Así fue la revolución militar que comenzaron los Reyes Católicos y culminó con los Tercios españoles


Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán

Pocos personajes de la historia de España está tan mitificado como Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y a la vez resulta tan desconocido más allá de los tópicos de serie. Incluso su aspecto físico está basado en construcciones posteriores, más propias del romanticismo que del periodo en el que vivió. Con frecuencia se habla del castellano, que ejerció como general durante las campañas italianas que realizaron los Reyes Católicos a finales del siglo XV, como el fundador de los Tercios o la persona que dio forma a su germen. Sin embargo, sus peones no eran técnicamente  soldados de los Tercios, que se organizaron como tal ya durante el reinado de Carlos V.

La llamada ordenanza de Génova (1536) en su tercer párrafo menciona por primera vez la palabra tercio y da instrucciones sobre su estructura y sus requerimientos de pago, aunque es posible que el origen de la infantería se remonte a 1534, cuando el Emperador Carlos V dio orden de reorganizar las compañías que la Corona española mantenía en Italia. Se cree que su nombre hace referencia a que los tercios estaban conformados por 3.000 hombres, pese a que rara vez se cumplía este patrón, o bien al hecho de que los soldados se repartían originalmente en tres grupos: un tercio armado de picas, otro de escudados, y un tercero con ballesteros.Se cree que su nombre hace referencia a que los tercios estaban conformados por 3.000 hombres, pese a que rara vez se cumplía este patrón

Sobre el papel, cada tercio estaba conformado por entre 2.500 a 3.000 soldados –aunque la cifra solía ser muy inferior– bajo el mando de un solo maestre de campo,  nombrado directamente por el Rey, que era capitán efectivo de la primera compañía de las doce disponibles. Segundo en rango estaba el sargento mayor, que, además, era capitán de la segunda compañía. El resto de las compañías, cada una de 250 soldados, estaba a las órdenes de distintos capitanes. Al alistamiento efectuado por cada capitán se presentaban antiguos veteranos, labriegos, campesinos, hidalgos, etc.

¿Un genio de la guerra?

Gonzalo Fernández de Córdoba concentró su carrera militar en cuestión de una década. A las guerras italianas acudió bordeando los cincuenta años siendo un segundón de una familia noble andaluza y con una cuestión no militar, su intervención en las negociaciones con Boabdil para rendir Granada, como hecho más notorio de su biografía. En la península vecina, en cualquier caso, mostró el genio militar que llevaba dentro en batallas tan destacadas como Ceriñola o Garellano, asimismo tuvo tiempo de luchar contra  los turcos en Cefalonia. Sus principales méritos fueron sacar el máximo potencial a una infantería que era inferior en número a su enemigo francés, adoptar tácticas novedosas en los campos de batalla y alentar el empleo sistemático del arcabuz.

Ahora bien, lo que resulta más difícil de calibrar es cuál fue su influencia en la revolución militar que se desarrolló a principios de la Edad Moderna. Como señala el hispanista Henry Kamen en su obra «Poder y gloria: los héroes de la España Imperial» (Austral), el primer obstáculo para responder a esta cuestión es la falta de obra teórica del castellano: «Sus victorias hablan por sí mismas. Pero los cronistas de la época, que eran los mejor situados para juzgar sus éxitos, no mencionan que Gonzalo introdujera innovación alguna en formación de tropas o materias relacionadas con las armas de fuego».

El Gran Capitán encuentra el cadáver de Luis de Armagnac
El Gran Capitán encuentra el cadáver de Luis de Armagnac

Según aprecia el autor del siglo XVI Diego de Salazar en «Tratado de Re Militari», Fernández de Córdoba sí entrevió una infantería que se parecía mucho a los tercios: un escuadrón dividido en doce compañías de quinientos soldados. Dos de ellas, solo de piqueros; el resto formadas por rodelas, dardos y cien arcabuceros. No obstante, nada indica que  esta idea del Gran Capitán fuera llevada a la práctica y, siendo justos con los hechos, hasta la batalla de Bicoca (1522) no se puede apreciar un uso decisivo y sistemático de las armas con gran potencia por parte de la infantería española. Esto es, quince años después de que el Gran Capitán abandonara Italia. 

En opinión del historiador René Quatrefages, autor de «La Revolución Militar Moderna. El crisol español», si hay alguien al que se le puede atribuir crear el germen de los tercios es a los Reyes Católicos, quienes impusieron «el modelo suizo» en sus ejércitos como evolución de lo que había ya funcionado en la fase final de la Reconquista, incluida la presencia de arcabuceros. En el primer contingente enviado a Italia se aprecia la preferencia de los reyes por la infantería, con cinco mil infantes frente a solo seiscientas lanzas de caballería. 

La ordenanza de 1496 sentó, según Quatrefages, «las bases de la organización de esa administración militar que permitió a España crear, enviar y mantener ejércitos y armadas en los cuatro confines del mundo cristiano a lo largo de muchos decenios». 

Las innovaciones organizativas no fueron así fruto de la experiencia italiana, sino de unas órdenes muy concretas dictadas desde España previamente. En 1504, los Reyes Católicos extendieron las órdenes anteriores al resto de sus fuerzas militares, presentes tanto en España, Italia como en el norte de África. La «nueva infantería» pasó de ser un contingente provincial a una fuerza relativamente homogénea. Esta fuerza en constante evolución fue  lo que recibiría Carlos V y convertiría en lo que serían los Tercios. 

El aumento de la potencia de fuego

El Gran Capitán nunca fundó, organizó o encabezó los Tercios, pero sí puso énfasis en el uso de la infantería española. La principal infantería que tuvo a su mando en Italia fueron los llamados peones castellanos, en gran parte veteranos de la Guerra de Granada, donde ya había sido habitual la combinación de picas, arcabuces, ballestas y espadas roperas. 

La infantería española sufrió en sus primeros choques contra los disciplinados bloques de piqueros suizos, pero pronto aportaron varias novedades tácticas que desarbolaron estos cuatros. Armados con rodelas (escudos pequeños) y espadas, la infantería española se infiltraba entre las filas de los piqueros enemigos y combatían cuerpo a cuerpo durante el choque de vanguardias, donde las picas españolas las solían sujetar los alemanes, de mayor altura.

Tercios marchando en formación durante la batalla de Nieuport, en 1600.
Tercios marchando en formación durante la batalla de Nieuport, en 1600.

Pero, sin duda, el gran hecho diferenciador de la infantería española fue la importancia que cobraron las armas a distancia en combinación con las picas. La introducción de las alas de ballesteros, y con el tiempo los arcabuceros, obligaban a los muros de piqueros a defenderse más allá de su frontal.  El Gran Capitán comprendió antes que nadie, desde luego antes que sus adversarios, la importancia de las armas de fuego y puso los cimientos para que los «españoles adoptaran las armas de fuego mucho antes que los franceses, los ingleses o los italianos», en palabras del historiador británico Charles Oman («A History of the Art of War in the XVI Century»).La introducción de las alas de ballesteros, y con el tiempo los arcabuceros, obligaban a los muros de piqueros a defenderse más allá de su frontal

Con el paso de los años, los ejércitos hispánicos fueron incrementando el número de arcabuceros hasta alcanzar más de la mitad de todos los efectivos de sus fuerzas. El Gran Duque de Alba fue quien añadió a la ecuación los mosquetes, de mayor alcance y precisión, en la infantería española. En la primera operación que encabezó hacia los Países Bajos ordenó entregar a cada compañía quince mosquetes, que debían hacer fuego apoyados en una horquilla hecha con madera de espino. 

«Únicamente arriesgaría mi persona, mi imperio y todos mis bienes al valor de sus mechas encendidas», se le oyó pronunciar a Carlos V en una ocasión. El número de mosquetes y arcabuces fue aumentando progresivamente a lo largo de los siglos XVI y XVII.

El enorme prestigio dentro y fuera de la península de la infantería también fue consecuencia de la aventura italiana del Gran Capitán. A partir de estas campañas cada vez más nobles españoles aceptaron combatir a pie, junto a esta pujante infantería. Ese año, 1503, apareció el término “ynfante” en la contabilidad militar como nueva denominación de los peones castellanos.

César Cervera en Abc



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