“Carlismo y separatismo: ¿una relación directa?” por Lo Rondinaire


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Quien pretende identificar carlismo y separatismo demuestra su ignorancia

El Carlismo fue un movimiento muy importante en España en los siglos XIX y XX. Vivo todavía, sí se puede decir que no es social ni políticamente relevante. Su lema no deja lugar a dudas de sus principios: Dios, Patria, Rey. Hablar del Carlismo es hablar de Tradición, de una concepción católica de España, de unos hombres y mujeres que se alzaron en guerra varias veces contra el liberalismo, contra la modernidad, y en 1939 contra el comunismo.

En dos artículos publicados en prensa digital (‘La cuarta guerra carlista’, de José García Domínguez, en Libertad Digital) y en La Razón (‘Historias de Cataluña’) se alude a la relación existente entre el Carlismo y el actual «procés» separatista.

Josep Ramon Bosch, ex presidente de Societat Civil Catalana, dice en La Razón:

«El nacionalismo ocupa los territorios que fueron carlistas. Cuanto más carlismo en el pasado más radicalidad hoy. Siempre pongo el ejemplo de Berga, que fue la residencia del Conde de España, donde estuvieron los cuarteles generales del carlismo, donde hubo levantamientos constantes durante el siglo XIX, y ahí, hoy, tiene mayoría absoluta de la CUP, y la oposición es Esquerra. Es decir, la radicalidad más extrema. Claro, una ciudad como Verga, cuna del carlismo, que esté en manos de los más radicales del independentismo, deja muy a las claras que España vive una guerra del siglo XIX que no ha terminado. El integrismo religioso y radical se ha transmutado en esta Cataluña rural, tan cerrada, en un nuevo radicalismo, y el Dios, Patria, Fuero y Rey ha pasado a ser Patria, la Estelada y el nuevo líder, y el eje vertebrador de todo esto es la lengua, que unida al victimismo retroalimenta una campaña de formación del espíritu nacional orquestada por la Generalidad y Jordi Pujol de forma maestra».

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Diario de Barcelona (10-12-1835). Recoge las acciones contra caristas de Santpedor y Manresa 

Bosch establece, a nuestro juicio, una relación directa entre separatismo y Carlismo que no se corresponde con la realidad en tanto que sostiene que «España vive una guerra del siglo XIX que no ha terminado». Esto es, al menos, inexacto. Hay, es cierto, una coincidencia geográfica y sociológica entre ambos, pero no existe esa continuidad del conflicto político-religioso. Es más, es el propio Bosch quien da clave para entender el separatismo cuando dice que «el integrismo religioso se ha transmutado en esta Cataluña rural en un nuevo radicalismo, y el Dios, Patria, Fuero y Rey ha pasado a ser Patria, la estelada y el nuevo líder». Es decir, Dios ha desaparecido de la ecuación, ha sido sustituido por la nación (catalana) en el imaginario separatista. El nacionalismo es una idolatría que altera el orden natural de las cosas, una ideología tóxica, pero lo que no se puede decir es que provenga, políticamente, del Carlismo.

Más explícito todavía es José García Domínguez en Libertad Digital, llamando directamente al separatismo «la cuarta guerra carlista»:

«El problema catalán, que en su raíz última esconde una forma encubierta y sublimada de rechazo de la modernidad…».

Falso. El nacionalismo catalán, como tantos otros, esconde una forma encubierta y sublimada de racismo, xenofobia y, sobre todo, clasismo, pero no de rechazo a la modernidad. De hecho, en su pretendida superioridad moral y narcisismo exacerbado, España es percibida por la mayoría de los «procesistas» como un país atrasado y cerrado, frente a la vanguardista y moderna Cataluña.

«La Cuarta Guerra Carlista, que no otra cosa es la querella que ahora mismo enfrenta a la mitad de los catalanes contra la otra mitad, está resultando, como las tres anteriores, una revuelta agreste e integrista del campo contra la ciudad».

El análisis del voto de las pasadas elecciones del 21-D puede conducir a pensar, ciertamente, que esto es así, ya que las zonas rurales son dominadas por el nacionalismo y Barcelona y las áreas más pobladas son de dominio, digámoslo así, españolista. Pero el hecho de pensar que el votante nacionalista es esencialmente diferente del españolista porque uno vive en un pueblo y el otro en Barcelona o su área metropolitana, es absurdo. Ambos son liberales, sólo la cambia la bandera, el exterior. Las diferencias entre la vida rural y la urbanita ya no son tantas; o mejor dicho, la diferencia entre el hombre rural y el urbanita es prácticamente nula. Los jóvenes escuchan la misma música en Hospitalet que en La Garriga, visten la misma ropa y comen las mismas hamburguesas. Donde se encontrarán las diferencias sociológicas, y está demostrado, es en el idioma y en el nivel socioeconómico. A grandes rasgos: catalanohablante y de nivel económico medio-alto, nacionalista catalán. Castellanohablante y nivel económico medio-bajo, españolista. A grandes rasgos, insistimos. Pero que los nacionalistas se concentren más en la Cataluña interior no significa que sean payeses necesariamente ni que vayan en burro a trabajar.

«Una de las paradojas terminales a que ha dado lugar esta revuelta de rústicos contra España es que el catalanismo político, un movimiento que siempre había alardeado de su pretendida condición avanzada, modernizadora y europeizante, se está viendo cada día más circunscrito a solo conservar la hegemonía en las comarcas de la Cataluña periférica, menos poblada y más silvestre, amén de la atrasada y más refractaria a toda innovación».

guerra-carlista-2.jpgGarcía Domínguez presume de ser de Barcelona. Será porque el metro no abarca más allá de la periferia de la Ciudad Condal, pero dibuja un ámbito rural que no corresponde con la realidad. Servidor vive en un pueblo: Les aseguro que, al menos en el mío, hay dos farmacias; druidas, ninguno. El móvil tiene cobertura, tenemos wifi, coches, conocemos el fuego, la fregona, no vivimos en establos y hay agua potable. Hasta un kebab tenemos, fíjense si somos modernos. Lo que no tenemos es la capa de polución que cubre Barcelona. Ventajas de ser de campo, mire usted.

En los pueblos hay una mayoría de votantes nacionalistas, es así. Hay otros, no tantos, que votan a partidos contrarios a la secesión. Y algún rara avis, como servidor, que no vota porque entiende que tras un político del PP, Ciutadans, ERC o uno de como se llame ahora convergencia se esconde lo mismo: un García Domínguez, un liberal.

Para concluir: La relación existente entre el Carlismo y el nacionalismo es geográfica y sociológica, es decir, realmente el nacionalismo es fuerte donde lo fue el Carlismo, pero no se puede establecer una relación de continuidad religioso-política en tanto que del ‘Dios, Patria, Rey’ no queda nada. Donde el Carlismo tenía a Dios, el nacionalismo tiene a Cataluña. Donde el Carlismo tenía Patria (España), el nacionalismo tiene a una nación que nunca ha sido tal, Cataluña, a la que debe adorar (el nacionalismo es la degeneración del patriotismo). Y donde el Carlismo tenía al Rey (legítimo), el nacionalismo tiene a Puigdemont. Si acaso, y como mucho, se puede hablar de que los restos degenerados del Carlismo han abrazo el nacionalismo, que es justamente una ideología hija de la modernidad. Es el mundo moderno quien nos ha llevado a esto, no la Tradición. El nacionalismo es sólo una consecuencia, no la raíz del problema.

Lo Rondinaire

3 comments

  1. Resulta curioso que allí donde prevalecían instituciones como el Hereu o el Mayorazgo sea donde predominan los nacionalismos. Al igual que la infuencia de la Iglesia. Un tema para estudiar y analizar. Todo deriva de un abrazo de Vergara en falso. Como siempre. Rechazan una Monarquía que les otorgo unos Fueros tan Medievales como la misma Monarquía. Pero esos que no se les toquen, al igual de la Ley Electoral que les beneficia y les da preeminencia de representación en la Cortes Españolas.

  2. Por supuesto que no hay relación entre la ideología separatista y carlista, pero ¿Por qué tantos descendientes de carlistas, son hoy separatistas radicales de ultraizquierda y las zonas liberales son las que mejor han resistido el separatismo, hasta llegar a formular la idea de “Tabarnia”?
    Saludos.

    1. Xq el liberalismo es antiespañol, es tanto que revolucionario, y la idea q defiende ahora el “españolismo” es en definitiva revolucionaria, y por tanto liberal. El Carlismo es un fenomeno complejo q no se entiende sin una cosmovision de la vida genuinamente española, q ahora, ni defiende, ni comparte prácticamente nadie.

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