Los mayores traidores a España: del codicioso Lope de Aguirre al secesionista Pau Claris


 

Bajo la premisa de que «solo conociendo a los traidores del pasado podremos identificar a los enemigos del país», el abogado y periodista Jesús Ángel Rojo Pinilla publica el libro «Grandes traidores de la historia» (El Gran Capitán Ediciones). Un recorrido por la historia de los personajes más desleales –a su parecer– de la memoria española aderezado con una selección de pinturas de Augusto Ferrer-Dalmau. La propia portada está pintada en exclusiva por el artista catalán, que refleja la reunión entre Felipe I de Castilla y Fernando «El Católico» en Villafáfila (Zamora), donde el monarca aragonés tuvo que ceder el gobierno de Castilla al marido de Juana «La Loca».

El libro señala varios casos de «traidores» que han sido venerados y dan nombre a muchas calles.

Un buen ejemplo es Lluís Companys, que dio un golpe a la República en el año 34 y durante la Guerra Civil declaró la independencias de facto. Aparte de que presumía haber matado a más de 8.000 monjas y curas. Algo que los herederos de Companys, Esquerra Republicana, niegan hoy en día aún cuando lo aseguraba el propio político. Era una persona que quiso romper España varias veces y actuó de forma desleal y, sin embargo, tiene un campo de fútbol en Barcelona a su nombre, calles en Cataluña e incluso en Getafe. Una sociedad sana no puede permitirse esta desmemoria histórica y debe volcarse, en verdad, con los héroes de verdad.

De las traiciones que citas en el libro cuáles son las que causaron más daño a España.

Hay tres traiciones que cambiaron el devenir de España. La primera de ellas fue la de Don Julián, que significó abrir las puertas de la Hispania Visigoda a las hordas mahometanas, lo que estuvo a punto de causar la destrucción de España como concepto cultural. A los reinos cristianos que sobrevivieron a esta invasión les unió el empeño por expulsar al enemigo musulmán y unir las dinastías para regresar al estado anterior.

Otra traición clave fue la de Carlos IV, que unió nuestro destino al de un sátrapa sanguinario llamado Napoleón, lo que culminaría con el Golpe de Estado que Fernando VII dio contra su propio padre. A su vez, en las Abdicaciones de Bayona se entregó la Corona española a Napoleón. Aquello fue una traición sin precedentes, porque, además, Napoleón realizó un gran saqueo cultural y económico en España. Dejaron el país destruido y a las posesiones de ultramar a merced de la independencia.

Por su parte, Pau Claris entregó Cataluña en bandeja a los franceses, lo que supuso la ruptura de la unidad ibérica y el derrumbe del Imperio español en la Guerra de los 30 años. El levantamiento de Cataluña fue el primero de una serie de intentos de secesión a lo largo del Imperio español. Afortunadamente, se pudo expulsar a los franceses de Cataluña, que gracias a Claris había pasado a manos del Reino de Francia.

¿Encuentras símiles entre lo que ha ocurrido en Cataluña hoy y la «traición» de Claris?

Se repite la misma historia en Cataluña cada cierto tiempo. La historia ha demostrado que nunca se puede uno fiar de la oligarquía catalana. En la Guerra de los 30 años, Richelieu aprovechó la crisis interna para atacar a España con la ayuda de Pau Claris. El paralelismo con lo que está pasando hoy en día es que la oligarquía catalana cada cierto tiempo se vuelve loca y busca la independencia sin importarle los intereses de la región de Cataluña. Entonces se perdió el Rosellón y la Cerdaña y el reinado de Francia dejó la ruina económica. Hoy en día, los nacionalistas han dejado Cataluña también arruinada, con cientos de empresas saliendo. Ellos solo buscan sus intereses espurios, sus privilegios sobre el resto. Quieren gobernar sobre Cataluña e influir en el resto del país, pero no quieren que el resto del país influya allí. El egoísmo en estado puro.

¿Qué representa la portada del libro?

La portada la ha pintado Ferrer Dalmau, el mejor pintor de España, que ha representado lo que yo llamo «la traición de Villafáfila», cuando los nobles castellanos que habían visto recortado su poder con los Reyes Católicos se alinearon con Felipe El Hermoso, que era un maltratador psicológico y mental de Juana, para dar de lado a Fernando el Católico. En Villafáfila se vio obligado a entregar el gobierno a Felipe I, que de no haber muerto un mes después hubiera provocado una involución en España. Las mercedes que prometió habrían regresado el país al estado feudal.

En el libro usted califica que Bartolomé de las Casas era «un charlatán paranoico». ¿Considera que sus intenciones eran buenas cuando denunció el maltrato de los indios a manos de los conquistadores?

Bartolomé acusó a España de haber cometido un genocidio como ningún otro en la historia. Era una persona que lo hacía todo por su ego y su vanidad. En aquella época se creía casi un Moises. Llegó a advertir que si no se le escuchaba España iba a desaparecer. Buscaba con sus textos ser determinante a la hora de gobernar, por eso exageró y creó una mentira que usaron los enemigos de España para confeccionar la conocida Leyenda Negra. A los conquistadores los pintaba en sus textos como los seres más oscuros del planeta, mientras que a los indígenas los presenta como ovejas mansas. Hizo de la particularidad una generalidad.

Recientemente se ha estrenado otra película inspirada en Lope de Aguirre, identificado por usted en el libro como un traidor, ¿por qué hay tantas películas sobre él y tan pocas de Pizarro o Cortés? ¿Son más atractivos los traidores?

Un traidor no es más atractivo, pero una parte del cine español está en esa campaña de denostar la historia de España. Para ellos nuestra historia fue un desastre que hay que olvidar, por lo que constantemente lanzan mensajes negativos a la sociedad. A la leyenda negra de los extranjeros, asumida por los españoles, se sumó el movimiento regeneracionista, a partir de 1898, que culpó del desastre en Cuba y Filipinas a nuestro pasado en vez de buscar las causas en ellos mismos. Nuestra historia en la escuela se estudia a través de estas visiones negativas, cuando no directamente en el odio a España. El cine acomplejado se limita a seguir esta misma línea. Presentan la historia como una sucesión de totalitarios y traidores que no son capaces de alcanzar sus objetivos.

Sabino Arana es otro de esos personajes con calles por España. Recuerda usted en su libro que él renegó de parte de su ideología al final de su vida.

Sabino Arana es el padre del «racismo vasco». Generó una ideología de odio inventándose una historia y reclamando un idioma que ni siquiera él hablaba. Comparaba a los españoles con los burros y los simios, de lo que decía que la teoría de Darwin se demostraba en que los españoles se habían quedado en la mitad de la teoría de la evolución. Es verdad que con el tiempo rectificó de su racismo y de su xenofobia. Al final dijo que por el bien de Euskadi debería este territorio seguir siendo español, porque era mejor para todos. Lo que hoy es lamentable es que en el País Vasco haya premios, estatuas y calles a nombre de un racista.

One comment

  1. Cuando echamos la culpa de lo que nos pasa al pasado, lo que estamos haciendo es:

    1 liberarnos de nuestra propia responsabilidad.(no importa los que hagamos o no hagamos, que eso no tiene nada que ver: la culpa es del pasado)

    2 decidimos -falsamente- que no podemos hacer nada (porque la culpa la tiene el pasado y el pasado no se puede cambiar)

    Esto se resume en dos palabras: Iglesia Católica

    (porque si en vez de haber tenido unos políticos inútiles , ladrones, afrancesados y masones… hubiésemos sido calvinistas, ahora seríamos tan ricos como los suizos; y con nieves perpetuas -con sus respectivas estaciones de esquí para VIPS- y todo)

    ¿A que tenemos una mala suerte del copón?

    Afortunadamente estos mismos políticos de mierda no cejan en hacernos la vida imposible y de saquear el país en nombre el progreso, la modernidad y la laicidad y como se ve que no pueden importar colonos calvinistas, pues importan colonos musulmanes, que al menos no son católicos…

    Así, si no podemos ser como los ricos suizos, al menos podemos ser como los miserables marroquíes.

    El que no se consuela es que no quiere.

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