Carles Puigdemont, el payés errante que llegó a ser presidente de la Generalitat


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Publicado en ElMundo

Carles Puigdemont siempre se registra entrada la noche en los hoteles donde se aloja en sus visitas al extranjero. Siempre. Es un hábito que adquirió de joven y que ya nunca ha abandonado. Siendo presidente de la Generalitat, lo explicó durante la presentación de un libro suyo, el que lleva por título Cata…què? El problema de los recepcionistas de hotel que trabajan en los turnos de mañana y tarde, confesó escaldado a su auditorio, es que, por norma general, suelen manejar un buen inglés. Lo bastante bueno como para poder interrogar en esa lengua franca a los clientes que buscan habitación sobre la improbable validez legal de los carnés de identidad emitidos por cierta República de Cataluña.

Cat…what?, le respondían por norma. Y así hasta que se le ocurrió el ardid de comparecer con sus maletas en las recepciones sólo a partir de medianoche. Pues, en ese horario ya intempestivo al norte de los Pirineos, “había personal de servicio que era gente inmigrante, acabada de llegar, con un nivel de inglés o francés peor que el mío, y podía colar el carné catalán que llevaba en el bolsillo, así nadie discutía mi nacionalidad”.

Preocupante. Pero cuando el viaje es a Madrid, ergo estrictamente local y doméstico, Puigdemont igual se las arregla para metamorfosearlo con los ropajes formales, estéticos y psicológicos de un desplazamiento internacional que exige franquear las fronteras de otro Estado soberano. Una fantasía recurrente que consigue materializar por la muy retorcida vía de renunciar a los servicios del Puente Aéreo para aprovechar las escalas en la capital de los vuelos internacionales que parten de Barcelona. Fórmula alternativa que, una vez haya aterrizado el avión en la T-4, exige que los pasajeros con destino final en Madrid muestren el pasaporte, que no el DNI, al guardia civil de la garita.

Muy preocupante. A qué extrañarse, pues, de que entre los allegados sea fama que exigiera a su chófer pasar siempre por los accesos a las autopistas de pago señalizados con el rótulo peatge, en catalán, jamás por aquellos otros que ponen peaje. Ante semejante cuadro clínico, acaso no hubiera hecho falta que el CNIcontase en plantilla con la reencarnación del doctor Freud de Viena para haber llegado a la certeza absoluta de que el pasado 1 de octubre iba a ocurrir, sí o sí, algo bien grave en Cataluña.

Hay en ese fanatismo más ciego que tozudo su ubicua carta de presentación, un pálpito que recuerda, y mucho, al blindaje cognitivo del integrista religioso. Un rasgo de su carácter, ese halo cerril tan inasequible al desaliento, al que acaso no resulte ajeno un episodio poco conocido de su biografía, el de los cinco años largos que pasó recluido dentro de un internado rural regentado por sacerdotes y dependiente de la Diócesis de Girona.

Fue entre 1972 y 1977. Aspecto de su personalidad que se reforzaría tiempo después con periódicas estancias de un par de semanas, genuinos encierros espirituales, en el Monasterio de Poblet. Si el catalanismo es una religión, él estaba llamado a ser el más devoto de los creyentes. Pero los apóstoles, es sabido, deben estar en todo momento dispuestos al martirio en defensa de la fe verdadera. Y ese, ¡ay!, no parece ser el caso del fervoroso Carles. Porque su nada épica huida a Bélgica cuando el parto de los montes de la República catalana constituyó un déjà vu para quien supiese de su anterior fuga precipitada a Francia y los Países Bajosdurante las Olimpiadas de Barcelona.

Fue en el transcurso de la operación del entonces juez Garzón contra los comandos de Terra Lliure que pretendían cometer atentados en las instalaciones. Entonces, exactamente igual que ahora, Puigdemont puso tierra de por medio. Y sin tampoco dar explicaciones a nadie antes de emprender la fuga. Así, en el muy festivo y esperado 1992, el joven periodista Carles Puigdemont, que había logrado alcanzar el puesto de redactor jefe del diario El Punt, todo un éxito profesional para un treintañero sin ningún tipo de formación universitaria, adoptó al súbito modo la extraña decisión de abandonar su empleo para residir durante una larga temporada lejos de nuestras fronteras.

En el currículum oficial del ex presidente de la Generalitat se hace alusión al inopinado paréntesis calificándolo de “año sabático”. Por aquel entonces, un infiltrado en Terra Lliure, cierto Josep Maria Aloy, informante que había sido captado por el legendario agente del Cesid Mikel Lejarza, el antiguo miembro de ETA conocido por Lobo, sembraba el pánico en el entorno de la banda. Las detenciones de militantes eran continuas. Los interrogatorios, duros. La desconfianza, total. Nadie se fiaba de nadie.

Mientras las sospechas de la dirección de Terra Lliure no recayeron sobre su persona, los precisos datos que Aloy hacía llegar a la Policía sembraron la zozobra no sólo entre los comandos, sino también en el poroso entramado de simpatizantes que les proveía de cobertura tanto material y logística como política. Casualidad o no, justo ese fue el momento en el que decidió marcharse al extranjero. Y deprisa. Nadie cambia, si no siente la necesidad de hacerlo, dicen que dijo Henry Ford. Por eso el déjà vu.

7 comentarios

  1. Este payaso resentido ¿es así de tonto o se lo hace?

    ¿Como el país va a salir adelante con este tipo de basura?

    Estamos en la ruina gracias a él y a tipos como él.

  2. Lo peor de estas anécdotas y experimentos políticos, que pagamos entre todos los contribuyentes, es que causan gran perjuicio a los empleados pobres y desempleados.

    • Separatista estalinista, primero la revolución nacional que la internacional, por eso se lleva bien y colabora con la extrema izquierda. Escribe las cosas por su nombre.

  3. Une pluie battante, un vent intense et l’indifférence des institutions européennes, qu’ils tentaient une fois encore d’appeler à l’aide : l’accueil réservé aux dizaines de milliers de Catalans venus défiler en soutien à l’indépendance de la Catalogne, jeudi 7 décembre à Bruxelles, a été glacial, dans tous les sens du terme.

    Esto es el inicio del comentario del grand periodico francés Le monde .
    Dice que bajo un fuerte lluvia , un viento intenso , la indefenrencia de las instituciones europeas que intentaban una vez màs à pedir ayuda : la bienvenida reservada a las decenas de miles de catalanes llegados para desfilar por el apoyo al independentismo de Cataluña, jueves 7 de diciembre en Bruselas ha sido de hielo en todo los sentidos.

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