Un opúsculo —editado en 1932— redactado por un gerundense de pro, Joaquín Vila, nos ofrecen datos más que interesantes. Por él sabemos que las primeras corridas celebradas en la Ciudad Condal se fechan entre 1554 y 1560. También el siglo XVII fue pródigo en espectáculos taurinos barceloneses en improvisadas plazas de madera.
En Lérida se organizaron corridas en 1585; en Reus y Tarragona, en 1733 y 1769, respectivamente. Sin embargo, será el siglo XIX, el de las agitaciones románticas, el que impulsará la edificación de las plazas de toros catalanas. Dejando a un lado la historia de las tres plazas barcelonesas por demasiado conocida, tenemos que Tarragona inauguró su plaza en septiembre de 1883, con Lagartijo y Frascuelo; la bella placita ríe Olot se inauguró en julio de 1859. La de Figueras, en 1894; la de Gerona, en octubre de 1897, con Mazzantini y Villita. Muchas de estas plazas han desaparecido, como la de Sabadell, inaugurada en 1885; la de Mataró, en 1894; la de Vich, en 1917.
El opúsculo nos da muchas noticias de los toreros y subalternos catalanes, como del matador Eugenio Ventoldrá (elogiado, por cierto, por don Adolfo Marsillach, abuelo del popular actor y gran periodista barcelonés), o del formidable picador Badila, un valeroso tortosino que figuró en la cuadrilla de Guerrita.
El libro de don Joaquín Vila termina con estas palabras, que hacemos nuestras: «La recopilación de los mencionados datos no tiene otro fin que desmentir rotundamente a los que ¡de una manera injusta han considerado siempre a Cataluña como antitaurina y demostrar con pruebas concretas que en las cuatro provincias catalanas persiste la afición al incomparable arte que tan alto elevaron Joselito y Belmonte.»
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