Cuando Barcelona pudo ser dinamitada (por los republicanos)


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Con Barcelona a punto de caer en manos del ejército franquista, un asesor militar soviético ordena dinamitar los puntos neurálgicos de la ciudad, incluidos los túneles del metro. No importa el número de víctimas. El conseller de Abastos de la Generalitat, Miquel Serra i Pàmies, dirigente del PSUC, asume la operación con el propósito de boicotearla. Y lo consigue, jugándose la vida y huyendo de Barcelona cuando ya las tropas de Franco entran por la Diagonal. En el exilio de París, los servicios secretos estalinistas lo reclaman y una vez en Moscú lo detienen y someten a juicio. Es acusado de traidor, de minar la resistencia y de desobedecer las órdenes. Lo intentan recluir en Siberia, pero se escapa. Llega a Japón, y de aquí a Chile y finalmente a México. Una historia de película, al estilo de ¿Arde París?, donde un alto militar también desoye las órdenes de Hitler de dinamitar París. Una historia que de momento ha inspirado la novela ¡Quemad Barcelona! (editorial Destino), de Guillem Martí, a la espera de que los historiadores digan al última palabra.

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Guillem Martí

Una historia que empezó a conocerse en 1980 cuando Josep Serra i Pàmies, hermano del conseller, publica Fou una guerra contra tots. Guillem Martí, bisnieto de Josep, conoció esos detalles cuando con 16 años se propuso hacer su trabajo de investigación del bachillerato sobre este tema. Y aunque lo suyo es la economía y el derecho, posteriormente volvió ya de forma más seria con un relato histórico publicado primero en la Revista de Catalunya y luego en Barcelona metròpolis. Ahora, ha optado por la ficción con un relato sobre los diez últimos días de la Barcelona republicana que acaban con el enfrentamiento a vida o muerte entre Serra i Pàmies y el supuesto agente soviético Yuri Lazarev en los locales de La Canadenca, la emblemática fábrica de las tres chimeneas del Paral·lel. Una opera prima donde se mezclan historias de amor con una pugna en clave de thriller y con escenarios tan conocidos como el hotel Majestic, el refugio 307 del Poble Sec, el Palau de la Generalitat o La Canadenca, puntos del recorrido que ayer Guillem Martí hizo en compañía de la prensa para presentar su libro.

Martí reconoce que quedan muchos flecos por aclarar y tampoco se atreve desmentir una supuesta exageración o a responder a la versión del coronel Manuel Tagüeña cuando también dice en sus memorias que recibió consignas de sabotaje y no les hizo caso. “Yo he escrito una ficción para el gran público, ahora hace falta que se abra una investigación para explicar por qué el nombre de Miquel Serra i Pàmies ha sido borrado de los libros de historia”. Martí aporta como pieza clave una carta enviada por Miquel a su bisabuelo Josep. Y un hecho del que no existe documentación por el momento: el juicio al que fue sometido Miquel Serra en Moscú. Quizás algún día aparezcan las actas, cuando se desclasifiquen todos los documentos. Se sabe que Miquel escribió unas memorias donde explica los siete meses de juicio en Rusia, pero luego destruyó el original. y renunció a los 5.000 dólares que le ofrecía una editorial americana. Ninguno de sus familiares podrá aportar datos porque apenas supieron nada de lo sucedido durante la guerra. Cuando uno de los nietos viajó a Barcelona al ver un retrato del presidente Companys sólo pudo decir: “¿Y este quien es? En casa teníamos un retrato suyo y el abuelo nos decía que era un amigo”. Miquel Serra nunca volvió del exilio.

Guillem Martí, autor de esta obra sobre la guerra, en el refugio de Poble Sec donde se escondían de los bombardeos los protagonistas

Guillem Martí, autor de esta obra sobre la guerra, en el refugio de Poble Sec donde se escondían de los bombardeos los protagonistas (Propias)

La novela de Guillem Martí arranca de una carta verídica que Miquel Serra i Pàmies, exconseller del PSUC, envía a su hermano Josep el 22 de junio de 1949. En ella le cuenta que pocos días antes de la caída de Barcelona hubo una reunión entre dirigentes del PSUC y del PCE y militares de demoliciones donde un enviado del Komintern soviético transmitió la orden de destruir la ciudad, evacuar y dejar tierra quemada. “Se acordó empezar la destrucción de fábricas, todas las instalaciones del puerto, la Barcelonesa de la calle Mata y la térmica de Sant Adrià y finalmente volar los túneles del metro. (…) Aseguraban que con la voladura del metro se destruiría una cuarta parte de Barcelona. Los reunidos estaban sorprendidos de la magnitud de la empresa, pero todos asentían a las órdenes. Yo tuve un golpe de audacia, dije que tenía que ser un civil con responsabilidad política el que decidiese el momento. Todos estuvieron de acuerdo y empezó la preparación. Mi tarea en apariencia entusiasta y decidida fue dilatoria. La reunión de los técnicos era continua. Errores de direcciones y todo lo que te puedas imaginar. Mientras me jugaba la vida no se destruya nada…”. Serra i Pàmies alega que era un crimen civil y no un acto militar que podía haber “ocasionado la muerte a unos doscientos mil ciudadanos”.

 

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