“Marcartismo democrático” en la Catadisney de los gandhis dandies


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La increíble confesión del exmartir, exjuez y exsenador Vidal, ha puesto de manifiesto que en la Catadisney en construcción, antes que Hacienda propia y guardacostas, ya disponemos de siniestras cloacas por mandato democrático, por no decir demoniaco. Dichas catacumbas -en las que habitan personajes conspiranoicos y tronados-, son los agujeros negros que fagocitan sin rubor millones de euros en informes, sueldazos y subvenciones a la “sociedad civil” separtatista. En este submundo que ahora ha salido a flote, se realizan labores tan opacas, que ya nadie duda que pisotean toda legalidad jurídica, ética e histérica. Miedo empiezan a dar estos aprendices de la Securitate arancelaria. También asco e indignación, al comprobar dónde han ido a parar los 75.000 millones de euros de deuda pública que tiene Cataluña.

Desde hace décadas, y sin que nadie abriera la boca, en Cataluña se ha instuticionalizado un “macartismo” que lentamente ha penetrado en todos los ámbitos de la vida pública y privada. El regusto por las taxonomías patrióticas, de “buenos” y “malos” catalanes, es una afición compartida por todos los inquilinos micronacionalistas del Bunker de la Plaça Sant Jaume. De esta forma, además de pasar revista a las tropas disponibles, se promocionaba sin error posible a los adictos al Règim. El ascensor social en Cataluña apestaba a ceballuts y gente de la colla pesigolla. Para el resto de los no computables, una sonrisa complaciente y, de vez en cuando, algún cameo en los atriles del Règim para cubrir el expediente de sociedad plural. Tot plegat poca cosa.

En la época del Gran Patriarca, catalán era todo aquel que «vivía y trabajaba en Cataluña”. Pura filfa y verso libre gratuito del gran evasor de la Bonanova. El pujolismo de esos días, ponía y quitaba a directores de su televisión, a periodistas de la prensa amiga, financiaba a La Crida o al soporífero Rock Català, cultureta de autoconsumo y primera “estructura d’Estat” simbólica del secesionismo. A su vez, se iría tejiendo toda una trama empresarial comisionada , que llenaba cuentas personales y financiaba el voraz apetito de Convergència, que durante dos décadas mantuvo la hegemonía política y moral en Cataluña mientras en Madrid se hacían los suevos.

Con la llegada de Pasqual Maragall, la gran esperanza blanca para desterrar al pujolismo de una vez para siempre, Carod-Rovira y su cuadrilla incrustada en el tripartit, también tirarían de listas negras para premiar a los periodistas de la cuerda y silenciar a los díscolos. La publicación de un informe sobre la prensa a escasos meses de tocar moqueta, pronto sería desmentido por los sospechosos habituales. Nadie dudó entonces de la autoría del mismo, porque todo seguía igual. Todo no: tras la aventura tripartit, el PSC perdió la cabeza y Montilla terminó sus días escondido en el Senado.

Con Artur Mas, la paranoia alcanzó parámetros de escándalo. El departamento de Presidencia, invirtió 16000 euros en un informe donde discriminaba a periodistas en cuatro categorías: soberanistas, españolistas, federalistas y “sin identificar”. Con la irrupción del pancarteo y la pataleta televisada, ya nadie pudo ocultar las listas en las que se analizaba el posicionamiento político de intelectuales, profesores universitarios, deportistas y personas públicas.

Mientras la casta separatista se presenta como los verdaderos demócratas, perseguidos por fanáticos e intolerantes españoles, o por catalanes traidores, hay que empezar a tomar conciencia de que en Cataluña “todos estamos fichados” por los discípulos aventajados de Gandhi, tan puros y castos ellos, que hasta sus ventosidades destilan Chanel Nº 5. Los de la CUP, para guardar las distancias y ensanchar la base social, a pachuli e incienso de pino escandinavo.

Sandra Ventura

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Categorías:POLÍTICA

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