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Querido Ignacio:

No tuve el honor de conocerte. Ignoro cuáles fueron tus creencias, tus filias y tus fobias. Y me da igual. Pero hoy, cuando la prensa ha confirmado tu muerte en los atentados islámicos de Londres, me siento obligado a escribirte esta carta para, además de lamentar tu fallecimiento y expresar mis condolencias a tu familia, agradecerte tu heroico comportamiento.

Aunque los telediarios han pasado de puntillas sobre tu valentía al enfrentarte a la morisma asesina armado solamente con tu monopatín, tu gesto trasciende la simple anécdota y salva la dignidad de nuestro Pueblo.

Gracias por no dudar en arriesgar tu vida para defender a la mujer que estaba siendo apuñalada por los musulmanes terroristas. En este tiempo en el que el buenismo estúpido y endófobo se ha convertido en dogma, tu valentía generosa se convierte en una acción doblemente heroica.

Gracias por comportarte como un caballero español en un tiempo y en un lugar en los que la cobardía y la sumisión ante culturas hostiles son aplaudidas y elogiadas por una prensa y unos políticos de letrina.

Gracias porque el nombre de España se haya asociado, por una vez, a la única actitud digna que se puede adoptar ante los que tiñen de sangre las calles de Europa mientras sus costumbres bárbaras nos son impuestas y financiadas por unos gobernantes genuflexos y acobardados.

Gracias por devolvernos la fe en nuestro Pueblo, tan envilecido y encanallado por ideologías disolventes y suicidas.
Tu nobleza y tu sacrificio han puesto de manifiesto que todavía hay españoles dignos de ese nombre y que la “memoria histórica” no es esa pestilente charca de bilis con la que una piara de resentidos intenta borrar sus crímenes, derrotas y complejos. La verdadera memoria histórica es la voz de la sangre guerrera de un pueblo que forjó su identidad a lo largo de ocho siglos de lucha contra el invasor musulmán.

Gracias porque, en esa jornada trágica, tu humilde monopatín fue una espada de heroísmo y nobleza frente al fanatismo y la iniquidad.

Sé que hoy, Ignacio, los héroes de las Navas, de Lepanto y del Rif te han acogido entre sus filas eternas como a un nuevo compañero de armas.

J.L. Antonaya