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III Concilio de Toledo

 

El año 589 aún no existía Cataluña. Mas Hispania –o Spania- ya era un reino unido políticamente bajo los visigodos. Y ese año celebraba también su unidad religiosa con la conversión del rey Recaredo a la fe católica en el III Concilio de Toledo. El obispo san Leandro, en la homilía de clausura del Concilio, se dirigía a la Iglesia diciéndole: «Sabes cuál es la dulzura de la caridad y el deleite de la unidad. No predicas sino la unión de las naciones. No aspiras más que a la unidad de los pueblos. No siembras más que semillas de paz y caridad. Alégrate en el Señor, porque no has sido defraudada en tus sentimientos» (PL 72, 895).

Que la Iglesia predique no sólo la unidad propia, sino también la de las naciones, fácilmente escandalizará a los que separan el orden de la fe y el de la política. Pero hay que recordarles que eso es el modernismo –«el católico se debe separar del ciudadano»-, condenado por san Pío X en la encíclica Pascendi. En el orden natural es propio de todos los hombres desear la unión con otros: en el matrimonio y la familia, en la amistad, en la comunidad política… Y es que toda la diversidad de lo creado busca imitar la Unidad divina de donde proviene. Pues bien, todas estas uniones naturales han sido asumidas y santificadas por Jesucristo, que se unió a la naturaleza humana en el seno de la Virgen María. Por eso la Iglesia predica no sólo la unidad entre Cristo y su Esposa –«Ut unum sint» (Jn 17, 21)-, sino también la de los matrimonios y la de las naciones.

¿Puede entonces la Iglesia predicar la división de las naciones? ¿Puede la Iglesia sembrar semillas de enfrentamiento y odio? ¿Puede la Iglesia promover la amargura del resentimiento y la tristeza de la desunión? Es claro que no. La razón es que la independencia es pecado, como enseña santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica (II-II, q.42, a.2). Si el «divorcio» se opone a la unidad del matrimonio y el «cisma» a la unidad de la Iglesia, el pecado que se denomina de «sedición» es el que se opone «a la unidad del pueblo, de la ciudad o del reino». Y añade el Aquinate que como «se opone a la justicia y al bien común, por eso la sedición es, por naturaleza, pecado mortal». ¡Nada menos que pecado mortal! Luego identifica los sujetos de dicho pecado: «El pecado de sedición recae, primera y principalmente, sobre quienes la promueven, los cuales pecan gravísimamente; después, sobre quienes les secundan perturbando el bien común».

Algunos apelan al derecho de autodeterminación de los pueblos, esto es, a decidir libremente. Pero no olvidemos que la libertad humana no es absoluta. ¿Puede acaso un esposo autodeteminarse contra su unión conyugal? ¿Puede acaso un obispo autodeterminarse contra la unidad de la Iglesia? Pues la parte de una comunidad política tampoco. El problema de nuestros días es que se ha perdido la conciencia de pecado y la verdadera noción de bien común, que ha sido sustituida por la absolutización de la voluntad, capaz de ponerse más allá del bien y del mal. En una sociedad divorcista como la actual, ¡cómo no va a admitirse el divorcio entre las partes de una comunidad política!

¿Y en el caso de Cataluña? «Es de justicia que este pueblo pueda decidir su futuro», afirmaba hace pocos días un obispo catalán. Es un hecho que Cataluña forma parte de una unión política superior, que es España. Y esta unión no es resultado de una anexión violenta o de una colonización, sino que se ha forjado durante siglos de forma natural, en el proceso de reunificación de la antigua España visigótica. Más aún, ha sido santificada por la Iglesia. Y Cataluña ha pasado a ser parte constitutiva de España, sin perder por ello sus caracteres distintivos, sus legislaciones propias, su bella lengua y rica cultura, así como su capacidad legislativa, propia de una concepción participativa del poder. Hablar de Cataluña como una «nación» al margen de su hispanidad y su catolicidad históricas es pretender crear un constructo idealista ajeno a la realidad de las cosas. Y promover su independencia es caer en aquel gravísimo pecado de sedición, contrario al bien común.

Decía san Leandro en el año 589 a aquella santa asamblea: «Alégrate en el Señor, porque no has sido defraudada en tus sentimientos». Si bien muchos sentimientos se ven hoy defraudados al ver que se promueve tan impunemente la ruptura de la unidad de España, no obstante hay que seguir alegrándose en el Señor. Al finalizar la homilía concluía san Leandro: «La paz de Cristo destruyó el muro de la discordia, que el diablo había fabricado, y la casa, que por la división se inclinaba a la mutua ruina, es unida por solo Cristo, piedra angular». Así pues, «¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas?» (Pío XI, Quas Primas n.19).

Enrique Martínez

Miembro de la Pontificia Academia de Santo Tomás