La Diada de … nadie y de nada, por Javier Barraycoa (La Gaceta)


Es difícil encontrar una festividad que represente el día nacional de una nación, y que sea un factor unitivo, especialmente cuando esa nación no existe. Ya en el primer Parlamento autonómico de Cataluña, tras el inicio de la transición, se planteó cuál debía ser el día “nacional” de Cataluña: la emblemática Diada. Y ciertamente no fue fácil. Los sectores más inveterados del catalanismo conservador, que aún recordaban lo que representó la Lliga Regionalista, abogaron para que la fiesta se consagrara en el día Sant Jordi. Una conmemoración que, gracias al franquismo (aunque eso no se pudiera decir), había arraigado profundamente en la sociedad catalana.

Pero por aquella época ni Tarancón, ni mucho menos los obispos catalanes estaban por apostar por la presencia pública de la Iglesia en la vida política. Que la Diada se celebrara en Sant Jordi vendría a ser como una prolongación del nacional-catolicismo, y los cánones del nuevo progresismo lo prohibían. Además, el nuevo y flamante President de la Generalitat pudo ser investido gracias a los votos del PSUC y el marxismo no estaba para muchas espiritualidades, aunque fueran de cartón piedra. Los marxistas pedían que la fiesta de Cataluña coincidiera con el 1 de mayo, día del trabajador. Pero tampoco hubo consenso. La propuesta pujoliana de celebrar el 11 de septiembre contó con objetores. Por un lado estaban los que sabían de qué iba la cosa. La Guerra de Sucesión no había dejado de ser una guerra por determinar quién sería el rey de España. El romanticismo historiográfico podía revestirlo de seda pero la mona seguía siendo la mona. Por otro lado, muchos no veían conveniente que se celebrará como “Diada nacional” una derrota. Ninguna nación que se precia de tal, celebra las humillaciones.

Por fin, como suele ocurrir en estas situaciones, se impuso el criterio del más decidido, que fue Pujol, educado en los ambientes del cristianismo catalanista progresista de familias conservadoras. Por eso había que mantener la vieja celebración catalanista fuera como fuera. Durante las dos primeras décadas de la transición se trató de que la Diada fuera una representación simbólica de un pueblo unido en torno a su irresistible deseo a sobrevivir en su identidad especialmente cultural y lingüística. Pero, el paso del tiempo, las derivas nacionalistas y los cambios sociales has destruido el mito de la “nación” catalana como una única voluntad.

El análisis es tan sencillo como somero. La cuatribarrada, como símbolo de Cataluña (no entraremos en disquisiciones si sería más propio la Cruz de Sant Jordi) ha desaparecido de la “Diada”. Sólo puede participar el 11 de septiembre los que se acojan la bandera de un partido (más en concreto del viejo Estat Català de Macià), esto es la estelada, y su discurso monolítico y monótono. Así, la mayoría de catalanes han quedado automáticamente excluidos de la susodicha fiesta. Igualmente, a la inmensa mayoría de participantes, les importa bien poco el espíritu religioso, patriótico y martirial de los barceloneses que defendían la plaza aquél 11 de septiembre de 1714; por tanto no tienen ni idea de qué celebran. Y lo que es peor, tampoco les importa. La ESO ha hecho muchos estragos. También han alejado a muchos catalanes de esta celebración, las sobredimensionadas imágenes de “nuevos catalanes”, la mayoría musulmanes, ataviados con sus peculiares vestimentas. El híbrido de una identidad cerrada, hermética y etnicista –propia del catalanismo- con el multiculturalismo plural, abierto y tolerante, acaba creando representaciones contradictorias como mínimo incomprensibles para muchos.

Las grandes concentraciones y performances de los últimos años, nos acercan más a los mecanismos de manipulación de masas que a la realidad de un pueblo que espontáneamente celebra un hecho señalado de su historia. Por eso la Diada se ha transformado en la autosublimación estética de una porción del pueblo catalán que celebra dionisiacamente su deseo de ser lo que no es y lo que nunca podrá ser. A menos, piensan algunos, que el liderazgo natural que había ejercido en la sociedad catalana hasta ahora la burguesía catalana, sea entregado a los nuevos profetas visionarios. En este caso son los renovados bolcheviques de extraños peinados y vestimentas y estrafalarias propuestas, que se han otorgado el derecho a interpretar el oráculo de Delfos de boca de sus féminas feministas. Cataluña en manos de la CUP es la esperanza de una agónica burguesía catalana sin fuerzas ni ánimos, donde ERC se ha convertido en el centro político moderado. Ver para creer.

Por mucho que se empeñen, la Diada dejó de existir (si es que alguna vez existió) hace unos años, pues debería ser de todos y con un contenido unitario y no un aquelarre exclusivo. Ahora simplemente no es nada ni de nadie; es un mero trámite en el que hay que representar la autorrealización de la vacuidad de una sociedad que no sabe ni quién es ni adónde va.

Javier Barraycoa

https://gaceta.es/author/javier-barraycoa/

 

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