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El asunto es muy sencillo. La Generalitat de Catalunya mantiene retenidas 44 obras de arte del Monasterio de Sijena. El Corsario Purgamont y su banda de picapleitos en nómina se han pasado por la cresta del Canigó todas las sentencias judiciales que exigían la devolución de un patrimonio que pertenece a Aragón y a los aragoneses, incluidos a Echenique y Luis Roldán.

Pero como al Honorable se le han subido las urnas a la cabeza, y anda últimamente haciéndose el suizo del Mediterráneo, cuando no el noruego o el escocés, no parece que de momento el asunto vaya a terminar amigablemente y en los plazos estableciodos por la Ley. Hay incluso personas que afirman que cada mañana en el helicóptero que le traslada desde la Gerona profunda a la Barcelona turismofóbica, le han escuchado musitar en castellano versos desordenados, mientras se tapaba un ojo con los dedos a modo de pirata intrépido.

Con diez cañones por banda,

viento en popa, a toda vela,

no corta el mar, sino vuela

un velero bergantín.

Bajel pirata que llaman,

por su bravura, el Temido,

en todo mar conocido

del uno al otro confín.

Los aragoneses están que trinan y con razón. No logran entender que no siendo ellos pérfidos y mesetarios capitalinos, sino hermanos de sangre de la Corona Aragón y el mercado más importante que tiene Cataluña, les toreen de esta guisa. Pero mientras los maños se comen las uñas en su injuriosa espera, nuestro Francis Drake de provincias otea el horizonte desde su nave cuatribarrada, abandonándose una y otra vez a sus pensamientos habituales, sin impotarle ya el tiempo ni el espacio, porque Purgamon ya solo fluye:

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

 

Nadie sabe cómo terminará esta historia de Piratas del Caribe casposa. Pero Cataluña en manos de este flipado tiene todos los números para terminar como el Pequod, que no era una barco de filibusteros pero a estas alturas de novela no podemos ponernos tan exquisitos con un glope de Estado a dos meses vista.

Sandra Ventura