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Cada vez tengo más claro que el día histórico más importante en los anales de la Cataluña milenaria será aquel en el que, finalmente, los líderes políticos independentistas decidan bajarse del árbol en el que viven, comiencen a caminar erguidos y se planteen usar el pulgar. Mientras eso no ocurra, no dejarán de ser un error evolutivo, unos primates haplorrinos, es decir: monos chulos tipo alfa, mandones y desagradables.

Y no se ofendan, honorables Puigdemont, Junqueras, Tardà, Forcadell y compañía, que no les estoy denostando ni insultando, sólo les ridiculizo un poco. Como persona con criterio me acojo –como hacen ustedes– al Sagrado Dret a Decidir (Decir lo que Pienso y Me Viene en Gana), porque me parece de juzgado de guardia que en su caso puedan poner a parir a todos los catalanes no independentistas, y denigrar hasta el escarnio a todos los españoles, y que nosotros no podamos pagarles del mismo modo. O bien jugamos todos con la misma baraja o aquí se acabó el carbón y que les aguante su santa madre.

Sí, ya sé que nadie debería entrar en este tipo de dinámica descalificadora, que nos rebaja a todos, pero en cualquier caso, tomen nota: las reglas de este juego perverso las vienen marcando ustedes, desde hace más de cinco años. Y a los que lo sufrimos, sólo nos cabe el triste honor del asesinado; ¿es decir, la dignidad de no ser el asesino… Avete capito, amici miei?

Nosotros nos hemos mordido los labios cada vez que han llamado casposos, retrasados, franquistas, tarados, miserables y cosas más gruesas e irreproducibles a cualquiera que no les bailara el agua o les hiciera la ola.

Verán, señores… Nosotros nos hemos mordido los labios cada vez que ustedes han calificado a los españoles de ser unos ladrones, acusando a cualquier jubilado por cobrar 400 ó 500 míseros euros de pensión gracias a su generosidad; hemos callado cada vez que han llamado casposos, retrasados, franquistas, tarados, miserables y cosas más gruesas e irreproducibles a cualquiera que no les bailara el agua o les hiciera la ola; hemos tragado bilis cada vez que han acosado y hundido a familias por solicitar, con sentencia favorable, dos o tres horas más de castellano para sus hijos.

Ustedes han multado y señalado a todo aquel que rotulara su negocio en lengua común y oficial; han denostado símbolos que para muchos son importantes –como el himno, la bandera o la figura del Rey– con saña y encarnizamiento infinito; han dividido a los catalanes, creando dos bandos, el de los demócratas de ocho apellidos y el de los colonos traidores; se han saltado a placer las leyes, las sentencias y dictámenes de todos los tribunales habidos y por haber; han chantajeado al Estado, con astucia y cinismo, e intentan vender a todas horas una superioridad étnica y moral repugnante, de nación oprimida, expoliada, que ha sido despojada incluso de sus logros históricos por una España malévola.

Y todo eso lo hacen carcajeándose, mientras reciben miles y miles de millones de euros del Estado ¿No les da vergüenza, no se les cae la cara a pedazos? ¿Consiguen conciliar el sueño y dormir en paz, siendo como dicen ser muchos de ustedes católicos practicantes y abanderados del amor junquérico universal?

Escuche, señor Puigdemont, si va usted a Llefià, Badalona, a pegarle el rollo al personal, y le abuchean o le silban, aguántese o lárguese. Que todos estamos de usted y de los suyos hasta el gorro y más allá. No es aceptable que Mercè Rius, directora de Calidad Ambiental de la Generalitat (¿calidad ambiental, qué calidad?) cargue contra los que se pitorrearon de su peluca gritando “viva España” y les tilde de fascistas en las redes, mientras considera demócratas a los pocos que le aplaudieron.

Eso es inadmisible. Son ustedes un hatajo de radicales y dan asco ¿Humillar al Rey es democrático, pero silbarle a usted es fascismo? Búsquense un psicólogo argentino. Insulto es, también, aguantar a Anna Gabriel llamando a tomar las calles el día 2 de octubre; escuchar en TVen3 a tertulianas como Àstrid Bierge decir que el referéndum sólo se suspenderá si el Estado empieza a asesinar a catalanes por las calles, o soportar a ese ceporro de Gabriel Rufián llamar canalla al Estado y prometer que dejará de inyectarse langosta y gin-tonic por vía intravenosa y que volverá a Cataluña tras el referéndum. A ver si es verdad, porque no nos merecemos a tanta gentuza. Ojalá algunos logren dejar de ser españoles, porque lo de dejar de ser gilip… será mucho más difícil. Y que conste que no lo digo yo, que se lo reprocha retóricamente Eduardo Reyes, esa luminaria intelectual.

Es igual que MacronMerkel, Bruselas o la Comisión de Venecia evidencien su estulticia y les pongan en un brete, porque ustedes, mezquinos hijos de la disonancia cognitiva, viven, invariablemente, o en el remoto 1714 o en la intangible República etérea de Ítaca, pero jamás en el presente.

Que no es de recibo lo que ustedes hacen, lo han repetido miles de veces miles de personas en miles de medios de comunicación. Por activa y por pasiva. Incluso en latín. Pero ustedes, impertérritos: “¡Adelante con las hachas!” –berrean los descerebrados de Arran por los prados–, “Endavant, endavant, sense idea i sense plan”, que dicen decía Pompeu Gener. Ya nada importa. Cuanto peor, mejor. Es igual que Macron, Merkel, Bruselas o la Comisión de Venecia evidencien su estulticia y les pongan en un brete, porque ustedes, mezquinos hijos de la disonancia cognitiva, viven, invariablemente, o en el remoto 1714 o en la intangible República etérea de Ítaca, pero jamás en el presente. Por eso su labor de gobierno y nada son lo mismo.

No quieren entenderlo. Tienen a más de la mitad de Cataluña en contra. Olvídense, no iremos a votar, no somos de los suyos, no les daremos oxígeno, no legitimaremos su deleznable estrategia frentista. Es más, les sugiero que no se les ocurra siquiera citarnos como suplentes de mesa, porque les coseremos a denuncias. Aquí ya jugamos todos; ustedes, los demócratas, y nosotros, los fascistas. Cuando finalmente se bajen del árbol y se retiren, tendrán aseguradas las bananas para toda la eternidad. Se irán de rositas, lo sabemos. La prudencia del Estado le llevará a recurrir selectivamente esto o aquello, a cuatro inhabilitaciones y sentencias menores, y a poner bajo sus pies un puente de plata. Eso si es que no les dan el oro y el moro, que bien pudiera ser, estando como estamos en manos de pusilánimes.

Pero escuchen, que ya termino… Algún día, en el futuro, medio país, lamiéndose las heridas, les recordará como a los honorables infames que son; los únicos responsables y artífices de la leyenda más negra, pútrida y triste de la historia de Cataluña. Y esta vez, en vez de fin, pongo amén, y así ratifico todo lo dicho.