“El independentismo es pecado” por Enrique Martínez


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III Concilio de Toledo

 

El año 589 aún no existía Cataluña. Mas Hispania –o Spania- ya era un reino unido políticamente bajo los visigodos. Y ese año celebraba también su unidad religiosa con la conversión del rey Recaredo a la fe católica en el III Concilio de Toledo. El obispo san Leandro, en la homilía de clausura del Concilio, se dirigía a la Iglesia diciéndole: «Sabes cuál es la dulzura de la caridad y el deleite de la unidad. No predicas sino la unión de las naciones. No aspiras más que a la unidad de los pueblos. No siembras más que semillas de paz y caridad. Alégrate en el Señor, porque no has sido defraudada en tus sentimientos» (PL 72, 895).

Que la Iglesia predique no sólo la unidad propia, sino también la de las naciones, fácilmente escandalizará a los que separan el orden de la fe y el de la política. Pero hay que recordarles que eso es el modernismo –«el católico se debe separar del ciudadano»-, condenado por san Pío X en la encíclica Pascendi. En el orden natural es propio de todos los hombres desear la unión con otros: en el matrimonio y la familia, en la amistad, en la comunidad política… Y es que toda la diversidad de lo creado busca imitar la Unidad divina de donde proviene. Pues bien, todas estas uniones naturales han sido asumidas y santificadas por Jesucristo, que se unió a la naturaleza humana en el seno de la Virgen María. Por eso la Iglesia predica no sólo la unidad entre Cristo y su Esposa –«Ut unum sint» (Jn 17, 21)-, sino también la de los matrimonios y la de las naciones.

¿Puede entonces la Iglesia predicar la división de las naciones? ¿Puede la Iglesia sembrar semillas de enfrentamiento y odio? ¿Puede la Iglesia promover la amargura del resentimiento y la tristeza de la desunión? Es claro que no. La razón es que la independencia es pecado, como enseña santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica (II-II, q.42, a.2). Si el «divorcio» se opone a la unidad del matrimonio y el «cisma» a la unidad de la Iglesia, el pecado que se denomina de «sedición» es el que se opone «a la unidad del pueblo, de la ciudad o del reino». Y añade el Aquinate que como «se opone a la justicia y al bien común, por eso la sedición es, por naturaleza, pecado mortal». ¡Nada menos que pecado mortal! Luego identifica los sujetos de dicho pecado: «El pecado de sedición recae, primera y principalmente, sobre quienes la promueven, los cuales pecan gravísimamente; después, sobre quienes les secundan perturbando el bien común».

Algunos apelan al derecho de autodeterminación de los pueblos, esto es, a decidir libremente. Pero no olvidemos que la libertad humana no es absoluta. ¿Puede acaso un esposo autodeteminarse contra su unión conyugal? ¿Puede acaso un obispo autodeterminarse contra la unidad de la Iglesia? Pues la parte de una comunidad política tampoco. El problema de nuestros días es que se ha perdido la conciencia de pecado y la verdadera noción de bien común, que ha sido sustituida por la absolutización de la voluntad, capaz de ponerse más allá del bien y del mal. En una sociedad divorcista como la actual, ¡cómo no va a admitirse el divorcio entre las partes de una comunidad política!

¿Y en el caso de Cataluña? «Es de justicia que este pueblo pueda decidir su futuro», afirmaba hace pocos días un obispo catalán. Es un hecho que Cataluña forma parte de una unión política superior, que es España. Y esta unión no es resultado de una anexión violenta o de una colonización, sino que se ha forjado durante siglos de forma natural, en el proceso de reunificación de la antigua España visigótica. Más aún, ha sido santificada por la Iglesia. Y Cataluña ha pasado a ser parte constitutiva de España, sin perder por ello sus caracteres distintivos, sus legislaciones propias, su bella lengua y rica cultura, así como su capacidad legislativa, propia de una concepción participativa del poder. Hablar de Cataluña como una «nación» al margen de su hispanidad y su catolicidad históricas es pretender crear un constructo idealista ajeno a la realidad de las cosas. Y promover su independencia es caer en aquel gravísimo pecado de sedición, contrario al bien común.

Decía san Leandro en el año 589 a aquella santa asamblea: «Alégrate en el Señor, porque no has sido defraudada en tus sentimientos». Si bien muchos sentimientos se ven hoy defraudados al ver que se promueve tan impunemente la ruptura de la unidad de España, no obstante hay que seguir alegrándose en el Señor. Al finalizar la homilía concluía san Leandro: «La paz de Cristo destruyó el muro de la discordia, que el diablo había fabricado, y la casa, que por la división se inclinaba a la mutua ruina, es unida por solo Cristo, piedra angular». Así pues, «¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas?» (Pío XI, Quas Primas n.19).

Enrique Martínez

Miembro de la Pontificia Academia de Santo Tomás

7 comentarios

  1. Cómo es evidente, la destrucción está promovida y financiada por las terminales mediáticas y políticas del archimillonario mundialista, sr. Soros. La sede de la Open Society está en Cataluña, para su proyecto hay que destruir naciones, sembrar división (Divide et Impera) y hacer tábula rasa de las tradiciones. Está claro la especial saña contra España, tal vez por su posición geoestrátegica o tal vez por el significado histórico de España.
    De ‘independencia ‘ nada, es la punta de lanza del dominio total del capital apátrida y la dominación económica. La burguesía catalana hace tiempo que se ha refugiado en las organizaciones financiera mundialistas tipo UE. Debilitar y desestabilizar es el lema de Soros, para luego arrasar, naturalmente, como ya se está denunciando. Otro órgano del plan es Podemos, como es fácil observar, a traves de su auge mediático y sus performances distorsionadoras y desactivadoras de la Tradición.

  2. La argumentación de tipo moral o religiosa ha quedado invalidada y en este sentido ni los propios obispos la esgrimen escaldados por la oposición feroz de los secularistas contra la aseveración de que la Unidad de España es un Bien moral objetivo. No importa si la secesión como acto revolucionario produce mayores males de los que supuestamente podría generar de bienes,tal cual sopesaba la filosofía en católico.
    Estamos en una sociedad secularizada, pero también descatolizada en culto y cultura consecuente.
    En realidad este movimiento independentista tiene asumido, también por los clérigos, y sigue la premisa que los Bolcheviques presentaron en la II Internacional Socialista que presentó el postulado de que todo Pueblo tiene derecho a la Independencia, estuviera dentro de otras fronteras nacionales o no. Y de ahí el empeño de las ideologías nacionalistas en intitularse y reconocerse Pueblo, pues si pueblo derecho inherente a la independencia.
    No importa el Pacto de Helsinki; “1.° de agosto de 1975 donde los países firmantes garantizaron mutuamente la inviolabilidad de sus fronteras, la integridad territorial de los Estados, el arreglo de las controversias por medios pacíficos, la no intervención en los asuntos internos, la abstención de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza, la igualdad de derechos”.
    No importa porque los pactos como las leyes dependen de la fuerza para hacerlos cumplir. Pero también porque los occidentales demócratas, a parte sus tropelías anexionistas o de hegemonía política, salieron impregnados del principio de la Revolución permanente al firmar a seguido:” el derecho a la autodeterminación de los pueblos y el respeto de los derechos humanos, incluidas la libertad de pensamiento, conciencia, religión y convicciones”.
    ¡Derecho a la autodeterminación de los Pueblos! hasta el punto que hoy nadie lo pone en duda y lo argumentan los secesionistas, en esta ocasión los separatistas catalanes.
    Nuestros intelectuales españoles no han sabido poner en pie una dialéctica hispánica generada de nuestras propias entrañas y por consecuencia no hay más que la filosofía de las querencias y las pasiones o visceralidades, que ha llegado a ser definitoria de los derechos del hombre: como divorciarse sin ningún escrúpulo o abortar como derecho liberador. O a manifestarse andróginos. Una neurosis política.

    • Todo lo que promueva el odio, el resentimiento y la envidia es pecado.

      Simplemente porque el odio, el resentimiento y la envidia son pecados.

      Si a eso se añade fomentar guerras, más pecado todavía, porque mueren personas.

      ¿Y que decir cuando encima enfrenta miembros de mismo país y de la misma familia?

      No hace falta estudiar teología para entender la doctrina.

      Está en nuestro beneficio en seguirla. Pero no solo en nuestro beneficio tras la muerte, sino aquí y ahora.

  3. Gracias, profesor Martínez, por su artículo. Para sanar hay que ir a la raíz del trastorno. Entre tanto ruido de eslóganes superficiales se echaba en falta reflexión profunda.

  4. Lo que hemos visto con el derecho de autodeterminación de los pueblos, que está pensado para que las colonias como el Congo Belga se independicen de su metrópoli, Bélgica, y deje la puerta abierta al colonialismo comercial de Estados Unidos (que ha llegado tarde al reparto y solo tiene Cuba, Filipinas, Puerto Rico, Guam y Palaos, insuficientes ) es que:

    1 son enormes territorios con pueblos muy diferentes, con historia, lengua, religiones y costumbres distintas; sin embargo ese derecho no es para que cada una de estas comunidades se independice, sino para que formen un nuevo país artificial dominado por la etnia principal. Esto ha traído guerras, destrucción, muerte y miseria.

    2 los independentistas lo que quieren hacer es reemplazar a los amos europeos y ponerse ellos de amos.

    No es el pueblo, sino las elites que se han enriquecido y educado bajo lis europeos los que ahora quieren todo para si.

    Lo que pasa es que solos no pueden: necesitan apelar al “pueblo” y hacer de su causa (egoísta) una causa nacional (patriótica).

    Evidentemente, si yo no fuese europeo y viviese en el Congo Belga, tal vez estaría resentido por la creencia de que los europeos están “robando” “mi país”.

    Lo que yo no sabría decir es si yo viviría mejor con mis pasados amos o con mis nuevos amos (o si seguiría viviendo y no me hubieran matrafo en la guerra o en una hambruna)

    Por eso es un asunto de moralidad el que un país sea colonia o no; pero también que va a pasar con la independencia.

    Las independencia han traído muerte y destrucción a millones de personas.

    El nacionalismo y el marxismo que hay bajo estos movimientos añade sufrimiento a tantos inocentes. No solo por ideología en sí sino también por el odio absoluto que promueven.

    Hoy un progresista dirá que es mejor que el Congo Belga sea independiente, a pesar de todas las guerras, destrucción y muerte que eso ha provocado (dicen que es culpa de las religiones, del coltan y de los diamantes).

    Tambien dirá que es mejor que la gente no prospere y que voten progresista para que reparta la riqueza, otra mentira fuente fe conflictos.

    Sí, el independentismo es pecado mortal.

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