Bajo por las Ramblas. Es inevitable pasearse por el lugar que se ha convertido en mediático-global, el morbo puede más y no sólo a mí, sino a miles de personas que llenan el paseo donde, hace sólo 24 horas, había terror y desolación.

Soy un neoturista-masa que se recrea en el espectáculo de otros neo-turistas-masa. Pero en la medida que voy avanzando, empieza a despertar en mí el último resto de inteligencia que me ha dejado tantos años de ver la televisión y asentir las consignas de los presentadores, tertulianos y adoctrinadores.

Me encuentro con tres escenas que permiten reencontrarme conmigo mismo:

peluche.jpg

La primera es una típica agrupación de velitas con flores (que se puso de  moda cuando murió Lady Di). Hasta aquí aún lo puedo entender: las velas y flores tienen ciertas concomitancias religiosas y recuerdan algunos elementos de una iglesia. Pero entre ellas, mezclados, reposan ositos sonrientes y otros peluches simpáticos pero que en ese lugar a mí me parecen tétricos. Fotografiados por turistas-masa con camisetas del Barça. Se me escapa la simbología que ya nos aleja definitivamente de lo religioso o si quiera de lo político. Los peluches ya son parte de un imaginario de reconducción del sentimentalismo, cuyos engranajes se me escapan. 

c33.jpg

La segunda la encuentro en un kiosco, en el que los neo-turistas-masa van colocando post-its de múltiples colorines con frases de los más empalagosas y ñoñas. Decenas de turistas japoneses, entusiasmados, descargan las baterías de sus móviles haciendo fotos. Después de lo de Hiroshima, parecen insensibles a cualquier tragedia y siguen ejerciendo de turistas-masa. Me voy enfadando y eso despierta más mi conciencia de ser humano.

c11.jpg

 

La tercera, y definitiva, que me devuelve a ser quien era antes de empezar el viaje iniciático por las Ramblas, es un grupo que ofrece “abrazos en solidaridad”. La cara de psicópatas manipuladores de los voluntarios que con carteles anuncian abrazos gratis, me retorna por fin plenamente a la mi ser real. Con asombro, contemplo como hay mucha gente que cae en la trampa y corre a que la abrace un desconocido con un chaleco reflectante ante la mirada tierna y complaciente de un corrillo de neo-turistas-masa y alguna que otra lagrimilla neodemocrática.

Estos último me salva definitivamente y decido volver a casa, el último refugio de normalidad en esta ciudad que ha entrado en catarsis. Mi inteligencia ha vuelto a funcionar y reflexiona a toda velocidad para recuperar el tiempo perdido. Se va preguntando ¿es así como derrotaremos al terrorismo islámico? ¿es el sentimentalismo -convertido ya en un  peligroso automatismo- el medio propicio para apaciguar las masas y evitar reacciones sociales no deseadas?

También mi mente se pone a rebuscar en el pasado y le llegan aquellas palabras de una canción de Lluís Llach cuando este aún tenía pelo: “no és això, companys, no és això” (“no es esto, compañeros, no es esto”).  Doy gracias a Dios, pues aún conservo mi pelo sobre mi cabeza y mi racionalidad dentro de ella.

J&B