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En toda España (échenle medio millón de kms cuadrados y 46 millones de habitantes) sólo Mariano Rajoy y sus mariachis creen que en el triste día de ayer no hubo referéndum. 

Los demás sabemos que, en forma de astracanada, de estrambote bufo y de charlotada si se quiere, el referéndum se ha celebrado. O, si lo prefieren los delicados espíritus progubernamentales: ha habido urnas. Lo que el gobierno aseguraba que no iba a suceder, ha sucedido; lo que el gobierno tenía que impedir, no lo ha impedido.

La inane comparecencia de la vicepresidenta del gobierno a medio día negando la evidencia –esto es, que las colas de votantes que hemos visto en Cataluña no son tales- ha reforzado, antes que nada, la imagen de la completa impotencia del gobierno. Lo que hasta ahora era solo sospecha se ha convertido en certeza: el Estado es incapaz de hacer cumplir la ley. 

La imagen de la vicepresidenta conminando a los sediciosos a hacer lo que ella tenía que haber hecho -esto es, detener la farsa- ha sido en verdad patética. Ese era su trabajo, señora vicepresidenta.   

Evitar la celebración del referéndum era un objetivo en sí mismo, pero también lo era la forma en que había de evitarse: de haber escenas de violencia, habrían de comprometer a los mozos de escuadra, y no a las fuerzas policiales nacionales. La presencia de estas no debía sustituir a la policía autónoma, sino apoyarla. Pues eso es lo que finalmente han tenido que hacer: realizar el trabajo de una policía autónoma que se ha negado a cumplir con el mandato judicial encomendado y que ha mostrado una connivencia obscena con los independentistas y en contra de la ley, de la que se ha choteado. 

La actuación de los mozos de escuadra ha dejado claras muchas cosas: entre otras, que el Estado español no controla las fuerzas de seguridad del país. Que las oligarquías autonómicas, sobre todo en determinadas regiones, se han convertido en señores de horca y cuchillo, y que todo este tinglado se sostiene cogido con alfileres. Y que esta es la capacidad coercitiva de un Estado que no es capaz de aplicar el recurso a la fuerza que posee en teórico régimen de monopolio.

Además, el fiasco en términos de imagen ha sido completo, al mostrarse el gobierno incapaz de construir un relato mínimamente creíble y de trasladar la idea de la esencial ilegitimidad del independentismo.

Las imágenes de la movilización juvenil independentista en plazas, calles y pueblos de toda Cataluña han alcanzado a la opinión pública europea y ocupado las portadas de los medios digitales en la UE; la desmovilización decretada por el gobierno en todos los frentes, sin banderas ni símbolos nacionales y sin visible apoyo ciudadano, ha impedido que se mostrase una realidad en la que media Cataluña se opone a la otra media: parecen ser solo las fuerzas policiales las que mantiene a Cataluña en el redil frente a la oposición de todo un pueblo.

Es una evidencia que el discurso formalista del gobierno, el discurso en torno al cumplimiento de la ley -esta es toda la razón que Rajoy ha opuesto al delirio secesionista- ha sido insuficiente para hacerles desistir de sus propósitos. Y les ha ratificado en sus pretensiones: si nuestras aspiraciones van contra la ley, cámbiese la ley. 

En ello están

Cuesta entender la actitud del gobierno en todo este asunto. Cuesta entender tanta impericia. A la luz de los acontecimientos, barruntamos que detrás de sus actos se esconden intenciones de lo más avieso. ¿Y si hubiera preparado el decorado para propiciar una amplia reforma constitucional o incluso dar paso a  un proceso constituyente?  
En lo sucesivo, la palabra mágica se va a llamar diálogo. El objetivo es el de conseguir un gran acuerdo nacional que invalide el artículo 2 de la Constitución y que, necesariamente, romperá el principio de soberanía nacional y la propia Constitución, puesto que dicho artículo es su fundamento, según en él se expresa. 
Como siempre, desde hace cuarenta años, el Estado al servicio del régimen y contra la nación. Cada día es más evidente que, para que el régimen subsista, la nación debe morir. Y su verdugo es el Estado. Este Estado.