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El interminable proceso separatista está en punto muerto y presumiblemente no nada pasará nada de trascendencia antes del verano, tiempo para que descansen sus señorías y mediten como seguir vendiendo un imposible y prolongando su agonía en el tiempo. Ya están preparando la escenografía otoñal y generando una falsa euforia que no se la creen ni ellos.

Carles Puigdemont quiere convocar el referendo separatista para el 1 o el 8 de octubre. Pretenden poderlo anunciar a principios de septiembre, en vísperas de la Diada para levantar un poco la moral de la tropa, un tanto alicaída con las inhabilitaciones y el consiguiente miedo a firmar de los políticos separatistas.

El portazo internacional ha supuesto un duro golpe para la moral de muchos ilusos que creían que alguien de fuera se mojaría por este sinsentido y en nombre de la democracia les defendería de la supuesta cerrazón del Estado. El apoyo es ridículo y marginal sin ningún peso político en el concierto internacional.

El referéndum es un nuevo engañabobos. Podrán convocarlo pero no celebrarlo y así se justifican de cara a la galería con el victimismo de siempre. Nadie se va a mojar, ni los cargos públicos que no firman ya si se les toca el bolsillo, ni los funcionarios que ya no quieren hacer el panoli. Puigdemont intuye que en esta ocasión habrá fuerte presencia policial en Cataluña.