San Pedro Armengol, un gran converso catalán


 

2.jpg 

La Orden de la Merced dio muchos santos ilustres a Cataluña, especialmente en sus inicios. La vida de San Pedro Armengol es apasionante, pues tuvo una conversión espectacular y tras una juventud turbulenta acabó siendo un perfecto religioso.

Vino al mundo en el año 1258, en la localidad tarraconense de Guardia del Prats. Su familia era noble y tenía triple origen: las dinastías castellana, aragonesa y francesa. El niño fue bautizado por el ilustre mercedario Fray Bernardo de Corbera, que profetizó: A este niño el patíbulo ha de hacerle santo”. Cuando tenía 9 años murió su madre mientras su padre estaba al servicio del rey y el niño quedó bajo el cuidado del mayordomo de su padre, que ya le había educado al mismo Arnaldo. Los años pasaron, y el buen viejo ya no era lo que había sido antes: la ancianidad le había hecho blando como un abuelo, por lo que comenzó a consentir y mimar al jovencito, que descuidó todo deber y responsabilidad. Cuando quiso ponerle remedio, el joven ya estaba metido en líos de juegos, apuestas, pendencias, y rodeado de una camarilla pendenciera.

3.jpgLlegados a su padre los escándalos de su hijo, pidió días licencia en el ejército, se fue a Guardia del Prats, donde amonestó a su hijo, recordándole su linaje y el ejemplo que debía a sus vasallos. Le conminó a enderezar su camino a Dios y le contó la profecía del día de su bautismo, notando que por ese camino tenía el patíbulo asegurado, mientras que la santidad se alejaba. Fingió Pedro arrepentirse y volver a la senda del bien, pero solo volvió su padre la espalda y volvió al frente de batalla, cuando huyó de casa para irse definitivamente con su pandilla, formando una banda de asaltantes, siendo al poco tiempo Pedro el jefe de todos. Y una banda muy peligrosa, por cierto. Durante años robaron, incendiaron, saquearon y dieron muerte lo mismo a pobres que a ricos. Ninguna batida contra los bandidos daba resultado, era imposible apresarlos.

Terminada la conquista de Valencia, el rey Jaime I (23 de julio) pretendió volver a Montpellier, por lo que organizó una acometida organizada contra los bandidos, poniendo al frente precisamente a Arnaldo Armengol. Iba el caballero con gran tristeza, debatiéndose entre el amor paternal y el patriotismo y la justicia. Los desmanes de su hijo eran lo suficientemente conocidos como para otorgarle perdón y no darle su escarmiento. Y llegó el día, la banda fue sorprendida en un valle entre dos montañas y viéndose superada en número por los soldados, emprendieron la huida, menos su jefe, que se enfrentó a los soldados. Poco tardaron en encararse padre e hijo, ambos llenos de la misma furia aunque por causas diferentes.

El padre se lanzó hacia a su hijo y lo hizo rodar por el suelo, sacó su espada y fue a rematarlo, cuando le reconoció. Ambos se miraron y las lágrimas rodaron por ambos ojos, el joven se arrodilló ante su padre y le pidió perdonase su vida aún sin merecerlo. Prometió enmendarse y entrar como religioso para dedicar su vida a la penitencia para siempre. El padre le perdonó la vida, siendo imposible matarlo por sí mismo, pero le llevó ante el rey, para que este hiciese justicia según conviniera. El rey, viendo el dolor del padre y en consideración a este, perdonó a Pedro, con la condición que cumpliera su promesa de vida religiosa en la Orden de la Merced, fundada recientemente por San Pedro Nolasco (6 de mayo), San Raimundo de Penyafort  (7 de enero) y el mismo rey Jaime.

4.jpgEntrado en la Orden, fue un novicio fervoroso, penitente y muy humilde, siempre preocupado por servir a los hermanos y a los pobres. Cuando llegó el momento de cumplir la misión redentora de los mercedarios, marchó a tierras de África a liberar cautivos y quedarse como rehén de los musulmanes si era necesario. En la primera ocasión en que estaba prisionero, Jesús y María se le aparecieron y rompiendo las cadenas le liberaron. En la segunda ocurrió el portento que ha pasado a configurar la iconografía del santo: En 1266 quedó cautivo como rehén, hasta que se pagase el rescate que los moros pedían por 18 cristianos esclavizados. Al no llegar el rescate, los musulmanes le ahorcaron, pero la Santísima Virgen le sostuvo por los brazos, hasta el día siguiente en que Fr. Guillermo de Florencia lo halló en ese estado, dio el dinero y le liberó. El santo conservó toda su vida la marca en el cuello y este torcido como recuerdo permanente de su fallida ejecución. Por este hecho en ocasiones se le llama mártir, pues aunque no murió estuvo dispuesto a ello por Cristo y los cautivos cristianos.

En 1304 regresó definitivamente a España, donde su pasado pecador y su actual vida santificada eran de conocimiento público fue recibido clamorosamente. Pero él, rechazando honores y triunfos, se retiró al convento de Santa María de los Prados, Tarragona, donde murió en 1277, a 27 de abril. Allí fue sepultado, aunque las reliquias se trasladaron posteriormente a su parroquia natal de Guardia del Prats. El 18 de abril de 1683 Inocencio X le canonizaría.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s