La sinopsis de ‘La mujer del cuadro’ nos traslada hasta una zona acomodada de Nueva York en la que los maridos ricos se reúnen en clubes nocturnos para beber, fumar y charlar de lo divino y de lo humano. Esa es la principal afición del señor Richard Wanley (Edward G. Robinson), un almidonado profesor universitario que hace tiempo que ni siente ni padece, acostumbrado a una vida cómoda, sin sobresaltos y, lógicamente, sin emoción alguna.

Una noche, al entrar al club, el señor Wanley se queda prendado de la mujer que aparece en el cuadro de un escaparate. Se pregunta quién será la modelo y pierde la noción del tiempo, para mofa de sus colegas. Al cabo de unas horas, abandona el local con el sueño en el cuerpo —y unas cuantas copas—, y decide echar un último vistazo a la mujer del cuadro. Mientras lo observa de nuevo con la boca abierta, la modelo real aparece a su lado. Resulta ser una chica bastante atrevida (Joan Bennett) que le convence para seguir la velada en casa. Lo que Wanley no sabe es que la chica tiene un amante que se presentará sin avisar e intentará estrangularlo, y que no tendrá más remedio que matarlo.