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Frente al nuevo local de la librería No Llegiu, uno de los ejemplos más evidentes de que el Poblenou no está perdido, está Fruites Pilar. Llama la atención por su aspecto anacrónico. Pilar Pont tiene 74 años y hace 45 que baja al barrio a diario a vender la verdura de su cosecha, en Arenys. “Primero estábamos alrededor del mercado. Todo éramos payeses. Después entramos dentro, y con la reforma, nos tocaba volver a comprar el puesto y no me salía a cuenta. Me faltaban dos años para jubilarme, así que encontré este otro local, muy cerca, en el que conservaba a la clientela, y me mudé“, explica Pont, la última payesa -la última mujer que vende su propia cosecha- del barrio.

Le faltaban dos años para jubilarse, pero lleva 10 más. Justo por esa vida de barrio, que tanto atrapa y que, pese a todo, sigue viva. “Las clientas me dicen que no me vaya, que qué van a hacer. Hay que son hasta terceras generaciones”, relata.  Justo en el local de al lado de la pequeña verdulería de Pilar, una tienda de ropa con el cartel en inglés. Solo en inglés. ‘These Things Barcelona. Clothes and Others’. Los dos Poblenous, pared con pared. Dos realidades que se cruzan a diario, casi a todas horas, en la Rambla, en forma de señoras arrastrando carros de la compra o charlando en sus características placitas, y turistas arrastrando maletas (y muchas veces fotografiando a las primeras).

El comercio de proximidad es siempre una de las primeras víctimas en los procesos de gentrificación. De las más evidentes, además, ya que están a pie de calle. Cierran droguerías y ferreterías y abren tiendas de ‘muffins’ o de productos bio. “Nos sentimos colonizados por la tontería. Desaparecen los comercios de toda la vida y con el cadáver de la anterior tienda te hacen un bar moderno, ‘vintage’“, ironiza Àlex Lerís, propietario de la librería Etcètera. Su esposa, María Payés, también al frente de la librería de la calle de Llull, se muestra preocupada