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Artículo publicado en Economía digital.

El Minotauro de ojos tristes vuelve a rizoma catalán. El aislamiento de los taurinos catalanes sin fiesta es más solemne que el silencio sevillano de los Maestrantes. El derecho al pataleo se ejercía hasta hace poco en las tertulias de Casa Leopoldo, en pleno Raval, y en la barra de Los de Gallito y Belmonte (un bar de peña que sobrevive junto a la Boquería), donde una minoría embravecida se arroja a largos y chicuelinas.

No es ningún remake sobre los tumbos de Pierre de Mendiargues en la entraña de la Barcelona canalla ni un asunto menor, que pueda despacharse con dos citas de Hemingway. Hace ya tiempo que los aficionados catalanes han bajado la voz y solo resucitan en los actos de la Unión de Taurinos Aficionados, en los accesos personales a la web Burladero.com o menudeando las librerías que, haciendo frente a la limpieza cultural nacionalista, se atreven a exponer las entregas de Editorial Bellaterra.

Ahora llega una sentencia del TC contraria a la decisión del Parlament de prohibir los toros en el 2010. Y el fallo coincidirá probablemente con un libro-homenaje a Chamaco, el diestro que hechizó a los aficionados del medio siglo. Mientras la política mueve al mundo, la herida de la fiesta se restaña en los salones con glorieta del Eixample modernista, donde menudean las reuniones privadas de corte barroco y cita del Cossio.

Nunca como ahora había dado para tanto aquella enciclopedia del académico José María del Cossio, que fue bautizada por Díaz-Cañabate como la “Biblia del Toreo”. Allí, bajo los artesonados, reina la nostalgia; se habla del último coche negro con la cuadrilla del Litri saliendo del Ritz camino de la plaza, de las amistades peligrosas del Manolete entre los hoteleros de postín o de una alternativa sonada a manos de Juan Belmonte.

La fiesta se celebra en Céret

Pero el refugio actualmente más excitante de los taurinos catalanes son las excursiones a Céret, cada 14 de julio, fiesta nacional de Francia. En aquella plaza rondeña (por la intimidad de sus gradería), se vive de lleno la fiesta, jalonada con alguna versión puntillista e improvisada del Himno de Riego y a los campases de Santa Espina, en el momento del paseíllo.

Los diestros entran en el coso tocados con un gorro frigio (barretina) y el público se pone en pie al tercer toro para escuchar Els Segadors. Allí se escuchan odas ahogadas a una patria dispuesta a olvidar a algunos de sus mejores hijos.

Cada vez que hay cita en Céret se repite la misma liturgia: unos cuantos días antes de la corrida, corre la voz por lo bajini en barras, galerías de arte y mentideros; finalmente, a cuatro horas de coche, los fines de semana del Midi se llenan de color. Céret, la Cataluña taurina, acoge la ceremonia que dura dos días, sábado y domingo; con cuatro corridas, dos de novilleros y otras dos de matadores.

El dinero manda en las corridas

Decía Chaves Nogales que para ser taurino no se podía ser socialista-materialista, por la altura espiritual de la corrida; pero, desde luego, nunca pudo negar que los tendidos de España estuvieran (y están ahora) plagados de rojos.

Barcelona, la ciudad quemada, es la tríada de Manolete, Chamaco y José Tomás. Desde que el negocio taurino dijo adiós sin condiciones, se ha perdido el core business de la corrida -ganaderías y plazas- y se ha esfumado el negocio indirecto de la fiesta. Balañá y Toño Matilla no quieren ni oír hablar de la vuelta quizá porque el lucro cesante les ha comido la moral y también porque el dinero tiene otro antojos, siempre más lucrativas.

La cultura del toro se mantiene; parece inmutable, como cuenta el texto de Antonio González, Bous, toros y braus. La ciudad antesala de Tánger, que recogió del despojos del autoexilio de Bowles, Keruak o Barrougs, fue la de los domingo a las cinco de la tarde coloreados por Chamaco, aquel entrañable tremendista que le gano el pulso de la popularidad al mismísimo Kubala.

El recuerdo de José Tomás

Antes de la prohibición, el 7 de junio de 2007, tuvo lugar el destello fugaz de Salvador Boix, músico, humanista y apoderado de José Tomás. Boix cumplió; trajo a Tomás a la Monumental y aquella tarde de color y fuego, digna de los pintores fovistas, abrió las puertas de un camino mucho más denso. Después, en una de sus numerosas vueltas, Tomás mató a seis toros en Nimes.

Corrochano y Joaquín Vidal tuvieron el tiempo justo de dejar su música hecha letras detrás del estoque. Y para después de las despedidas, quedó negro sobre blanco otro libro casi legendario, De Nimes al cielo, que hoy figura en los anaqueles de la resistencia.