Empezaremos con dos previas. Primera, ninguna fiesta, y más como representación de una comunidad política, celebra una derrota. Las derrotas se lamentan y son para lamerse heridas y aprender de ellas, no para glorificarse en ellas. En el caso del catalanismo, tomar como “Día nacional” una derrota denota la profunda carga de romanticismo pesimista y melancólico que envuelve a este movimiento desde sus orígenes. Segunda, en sus orígenes, aunque ya contaminado de este romanticismo extranjerizante, el primer catalanismo no pudo surgir sino de una matriz de una sociedad aún profundamente católica. La larga tradición de guerras decimonónicas en defensa de una legitimidad dinástica, una identidad católica y una restauración de fueros y tradiciones, hacía inevitable que un nuevo movimiento político como el catalanismo se mimetizara –aunque fuera hipócritamente- con este sentir común en buena parte de Cataluña.

Sin embargo, como una férrea ley histórica, el liberalismo y romanticismo que se contenía germinalmente en el catalanismo, lo posicionó en un plano inclinado que lenta, pero inexorablemente, lo llevaría a transformarse en un movimiento revolucionario. Ello quedó patente en el siglo XX y especialmente en estos momentos históricos en los que parece que el destino de Cataluña está en manos de un movimiento marxista-leninista como la CUP.

Los orígenes de la Diada y la repugnancia que causaba en el progresismo liberal y el republicanismo

¡Qué lejos queda y qué complejidades acarrea analizar la celebración de la primera Diada! Y qué sorprendentes evoluciones ha tenido hasta llegar a nuestros días. Cuando se celebró por primera vez un 11 de septiembre, no fue con ningún motivo político, sino esencialmente religioso.  seguir leyendo

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