias y un trato diferencial. Los éxitos reivindicativos del nacionalismo frente al Estado son rápidamente imitados por las demás comunidades autónomas, que, aunque no sean nacionalistas, ven en el aumento de competencias un aumento de poder económico y política para las élites locales.

El resultado de todo ello no es solamente un vaciado paulatino de competencias del Estado, sino también la “percepción” de este Estado como una superestructura  puramente burocrática y administrativa. La labor “cultural” en el seno de las comunidades, llevada a cabo por las consejerías de cultura y de educación, enfatizando los elementos “propios” y “diferenciales” tiene como consecuencia que la idea de Nación Cultural Española de vaya desdibujando cada vez más en el imaginario del ciudadano de a pie. En Cataluña hay que añadir una formidable ofensiva lingüística, que partiendo de la definición del catalán como “lengua propia”, expulsa al español de la enseñanza y de la administración, a pesar de ser esta lengua la materna de más de la mitad de los catalanes.

n057p02.jpgA partir de un cierto momento, y por razones varias, el nacionalismo “moderado” deja de serlo. Todo empieza con un intento de reforma del Estatuto de Cataluña, auspiciada por el presidente de la Generalitat Pascual Maragall. Maragall era miembro del PSC, lo que demuestra que los tentáculos del nacionalismo, cada vez menos moderado, se extendían también al propio Partido Socialista. El contenido de este proyecto de Estatuto, aprobado por el Parlament de Cataluña y refrendado en un referéndum (aunque con escasa participación) rompía, de forma deliberada, el consenso constitucional, pues situaba la relación de Cataluña con España en el plano confederal, y hablaba de relaciones bilaterales entre ambos gobiernos.

El Tribunal Constitucional derogó los aspectos más conflictivos del proyecto, lo que fue presentado por los nacionalistas como un enfrentamiento entre el “pueblo” catalán que lo había refrendado (olvidando la poca participación) y un tribunal “antidemocrático”.

La victoria de Artur Más en las elecciones autonómicas coincidió con el estallido de la crisis económica. El nuevo gobierno convergente, que sustituyó al del Tripartito (PSC, ERC e IC), con el consenso tácito del Partido Popular de Cataluña, inicia un proceso de recortes presupuestarios y sociales, incluso antes de que lo haga el Gobierno de España. Los recortes y la indignación ante los rescates de bancos con dinero público provocan la aparición de diversos movimientos sociales, como el 15-M, las “mareas” en defensa de la sanidad pública o movimientos asamblearios (al margen de los sindicatos) del profesorado de la enseñanza pública.

Estos movimientos tienen una especial beligerancia en Cataluña, y alcanzan su punto álgido en el intento de asalto al Parlament. Los manifestantes rodearon la Cámara Catalana el día en que se aprobaban los presupuestos de la Generalitat, insultaron e intentaron agredir a algunos diputados, y obligaron al Presidente Más a salir en un helicóptero.

El nacionalismo, ya cada vez menos moderado, sintió la necesidad de radicalizarse más y desviar la atención y la indignación de parte de la población hacia un enemigo exterior: es cuando nace la consigna Espanya ens roba (España nos roba) y se forma la coalición, ya abiertamente secesionista, entre CiU, ERC y las CUP (Candidaturas de Unidad Popular, movimiento de extrema izquierda y antisistema). En las siguientes elecciones autonómicas, que se plantean como “plebiscitarias” después de la fallida intentona de referéndum del 9 de noviembre, el bloque secesionista, aunque no llega al 50% de los votos emitidos, consigue una precaria mayoría absoluta en el Parlament. Convergencia, que ha perdido a su socio Unió, se presenta en coalición con ERC, con el sugestivo nombre de Junts pel Si (Juntos por el Sí).

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Las CUP se oponen a la investidura de Más por su relación con diversos escándalos de corrupción (caso Pujol, caso Palau, 3%, etc.) y se acaba eligiendo como presidente al alcalde de Girona, Puigdemont. Estos escándalos que acosan al veterano partido nacionalista hacen que este se refunde con el nuevo nombre de Partit Democrátic de Catalunya (PDCAT).

Esta es, más o menos, la crónica de lo sucedido. No entramos en demasiados detalles pues son conocidos por la mayoría de los lectores. Se trata de ver como las ideas de Bueno nos permiten un análisis filosófico en profundidad de todo este proceso.

La polisemia del término “nación”

Gustavo Bueno, en sus obras España frente a Europa[1], El Mito de la Izquierda[2] y España no es un mito: claves para una defensa razonada[3] analiza a fondo el término “nación”, y sostiene que es un término no-unívoco, pero tampoco es equívoco, sino que es un genérico funcional.

En España frente a Europa Bueno distingue cuatro significados al término nación: el biológico, el étnico, el canónico o político y el fraccionario. En España no es un mito introduce un quinto significado, previo al de nación política: el de nación histórica. Veamos cada uno de ellos:

El término nación deriva del verbo nascor=nacer, y de aquí viene la primera acepción, que Bueno denomina biológica, según el cual haría referencia al lugar donde uno ha nacido.

La forma oblicua  del concepto de nación, en su sentido biológico se incorpora intacta a la idea de nación étnica sin que esta pueda reducirse a aquella. Es decir, la idea de nación étnica implica la de nación biológica, pero no recíprocamente[4].  Por otra parte, la idea de nación étnica cobra sentido en el seno de una comunidad más amplia, una comunidad política, en el seno de la cual se distingue diversos pueblos o linajes. Por consiguiente las naciones étnicas, como conceptos conformados desde la sociedad o patria común, tendrán, desde el punto de vista político, un alcance neutro. La nación étnica, por su génesis, implica la “escala política” como plataforma, pero que por su estructura desciende y se sitúa en una escala pre política.

 Así en el seno de la nación Española o comunidad Hispánica podríamos distinguir “naciones étnicas” (podríamos en términos teóricos, pero nunca la haremos en términos políticos, por la polisemia del concepto nación): catalanes, castellanos, valencianos, aragoneses, vascos, gallegos[5] en tanto tienen conciencia de su existir como tales, pero sobretodo en tanto se distinguen unos de otros dentro de un marco común de referencia, que en la nación Hispana en su sentido de nación política.

n080p02Lo esencial, pues, para el concepto étnico de nación es que se haya determinado desde la plataforma de una sociedad política más amplia (o “república”)[6]. Así el catalán toma conciencia de que es catalán por convivir, dentro de la comunidad política hispánica, con castellanos, gallegos, etc. De la misma manera como San Isidoro, o los concilios de Toledo se refieren a la “nación de los Godos” como una parte de la monarquía visigótica distinta de los hispano-romanos, el término nación sigue manteniéndose en su aceptación étnica.

Por tanto el concepto de nación étnica hay que entenderlo siempre conjugado en sus parámetros: dentro de la Corona de Castilla, como comunidad política, podríamos hablar de la “nación” leonesa, o de los astures. En un contexto mucho más amplio, como el del Imperio Romano, podríamos hablar de “nación” hispánica como aquellos que viven en Hispania como territorio o provincia romana. En este sentido, tal como sostiene Americo Castro[7], Séneca puede ser llamado hispano, pero no español.

El tercer significado del término “nación” es el de nación canónica, es decir, nación en sentido político estricto. En este sentido la nación solo cobra su sentido político en el Estado en cuyo seno se modela, lo cual no impide que desde la ideología del Estado-nación, de carácter romántico, se pretenda presentar a la nación como una entidad preexistente al Estado y que busca darse un Estado[8].

El concepto político de nación es relativamente reciente[9], lo cual no significa que no puedan encontrarse precedentes. Así, lo que conocemos como Sacro Romano Imperio recibió el nombre, en el siglo XV de Sacrum Romanum Imperium Nationes Germanicae, solo que aquí el término “nación” recibe su significado político del Imperio, y no al revés.

Hay un amplio consenso en que el sentido político del término nación (y por tanto el de nacionalidad) aparece entre el siglo XVIII y el XIX. Algunos creen poder precisar más y sitúan el origen de la nación política como idea-fuerza en la batalla de Valmy, en 1792, en que las tropas francesas derrotan a sus adversarios al grito de ¡Viva la Nación¡[10] Pero esta idea política de nación aparece vinculada a la idea de Patria: los soldados franceses eran patriotas frente a los aristócratas que habían huido de Francia, y que movilizaban a potencias extranjeras que atacaban a Francia. Además, frente a las tropas “profesionales” (mercenarias) de las potencias atacantes, los franceses eran ciudadanos dispuestos a defender a su patria, la “nación en armas”.

Este nuevo significado de un término más antiguo no nace de la nada. Bueno no comparte la tesis de que el Estado nace con el Estado moderno, sino que sostiene que es Estado toda organización política de la sociedad, desde la Polis hasta el Sacro Imperio. La transformación del concepto de nación étnica en el de nación política no es un mero proceso intelectual, sino que corresponde a una reorganización política del Antiguo Régimen, que responde a transformaciones sociales (aparición y creciente poder de la burguesía), económicas (inicios del capitalismo), políticas (Revolución Francesa) e incluso científicas y tecnológicas.

Así nos recuerda Bueno[11] que el desarrollo de las ciudades y del comercio dio lugar a la aparición de una  nueva clase social, la burguesía; que la Reforma Protestante rompió el monopolio espiritual de Roma; que el pueblo empezó a cobrar un protagonismo nuevo y que empieza a ser concebido como fuente del poder político. Los propios escolásticos españoles, como Mariana o Suarez sostienen, frente a algunos monarcas protestantes, que el poder político viene de Dios, pero que no se comunica directamente a los reyes, sino indirectamente, a través del pueblo, lo que equivale a reconocer su soberanía.

Un ejemplo paradigmático es la Guerra de la Independencia española. El pueblo español, abandonado por sus reyes y por parte de la aristocracia, se convierte en protagonista de la guerra contra los franceses, que es el primer ejemplo de “guerra popular”. El hecho de que la mayoría de este pueblo, especialmente entre sus estratos más humildes, lo haga en nombre de la ideología contrarrevolucionaria del “Trono y del Altar” y que ves en los franceses no solamente invasores territoriales, sino también ideológicos, portadores de la ideología revolucionaria, no cambia nada. Si el pueblo francés se constituye en nación en Valmy, el pueblo español lo hace en la Guerra de la Independencia.

El cuarto concepto de nación que explora Bueno es el de “nación fraccionaria”[12]. Esta idea de nación es la que corresponde a los “nacionalismos radicales” en clave secesionista, como el vasco, el catalán o el corso.

La primera digresión de Bueno con respecto a estos “nacionalismos radicales” es el rechazo de la tesis, muy común, de que estos nacionalismos no son más que una variante de los nacionalismos (clásicos o románticos) que condujeron a la forja de la nación canónica. Es decir, los nacionalismos integradores que llevaron a la forja de la nación española, italiana o alemana son esencialmente diferentes de los nacionalismos radicales disgregadores que tienden a destruir estas naciones. Veamos cuáles son sus argumentos.

Para el nacionalismo canónico, la nación como comunidad política aparece engarzada en la historia, como un proceso de decantación a partir de realidades preexistentes (así la nación canónica española tiene como realidad preexistente el Imperio Hispano). En cambio para el nacionalismo fraccionario la nación es un substancialismo metafísico situado más allá de la historia. Enric Prat de la Riba, teórico del nacionalismo catalán[13], nos habla de un etnos ibérico, descrito ya por los fenicios, que curiosamente ocupaba los territorios que coinciden con los supuestos paisos catalans, y que difería del resto de las poblaciones de la Península Ibérica,  los libio-fenicios de la actual Andalucía, y de los ligures de la Provenza[14].

Es evidente que esta afirmación no tiene ningún fundamento antropológico, y es tan absurda como llamar “españoles” a los íberos, pero es muy significativa desde el punto de vista ideológico: la supuesta “nación catalana”, en su sentido amplio, es decir, abarcando Cataluña, Valencia y Baleares, es un especie de entidad “eterna” que ya existía antes de que llegaran los romanos. Prat de la Riba no reivindica una entidad histórica preexistente, la Corona de Aragón[15], sino que se remite a un ente metafísico, situado más allá del tiempo.

La misión política del nacionalismo fraccionario no es tanto crear una conciencia nacional, sino despertarla. Es decir, pasar de la “nación en sí” a la “nación para sí”. La nación fraccionaria no es producto de la historia ni de la actividad política o cultural de los nacionalistas, sino que es una entidad “eterna”, “preexistente”, que tras largos siglos de letargo, opresión y alienación, empieza a despertar en las conciencias, a través de un proceso en el que lo que es “es sí” llegue a tener “conciencia de sí”[16].

De aquí vienen dos importantes conclusiones. La primera es que la nación fraccionaria necesita de la mentira histórica[17], debido a que surgen de modo diametralmente opuesto a las naciones canónicas. Si estas surgen de la historia, aquellas lo hacen de la metafísica, y forzosamente tienen que manipular la historia, distorsionarla para que encaje en sus planteamientos metafísicos.

La segunda es que la nación fraccionaria se constituye siempre en relación a una nación canónica preexistente. Mientras que la nación canónica se forma por integración de pueblos o naciones étnicas previamente dadas, la nación fraccionaria se constituye (o lo intenta) a partir de la desintegración o destrucción de una nación canónica previamente dada, a la que se considera a veces como una “nación invasora” (así el relato separatista catalán, que describe la Guerra de Secesión o incluso la Guerra Civil como una “invasión” de Cataluña) o se le niega simplemente su carácter de nación (“España, cárcel de naciones”).

El concepto de nación histórica aparece como intermedio entre étnica y política[18]. Correspondería a sociedades políticas organizadas en forma de reino o imperio, pero que no son aun naciones canónicas, pues están aparecen después (o durante) la Revolución Francesa y son producto de la transformación del Estado del Antiguo Régimen en Estado Moderno. España, a partir del siglo XII, aun cuando está formada por diversos reinos cristianos, es ya vista por los otros pueblos como nación. Concretamente, el término español parece que data de esta época y parece ser de origen provenzal.

La teoría del Estado

La teoría del Estado de Bueno se fundamenta en una vuelta al revés de la concepción marxista, en la que opone su materialismo filosófico al materialismo dialectico. Para Marx la base de la sociedad humana estaría constituida por los medios y fuerzas de producción (agraria, artesanal, industrial) y por las relaciones de producción (lucha de clases entre los propietarios de los medios de producción y los que venden su fuerza de trabajo). La base tendría un componente esencialmente económico, y sobre la misma se desarrollarían los componentes superestructurales (religión, moral, ciencia, arte, derecho) que descansan sobre la base y dependen de ella.

Marvin Harris y otros desarrollan el materialismo cultural y reorganizan la distinción de Marx en tres niveles: infraestructuras, que comprenden los medios y fuerzas de producción; estructuras, que son las relaciones de producción, y superestructuras, que corresponderían a las elaboraciones ideológicas producto de las relaciones de producción: arte, derecho, ciencia, cultura en definitiva.

Para el marxismo el Estado no es más que un instrumento de la clase dominante para controlar a las clases dominadas, la patria es un mito para llevar a la guerra a la clase obrera de un país contra la clase obrera de otro en beneficio de los capitalistas, y la religión es el opio del pueblo, que predica docilidad al poder y suscita esperanzas de “otra vida”.

Bueno, desde el materialismo filosófico, propugna una “vuelta al revés” de las relaciones base/superestructura[19]. En contra de la posición marxista, afirma Bueno que el Estado no es el resultado de la lucha de clases, sino que la lucha de clases empieza con el Estado, y solamente es posible en el seno del Estado.

Toda sociedad política se inicia con la apropiación de un territorio, y antes de la apropiación de este territorio no existe el “derecho a la propiedad”, porque todo derecho aparece con el Estado, y el llamado “derecho natural” no es más que un concepto metafísico.

Este territorio ocupado y sus riquezas naturales es la base imprescindible de toda sociedad política, y constituye lo que Bueno llama la capa basal. El nombre tradicional de este territorio, como tierra de los padres es el de Patria[20], por tanto el patriotismo se refiere siempre a este territorio basal, y en vano  algunos han pretendido sustituirlo por un “patriotismo conjuntivo” o “patriotismo constitucional” (como Habermas), como si la Patria resultará de la Constitución, y no la Constitución de la Patria. De hecho puede existir Patria sin Constitución, pero para que haya Constitución debe haber Estado, y no puede haber estado sin la capa basal que es la Patria.

En función de esta capa basal se irán organizando las restantes capas del Estado: la capa cortical, que se refiere a las relaciones con las otras sociedades políticas (o con los “barbaros” o tribus en situación pre-política) que dará lugar primero al ejército y después a la diplomacia, y la capa conjuntiva, como conjunto de instituciones políticas y administrativas para regular a la capa basal en función de los fines, planes y programas de la sociedad política[21].

Bueno no niega la lucha de clases, pero la sitúa en el marco del Estado y de las relaciones entre Estados. El reparto de la capa basal y sus riquezas (tierras, riquezas minerales, etc.) será desigual, y muchas familias o individuos se verán desposeídos de la propiedad. Las clases sociales, en función de la propiedad privada de los medios de producción, surgirán de esta situación.

Pero este conflicto “realmente existente” no anula la relación de los desposeídos con la Patria como capa basal, y en el conflicto con otras sociedades políticas, los “desposeídos” de una nación se enfrentarán a muerte con los “desposeídos” de otra nación en guerra. Esto es lo que sucedió en la Primera Guerra Mundial, cuando a pesar de la existencia de una Internacional Socialista, la mayoría de los Partidos Socialistas apoyaron a sus respectivos estados, y los obreros franceses, alemanes o ingleses demostraron ser “patriotas” antes que “obreros”. La desafección de los socialistas alemanes se produjo cuando la guerra se estaba perdiendo, pero no ocurrió así con los socialistas franceses, ingleses e italianos. Una parte de los socialistas italianos evolucionaron hacia el fascismo al considerar que se patria, Italia, como potencia vencedora, no había recibido la parte que le correspondía en territorios y riquezas.

Es evidente que la teoría de Bueno explica lo que ocurrió en la Primera Guerra Mundial (y también en la Segunda, pero en esta intervienen otros factores) mucho mejor que el marxismo clásico. Los marxistas acuden al concepto de “alineación”. Los obreros alemanes, italianos, franceses o ingleses, habían sido “alienados” por el “mito” de la patria y del chauvinismo por sus respectivos estados capitalistas, que habría creado en ellos una “falsa conciencia”. Pero esta hipótesis supone que una “superestructura” (la ideología nacionalista) puede retro actuar sobre una “estructura” (las relaciones de producción), lo cual entra en contradicción con las propias tesis marxistas, que suponen que la “infraestructura” determina a la “estructura”, y esta, a su vez, determina la “superestructura”.

Así el Estado constituido en el territorio ocupado (la capa basal o Patria) tiene características comunes, tanto si adopta la forma de oligarquía, de tiranía o de democracia. Las distintas formas que puede adoptar esta capa conjuntiva no son separables de los territorios en que subsiste, es decir, de la Patria.

Por otra parte, la capa cortical, que define las relaciones con otras sociedades políticas, tiene también una estrecha relación con la capa basal, es decir, con el territorio, tal como nos muestra la geopolítica. Cuando los cambios que se producen en la capa conjuntiva (en las instituciones políticas) producen cambios radicales en la capa cortical (es decir en la política internacional y en la geopolítica) hay que sospechar que la soberanía del Estado está siendo sometida a otra sociedad política.

Esto es lo que ocurrió en Rusia tras el hundimiento de la URSS. Boris Elsit dio un giro radical a la geopolítica rusa, que dejo de ser una potencia para convertirse en “aliada” de los Estados Unidos, es decir, supeditarse al “dicktad” del “amigo americano”. Vladimir Putin ha vuelto a la geopolítica de “gran potencia”, y tiene muy claro que los cambios en la capa conjuntiva del Estado Ruso (zarismo, comunismo, “democracia soberana”) no tienen que afectar a la capa basal (la Patria Rusa, la “Santa Rusia”), ni a la capa cortical, es decir, a sus intereses geopolíticos como gran potencia[22].

Una de las conclusiones importantes de Bueno es que la “democracia” en abstracto carece de todo sentido, pues equivaldría a una capa conjuntiva flotando en el vacío sin referencia a una comunidad política concreta. La democracia conjuntiva hay que referirla a su capa basal y a su capa cortical[23].

La crítica de Bueno a lo que llama “fundamentalismo democrático” es que esta es una ideología formalista que pretende distanciarse de la capa basal. El auge de esta ideología formalista puede estar alimentado tanto por el “olvido” o abstracción de la capa basal, es decir de la Patria, como por una voluntad de segregación respecto a esta Patria[24]. Así los partidos separatistas en España insisten tanto o más en su vocación democrática cuanto más se esfuerzan en quitar importancia a la unidad basal o territorial de España. Pero sus oponentes “constitucionalistas” caen en el mismo error en cuanto invocan a la constitución como fuente de toda legitimidad, olvidando que la sociedad política hispana, asentada sobre un territorio (su capa basal) es anterior y condición previa para la existencia de esta constitución.

La teoría del Estado de Bueno, lejos de ser una tesis metafísica alejada de la realidad, puede ser sumamente importante si se aplica a la política real.

Confusionismo secesionista en torno a los términos “nación” y “democracia”.

El argumentario de los secesionistas catalanes está lleno de contradicciones y está muy lejos de un razonamiento “claro y distinto”. De hecho es una ensalada de argumentos de origen ideológico muy diferente, pero que se caracterizan por la utilización confusionaria de los términos “nación” y “democracia”. Los argumentos de los que se oponen a la secesión tomando como elemento exclusivo la Constitución de 1978 también son confusionarios (aunque menos), especialmente cuando intenta introducir el concepto de “patriotismo constitucional”, copiando a Habermas. Finalmente los que tratan de introducir una “tercera vía”  (como el “ilustre” Pedro Sánchez) también lo hacen a través de un concepto confusionario como “nación de naciones”. Veremos cómo los conceptos definidos por Bueno sirven para un análisis, y una crítica, de toda esta batería de argumentos.

Cuando los secesionistas hablan de “nación catalana” no sabemos muy bien de que están hablando. En Prat de la Riba la “nación catalana” coincide muy bien con la “nación fraccionaria” de Bueno: una entidad metafísica, situada más allá de la historia, que va tomando conciencia a través del provincialismo, del regionalismo y finalmente del nacionalismo, y que reclama un estado propio, según la consigna romántica “cada Nación un Estado”. Pero hemos visto como Bueno da la vuelta a este argumento, pues no es la Nación la que crea el Estado, sino que es el Estado el que crea a la Nación política o canónica.

Entonces esta “nación prexistente” que reclama un Estado propio será una nación étnica. Pero aquí surge otro problema, pues si nos atenemos a la definición de Bueno de nación étnica podemos sostener que en la Cataluña actual existen diversas naciones étnicas superpuestas (como en la Monarquia visigótica coexistían la “nación de los godos” y la “nación de los hispanorromanos”).

Tenemos en primer lugar la “nación” de los “catalanes viejos”. Son los que pertenecen a generaciones catalanas desde tiempo inmemorial, los que llevan apellidos catalanes, los que tienen al catalán como lengua materna y, en definitiva, los que se sienten catalanes, sin prejuicio de que pueden considerarse también ciudadanos de la Nación Española y contrarios a la secesión.

Tenemos después la “nación” de los “catalanes nuevos”. Sus padres o abuelos llegaron a Cataluña en la década de los 60, procedentes de Andalucía, Murcia o Extremadura. Llevan apellidos de origen castellano y, aunque entienden el catalán o lo hablan, su lengua materna es el español. Se sienten catalanes, pero a la vez andaluces, murcianos o extremeños, sin prejuicio de que puedan sentirse seducidos por el secesionismo y su promesa de crear un “país nuevo”.

Pero la lista no acaba aquí. El fenómeno de la inmigración, muy intenso en Cataluña, ha traído al Principado gentes de orígenes etnoculturales muy diversos, que prefiguran otras naciones étnicas. Así podemos hablar de una “nación” hispanoamericana (que puede subdividirse en función de la nación de origen) formada por personas procedentes de América Central o del Sur, que se caracterizan por tener al español como lengua materna y unos orígenes culturales católicos (aunque no sean practicantes). De la misma forma podemos hablar de una “nación” musulmana, formada por todas aquellas personas que practica esta religión, sin prejuicio de que pueda subdividirse en función de la región de origen y de la lengua hablada (magrebís o norteafricanos, pakistanís, o subsaharianos, que pueden hablar dialectos del árabe, urdú, etc.).

El catalanismo cultural, el regionalismo de la Lliga de Cataluña, o incluso el nacionalismo “moderado” de CiU tomaron como base social a la “nación” de los “catalanes viejos”. Pero el secesionismo es consciente de que por una parte los “catalanes viejos” son minoría (el apellido más frecuente en Cataluña es García), y que por otra parte, aunque la mayoría de los dirigentes del secesionismo sean “catalanes viejos”, no todos los “catalanes viejos” son secesionistas. En consecuencia han puesto en marcha un proceso que coincide con lo que Bueno llama “holización”[25], utilizando para ello las estructuras autonómicas como “estructuras de estado” en espera de tener un estado propio.

Bueno define la “holización” como un proceso de racionalización de la sociedad política, que consta de un regressus, en cuanto está sociedad es descompuesta en sus partes atómicas, los individuos, y un progressus, en cuanto a partir de estas partes atómicas o individuos se construye una sociedad nueva. El ejemplo canónico de holización lo tenemos en la Revolución francesa: regressus de todos los franceses a ciudadanos “libres e iguales”, triturando así las estructuras del Antiguo Régimen (con la eliminación física de los que se opinan al proceso, como los realistas de la Vendée) y un progressus a partir de estos individuos-ciudadanos, construyendo con ellos la Nación Política, con el Francés como lengua única (eliminando o casi las lenguas regionales) y la laicidad de la República como dogma de Estado.

El nacionalismo secesionista intenta realizar un proceso de holización, utilizando las “estructuras de estado” que el propio Estado de las autonomías ha puesto a su alcance, y que son básicamente TV3, la enseñanza (sobre la cual tiene competencias plenas) y la consejería de cultura. En el regressus se intenta destruir las estructuras previas, reduciendo a nivel de individuos; en el progressus se intenta construir nuevas estructuras con estos individuos.

Así la política lingüística se propone que los castellanohablantes renuncien a su lengua, y que los catalanohablantes renuncien a sus variedades a favor del “catalán estándar” de TV3.  En el terreno cultural se trituran todas las estructuras propias del catalanismo tradicional (sardana, juegos florales), con las cuales solamente se sentían identificados los pertenecientes a la “nación” de los “catalanes viejos” para crear “de novo” nuevas estructuras con las cuales se puedan sentir identificados todos los ciudadanos/as de la futura “República catalana” (sea cual sea su origen): F.C. Barcelona, Castellers etc.

Más problemática es la holización de las “naciones” de inmigrantes. La “nación” hispanoamericana es reacia a renunciar al castellano (aunque hay excepciones: hay furibundos secesionistas de origen argentino). Los secesionistas han puesto más esperanzas en la “nación musulmana”, a la que prefieren a la hispanoamericana. El motivo principal es que aprenden el catalán con más facilidad, pero se engañan: los musulmanes jamás renunciaran a sus costumbres, ni consideraran la religión un “asunto privado”. Jamás dejarán que la Republica este por delante de la Umma (comunidad de creyentes) a menos que esta sea una República islámica.

De este proceso de holización podemos sacar dos importante conclusiones. La primera es que los secesionistas (al menos los más lúcidos) son conscientes de que su “nación catalana” no es preexistente, sino que hay que construirla si quieren que sea propiamente una nación política. La segunda es que, paradójicamente, muchas de las señas de identidad tradicionales de Cataluña como “nación étnica” pueden ser trituradas en este proceso de holización, pues estas señas de identidad son solamente sentidas como propias por una parte de la población, la “nación” de los “catalanes viejos”, y el secesionismo, en su intento de creación de una nación política, debe crear nuevas señas de identidad en las que puedan identificarse todos los ciudadanos/as de la futura República catalana.

El término “democracia” también es utilizado por los secesionistas (y por los constitucionalistas) de forma confusionaria. El secesionismo se reivindica a si mismo como “democracia radical” y dice responder a un “mandato democrático” frente a un Estado Español, al que acusa de tener “baja calidad democrática”. El secesionismo parece olvidar que la democracia española está homologada y reconocida por todas las democracias liberales “realmente existentes”.

El secesionismo presenta el conflicto como un enfrentamiento entre un “pueblo” de Cataluña, “radicalmente democrático” y un Estado Español, poco o nada democrático. A su vez el constitucionalismo se reivindica como democrático (democracia es el cumplimiento de la ley) y acusa al secesionismo de tics autoritarios y populistas.

Las ideas de Bueno sobre la estructura de la sociedad política nos permiten criticar ambas posiciones. La democracia (cualquiera que sea la definición que demos a este término) pertenece a la capa conjuntiva de la sociedad política; pero esta capa conjuntiva tiene que referenciarse respecto a una capa basal, que es la soberanía sobre un territorio. Esta soberanía va a definir el “demos”, es decir, el cuerpo electoral que va a ejercitar la democracia.

El conflicto no va de democracia, sino de soberanía, que es anterior a la democracia, tanto en el plano conceptual como en el histórico. En ambas posiciones funciona lo que Bueno llama el “dialelo” político: para demostrar algo partimos de lo que queremos demostrar: si partimos de la soberanía española sobre todo el territorio español, la autodeterminación es antidemocrática, pues hurta a los ciudadanos/as españoles no-catalanes su “derecho a decidir”. Si partimos de la soberanía catalana sobre el territorio catalán, el “demos” catalán tiene “derecho a decidir”, y cualquier interferencia del Estado Español es “antidemocrática”.

Entre estas posiciones no cabe “dialogo” alguno. A pesar de ellos se oyen voces (inspiradas en el panfilismo pacifista) que llaman al dialogo, y buscan una “tercera vía”. Entre ellas destaca la del “ilustre” Pedro Sánchez y su propuesta de definir España como “nación de naciones”. Hay motivos para sospechar que Sánchez no tiene muy claro el concepto de “nación” (y de que nuca ha leído a Bueno) cuando en el curso de un debate definió a la nación como “un sentimiento compartido”. Según la definición de Sánchez el conjunto de hinchas del F.C. Barcelona podría ser “nación”. Asimismo podría hablarse de la “nación” de los aficionados a la caza, o de la “nación” de los veganos, pues todos ellos comparten un “sentimiento”.

La definición de España como “nación de naciones” es absurda, confusionaria y contradictoria. Si se refiere a que la Nación política española contiene “naciones” étnicas no está diciendo nada nuevo, pues todas las naciones políticas se han formado integrando diversas “naciones” étnicas. Pero si se refiere a una Nación política formada por otras Naciones políticas está hablando de un imposible lógico (como un círculo de círculos): lo esencial de la Nación política es la soberanía: si existe la Nación política española no puede albergar en su seno a otras naciones soberanas; si las naciones catalana, vasca, gallega o riojana son soberanas, entonces no existe la Nación española como Nación política.

Bibliografía

ALSINA CALVÉS, José (2016) “La metapolítica en la obra de Gustavo Bueno” Nihil Obstat, revista de historia, metapolítica y filosofía, nª 29 pp. 45- 52.

BUENO SACHEZ, Gustavo. (1999) España frente a Europa. Barcelona, Alba Editorial

—– (2003) El mito de la izquierda. Las izquierdas y la derecha. Barcelona, Ediciones BSA

—— (2005) España no es un mito. Claves para una defensa razonada. Madrid, Edciones Temas de Hoy.

—— (2010) El fundamentalismo democrático. La democracia española a examen. Madrid, Editorial Planeta

CASTRO, Americo (1965) Los españoles: como llegaron a serlo. Madrid, Editorial Taurus.

LAIN ENTRALGO, Pedro (1941) Los valores morales del nacional-sindicalismo. Madrid, Editora Nacional.

PRAT DE LA RIBA, Enric (1978) La Nacionalitat catalana. Barcelona, Ed. 62.

WEILL, G. (1961) La Europa del siglo XIX y la idea de nacionalidad. México, Ed. UTEA

NOTAS: 

[1] Bueno, G. (1999) España frente a Europa. Barcelona, Alba Editorial

[2] Bueno, G. (2003) El mito de la izquierda. Las izquierdas y la derecha. Barcelona, Ediciones BSA

[3] Bueno, G. (2005) España no es un mito. Claves para una defensa razonada. Madrid, Edciones Temas de Hoy.

[4] España frente a Europa, p.  95.

[5] En términos políticos preferimos usar el término “pueblos hispánicos”.

[6] Bueno, obra citada, p. 104.

[7] Castro, A. (1965) Los españoles: como llegaron a serlo. Madrid, Editorial Taurus.

[8] Esta misma idea romántica la encontramos en las naciones fraccionarias, en los movimientos separatistas como el vasco y el catalán, que hablan de “nación oprimida” que solamente podrá liberarse con un Estado propio.

[9] Bueno, obra citada, p. 108.

[10] Lain Entralgo, P. (1941) Los valores morales del nacional-sindicalismo. Madrid, Editora Nacional, p. 20. Weill, G. (1961) La Europa del siglo XIX y la idea de nacionalidad. México, Ed. UTEA, p. 2.

[11] Bueno, obra citada, p. 112.

[12] Obra citada, p. 133.

[13] Hay que matizar que las ideas, y la praxis política de Riba estaban muy alejadas del actual separatismo catalán, pero en este punto es un referente importante

[14] Prat de la Riba, E. (1978) La Nacionalitat catalana. Barcelona, Ed. 62, p. 87.

[15] Los supuestos paisos catalans, es decir, lugares donde se habla catalán y sus variantes (o lenguas hermanas), valenciano y mallorquín, lo son por haber pertenecido a la Corona de Aragón, con la excepción del propio Aragón, donde el aragonés (variante del catalán o lengua hermana) prácticamente se ha perdido.

[16] Bueno, obra citada, p.137.

[17] Obra citada, p. 139.

[18] España no es un mito, p. 103.

[19]  El mito de la Izquierda, p. 300

[20] Charles Maurras definió la Nación como “tierra de los muertos”, y Enric Prat de la Riba, teórico del nacionalismo catalán con raíces tradicionalistas, definió la Patria Catalana como “la terra on están enterrats els nostres pares i on estarán enterrats els nostres fills” (la tierra donde están enterrados nuestros padres y donde estarán enterrados nuestros hijos)

[21] Bueno, G. (2010) El fundamentalismo democrático. La democracia española a examen. Madrid, Editorial Planeta,   pp. 149-151

[22] Durante la Segunda Guerra Mundial, ante la invasión alemana, Stalin hizo un llamamiento a todos los rusos, no a defender el socialismo ni al internacionalismo proletario, sino a defender a la Patria Rusa. Muchos rusos anticomunistas respondieron al llamamiento. En Rusia a la Segunda Guerra Mundial la llaman la II Gran Guerra Patriótica, siendo la I Gran Guerra Patriótica la que libraron contra Napoleón.

[23] El fundamentalismo democrático, p. 150.

[24] Idem, p. 151.

[25] El Mito de la Izquierda, pp. 122 y sig.

One comment

  1. BUENO SACHEZ, Gustavo. (1999) España frente a Europa…
    El nombre es BUENO MARTÍNEZ (“Gustavo Bueno Sánchez”, nacido en Salamanca en 1955, es hijo de Gustavo Bueno Martínez, el filósofo al que usted se refiere y del que debería aprender algo de rigor, conceptual y material.)

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