Intervención de soldados catalanes en el Saqueo de Roma, por Cesar Alcalá


En el Saco de Roma, frente a la barbarie lansquenete, la única iglesia que no saqueada fue San Juan de Letrán. Esta se salvo gracias a la intervención de unos soldados catalanes, según el testimonio de Rafael de Llanza. En este trabajo vamos a intentar dar luz al suceso y las repercusiones éste tuvo. Es una página de la historia de España que ha pasado desapercibida y que merece ser relatada

Introducción

Uno de los acontecimientos históricos que más repercutieron en la política española con el Vaticano, durante el reinado de Carlos V, fue el Saqueo de Roma. Tropas comandadas por el condestable de Borbón, asaltaron y saquearon la ciudad de Roma. Como escribió Erasmo de Rótterdam: Roma no era sólo la fortaleza de la religión cristiana, la sustentadora de los espíritus nobles y el más sereno refugio de las musas; era también la madre de todos los pueblos. Porque para muchos Roma era más querida, más dulce, más bienhechora que sus propios países. En verdad, este episodio no constituyó sólo el ocaso de esta ciudad, sino el del mundo. La única iglesia que no saqueada fue San Juan de Letrán. Esta se salvo gracias a la intervención de unos soldados catalanes, según el testimonio de Rafael de Llanza. En este trabajo vamos a intentar dar luz al suceso y las repercusiones éste tuvo. Es una página de la historia de España que ha pasado desapercibida y que merece ser relatada.

Testimonio de Rafael de Llanza y de Valls

Rafael de Llanza de Valls Perpintiey Hurtado de Mendoza, nació en Can Mayans, casa pairal de la familia Llanza situada en Vilassar de Mar (Barcelona), en 1772. Fue el hijo mayor del matrimonio formado por Rafael de Llanza Perpintiey y Catalina de Valls y Hurtado de Mendoza. En el año 1786, cuando contaba solamente catorce años, solicitó y obtuvo la plaza de cadete de infantería, ingresando en el regimiento de Guadalajara. En octubre de 1787 obtuvo el ascenso a subteniente de bandera. En agosto de 1791 ascendió a segundo teniente. En noviembre de 1793 ascendió a segundo teniente de granaderos del regimiento de Guadalajara.

El 7 de marzo de 1793, la Convención francesa declaró la guerra a España. La conocida como Gran Guerra, al menos en Cataluña, se convirtió en un movimiento anti-francés. El ejército español, dirigido por el capitán general de Cataluña Antonio Ricardos[1], inició las operaciones militares el 17 de abril de 1793. Cruzó la frontera francesa y avanzó por la Cataluña norte, esto es, por el Rosellón. Ahora bien, sin los efectivos y sin los recursos suficientes, no pudo atacar Perpinyà. Una vez pasado el invierno, el contraataque del ejército francés, les permitió a estos recuperar no sólo los territorios ocupados, sino que cruzaron la frontera y ocuparon la Vall d’Aran, la Cerdaña, el Alto Urgell y el Ampurdán.

Manuel Godoy no hizo ningún esfuerzo para ayudar a Cataluña en su lucha contra los ejércitos franceses. Podemos decir que dejó a Cataluña a su suerte. Esto hizo que el pueblo catalán se movilizara, creándose la Junta General del Principado. Gracias al cuerpo de voluntarios, se pudieron recuperar los territorios conquistados por el ejército francés. La guerra acabó con la paz de Basilea, firmado en el año 1795.

Rafael de Llanza, con una columna de granaderos, operó en Cataluña durante la guerra con los franceses. Debemos destacar su ejemplar intervención en la acción de Bañuls, donde sostuvo la retirada de la columna, por lo que fue citado en la orden general del ejército. Ascendido a primer teniente con el grado de capitán, en el año 1795 fue ascendido a sargento mayor de un tercio de voluntarios que se organizó en Berga, el cual mandó durante todas las operaciones emprendidas para recobrar la Cerdaña española y conquistar la francesa. El tercio comandado por Llanza se distinguió en la toma de Puigcerdá.

La paz de Basilea, en vez de pacificar los ánimos, provocó que Cataluña se enfrentara, en dos ocasiones, 1796-1801 y 1804-1808, con Inglaterra. El regimiento mandado por Rafael de Llanza fue designado a incorporarse al ejército de Galicia, tomando parte en la defensa de El Ferrol. En 1801 pasó, con su regimiento, a Portugal donde, sucesivamente, ascendió a primer teniente de granaderos, ayudante mayor y, en noviembre de 1805, a capitán de granaderos.

Con el regimiento de Guadalajara marchó, en 1806, hacia el reino de Etruria. En 1807 se unió a la división española del Elba mandada por el capitán general de los Reales ejércitos Pedro Caro y Sureda, marqués de la Romana. Con ella tomó parte en la conquista de la Pomerania sueca y asistió al sitio de Stralsund, donde tuvo el mando de la tropa española que abrió la trinchera en la noche del 15 de agosto de 1807.

Una vez finalizado el sitio de Stralsund, se trasladó con todo el regimiento a la isla de Zeeland. En julio de 1808, estando todavía en Zeeland, recibieron la noticia del levantamiento de España contra los franceses. Después de negarse a jurar fidelidad a José Bonaparte, José I, al igual que todos sus compañeros de regimiento, trató de volver a España para tomar parte en la guerra de la Independencia. El regimiento fue perseguido por las tropas danesas. Fueron hechos prisioneros y conducidos a Francia, donde, después de disolverse el regimiento, los encarcelaron.

Napoleón Bonaparte formó un cuerpo de voluntarios, con la división española del Elba mandada por el marqués de la Romana, obligándolos a tomar parte en la campaña de Rusia. Sobre las vicisitudes vividas en Rusia hablaremos posteriormente.

Finalizada la campaña de Rusia, con el grado de comandante, confirmado por real decreto de 6 de agosto de 1816 por Fernando VII, Rafael de Llanza decidió dejar las armas y volver a su hogar. Tenía, por aquel entonces, 41 años. Era el año 1813. Tres años después, como hemos visto, le fue ratificado el grado de comandante y, en agosto de 1819 se le concedió el retiro militar. A lo largo de sus años como militar le fue concedida la cruz de San Hermenegildo y la Estrella del Norte, distinción creada para premiar a todos los oficiales y soldados que tomaron parte en la expedición del marqués de la Romana.

Instalado, de nuevo, en Can Mayans, contrajo matrimonio con María de los Dolores Esquivel y Hurtado de Mendoza. Rafael de Llanza heredó Can Mayans en el año 1820. Del matrimonio nacieron tres hijos: Rafael, Benito y María de los Dolores de Llanza y Esquivel. Su mujer, doña María de los Dolores, falleció como consecuencia del tercer parto. Rafael de Llanza falleció en Can Mayans en 1833, como atestigua su partida de defunción: D. Rafael de Llanza y de Valls, Tinent Coronel dels Reals exercits, ed. 62 anys, Vdo. De Dª Dolores Esquivel, fill de D. Rafel y de Dª Catarina, morí a 26 de Maig de 1833 havent rebut los Sants Sagraments; lo dia següent se celebrà un Ofici Doble major, tot a veus, ab absolta a la casa. Son cadàver fou enterrat en Vilassar de Dalt[2].

El 11 de febrero de 1807 escribe en su Diario, con relación a San Juan de Letrán, lo siguiente:

Vi la basílica de St. Juan Letrán situada al levante de Roma, que fue la primera Iglesia fundada de la Cristiandad… Vi en un patio de dicha Basílica unas tablillas llenas de blasones de armas de las cuales salían unos nombres y apellidos Catalanes que eran los de los oficiales de los Tercios de dicha Provincia que se opusieron a que el Templo fuese robado por el Ejército del Duque de Borbón, que asaltó y saqueó Roma, cuyos nombres y apellidos irán a continuación de éste Diario.

Y el 30 de marzo de 1807 escribe:

Hoy pasé a St. Juan Letrán, afín de copiar a la letra los nombres que insinué en uno de los días pasados, de los Oficiales de los Tercios Catalanes los cuales salvaron el Templo de ser saqueado cuando esta Ciudad fue asaltada por el Ejército del Duque de Borbón, cuyos nombres y apellidos son los siguientes:

Corellá Governador de la Región de Valencia

Francº Soler

Guillén Ramón

Francº Alós

Ripoll Pere

Narciso de St. Díonis

Villamaría Rumá

Martín Tolá

Dn. Civere

Guillén Ramón

Francº Ferrer

Juan Martorell

Pere de Corellá

Bartolomé Ferrer

Francº de Soler

Galcerán Mercader

Calatayu

Luis de Soler

Romeo Yac

Inmediato a estas tablas que contienen estos nombres y apellidos, acompañado cada uno de su blasón o escudo de armas, se encuentra una tablilla cuyo contenido es el siguiente:

Renovóse esta memoria por mandato del Ilmo. Señor Don Luis de Requesens Comendador Mayor de Castilla Embajador de la M. C. en el mes de Agosto de 1564.

roma

El Saqueo de Roma

El rey de Francia, Francisco I, conquisto Milán, cercando el ejército imperial en Pavía. Para socorrer esta invasión acudió, por mandato de Carlos V, el condestable de Borbón, gran feudal francés agraviado por Francisco I. El ejercito fue derrotado y el rey preso. Esto ocurría en enero de 1525. El rey de Francia fue conducido a Madrid. Allí tuvo que firmar un tratado. En el, Francisco I renunciaría a los estados italianos y la Artois y el Hainaut, casaría con doña Leonor, hermana de Carlos V y viuda del rey Manuel de Portugal, restituiría al duque de Borbón sus estados y rentas, entregaría a Carlos V el ducado de Borgoña a las seis semanas que estuviera libre en su reino, trataría de que Enrique de Albert renunciara al titulo de rey de Navarra. Asimismo Francisco I tenia que entregar a sus hijos -Enrique y Francisco de Valois- en calidad de rehenes, para salvaguardar el tratado. Esto es, tanto el Delfin como el duque de Orleáns serian rehenes de España hasta que el rey de Francia no cumpliera estrictamente el tratado. Al no cumplirlo, los herederos al trono de España permanecieron retenidos en el castillo de Pedraza (Segovia) durante cuatro años. El conocido como Tratado de Madrid fue firmado el 14 de enero de 1526.

Después de ser liberado, Francisco I siguió con sus esfuerzos para hacerse con Italia. Con tal motivo firmo, el 22 de mayo de 1526, el Tratado de Cognac. El tratado era una alianza con el Papado, con Francisco Sforza -duque de Milán- y la Señoría de Venecia. Esta alianza fue conocida como Liga Clementina. Una de las cláusulas del tratado era que España liberara a los hijos de Francisco I. El rey de Francia alego a sus aliados que el tratado de Madrid lo había firmado bajo coacción. Por su parte, Clemente VII desconfiaba de Carlos V, al no querer convertir el Vaticano en “los capellanes del rey de España”.

Carlos V, ante la traición, le envió refuerzos al condestable de Borbón, Carlos de Borbón, y buscar alianzas para salvaguardar su hegemonía en Europa. Se unió a Carlos V la familia Colonna.

La primera acción llevada a cabo por Francisco I fue mandar una flota, al mando de Pedro Navarro, con naves venecianas y del papado, para bloquear la ciudad de Génova. Por tierra esta ciudad estaba siendo sitiada por el duque de Urbino, jefe de las fuerzas confederadas de Clemente VII y Venecia. El condestable de Borbón, que a la sazón había recibido un contingente de 12.000 lansquenetes, ataco las fuerzas de Urbino, el cual tuvo de desistir del sitio de Génova. Por su parte, el embajador de Carlos V ante el Papa, Hugo de Moncada, apoyado por el cardenal Pompeyo Colonna, organizó un batallón de 3.000 hombres, formado por soldados españoles y napolitanos. Con una marcha rápida desde Nápoles asalto Roma, al estar esta desprotegida. Clemente VII tuvo que refugiarse en el castillo de Sant’Angelo. Mientras tanto los soldados mandados por Pompeyo Colonna saquearon el Vaticano y la Basílica de San Pedro. Hugo de Moncada se entrevistó con Clemente VII. A cambio de su libertad, el Papa se comprometió a abandonar la Liga Clementina, levantar la excomunión a la familia Colonna y pagar un elevado rescate. Hugo de Moncada, dándose por satisfecho, se retira de Roma, llevándose como rehenes a dos cardenales, sobrinos del Papa. Pero Clemente no respetó la tregua.

A finales de enero de 1527 el condestable de Borbón dejo Milán en manos de Antonio de Leiva, y abandono la ciudad con un ejercito de 26.000 hombres. Con él iban el capitán Jorge de Frundsberg con sus tropas alemanas, los lansquenetes, unos 18.000 hombres, entre los que no faltaban muchos luteranos, gentes para quienes el Papa era el mismísimo Anticristo. Junto a los 10.000 españoles, los 6.000 italianos, los 5.000 suizos y los 6.500 jinetes que integraban las fuerzas de caballería. Se dirigieron, en primer lugar, a Florencia, ciudad que no fue perturbada por dichas tropas. De ahí partieron hacia Roma. El Papa Clemente VII dialogo con el virrey de Nápoles, Lannoy, para que convenciera al condestable y que depusiera su marcha hacia Roma. Lannoy fracaso en su empeño. Como había ocurrido meses atrás, la defensa de Roma era mínima. El Papa Clemente VII solo tuvo tiempo de organizar un pequeño ejército -con los soldados suizos- y excomulgar a todos aquellos que se acercaban a Roma. Las palabras de Clemente VII fueron desoídas por las tropas al mando del condestable, que no les importaba haber sido excomulgados por el Papa.

El motivo por el cual el condestable de Borbón avanzó fue porque la soldadesca quería resarcirse de las penalidades sufridas con el botín que le esperaba en las ricas ciudades de Italia. Intentando frenar el alud, Clemente VII ofreció a Borbón 60.000 ducados. Borbón, presionado por las tropas, pidió 240.000 El Papa regateó y el condestable respondió subiendo su propuesta a 300.000 ducados. Clemente no estaba en condiciones de ofrecer aquella suma, y el pueblo romano mucho menos aún, desconfiando más incluso que sus enemigos de la palabra del Papa. Con relación a la Roma de la época escribió Gregorovius: En 1527 los descendientes de aquellos romanos que en un tiempo habían rechazado desde sus murallas a poderosos emperadores, no conservaban ya nada del amor por la libertad y de las viriles virtudes de sus progenitores. Aquellas cuadrillas de siervos del clero, de delatores, de escribas y fariseos, la plebe nutrida en el ocio, la burguesía refinada y corrompida, privada de vida política y de dignidad, la nobleza inerte y los millares de sacerdotes viciosos eran semejantes al pueblo romano de los tiempos en que Alarico había acampado ante Roma.

El 6 de mayo de 1527 el ejercito comandado por el condestable de Borbón ataco Roma. Las tropas españolas entraron por la Porta Sancti Spiritu y las alemanas por la Porta San Pancracio. En el momento de escalar las murallas que defendían la ciudad, un disparo acabo con la vida del condestable. La autoría del disparo que acabo con la vida de Carlos de Borbón se la atribuyo el artista Benvenuto Celini. Con referencia a éste suceso escribió Cellini: Vuelto mi arcabuz donde yo veía un grupo de batalla más nutrido y cerrado, puse en medio de la mira precisamente a uno que yo veía levantado entre los otros; la niebla no me dejaba comprobar si iba a caballo o a pie. Me volví inmediatamente a Lessandro y a Cecchino, les dije que disparasen sus arcabuces… Hecho esto por dos veces cada uno, yo me asomé a las murallas prestamente, y vi entre ellos un tumulto extraordinario. Fue que uno de nuestros golpes mató a Borbón; y fue aquel primero que yo veía elevado por los otros, según lo que después comprendí.

El mando de las tropas, tras la muerte del condestable, la adquirió Filiberto de Chalons, príncipe de Orange. Sin grandes resistencias consiguieron derrotar las fuerzas suizas reunidas por el Papa y penetrar en la ciudad. En un primer momento el Papa, los cardenales y varios embajadores extranjeros se refugiaron en la basílica de San Pedro. Ahora bien, al ver como evolucionaba la invasión, decidieron refugiarse en el castillo de Sant’Angelo. Las tropas comandadas por el príncipe de Orange saquearon toda la ciudad. El Saqueo de Roma fue presentado por la propaganda imperial como un castigo divino por la resistencia que las altas jerarquías eclesiásticas oponían para llevar a cabo una reforma de la Iglesia católica.

Respecto del saqueo escribió Pedro Mexía: Detrás de ellos las otras naciones hicieron lo mismo. La victoria es cosa cruel y desenfrenada; pero ésta fue lo más que otra, porque la indignación de la gente de guerra contra el papa y cardenales era grande por las ligas pasadas, e por el quebrantamiento de la tregua de D. Hugo, por los grandes trabajos que en el camino habían pasado, e sobre todo por faltarle el Capitán General, que pudiera templar la furia de los soldados e poner orden en las cosas. De manera que, indignados y desenfrenados, sin piedad mataban y herían a cuantos pudieron alcanzar, siguiendo el alcance hasta las puentes del río Tíber, que divide el burgo donde está el palacio sacro y la iglesia de San Pedro, de la ciudad, asta se apoderar de todo él; lo cual hicieron en muy breve espacio. Y lo saquearon y robaron todo. Y a continuación escribe: Y tras esto, sin hacer diferencia de lo sagrado ni profano, fue toda la ciudad robada y saqueada, sin quedar casa ni templo alguno que no fuese robado, ni hombre de ningún estado ni orden que no fuese preso y rescatado. Duró esta obra seis o siete días, en que fueron hechas mayores fuerzas de insultos de lo que yo podía escribir. Y de esta manera fue tomada y tratada la ciudad de Roma, permitiéndolo Dios por sus secretos juicios; verdaderamente, sin lo querer ni mandar el Emperador, ni pasarle por el pensamiento que tal pudiera suceder. Y éste fue el fruto que sacó el papa Clemente, por la pertinencia y dureza que tuvo en ser su enemigo.

De los cincuenta y cinco mil habitantes que Roma contaba, sólo quedó poco más de la mitad. El resto logró escapar o fue asesinado. El total de las pérdidas materiales sufridas alcanzó la cifra, astronómica en aquellos tiempos, de diez millones de ducados. Los palacios de los grandes fueron saqueados, tanto los de la nobleza como los de los eclesiásticos. Los que ofrecieron resistencia fueron borrados con minas o flanqueados a cañonazos. Algunos se salvaron del saqueo pagando fortísimo su rescate. Pero los palacios respetados por los alemanes fueron saqueados por los españoles, y viceversa. No se respetaron los de los próceres partidarios del emperador, que habían permanecido en Roma pensando que nadie les molestaría. La iglesia nacional de los españoles (Santiago, en la plaza Navona) y la de los alemanes (Santa María del Ánima) fueron saqueadas. Se violaron las tumbas en busca de joyas. La de Julio II fue profanada. Las cabezas de los apóstoles San Andrés y San Juan, la lanza Santa, el sudario de la Verónica, la Cruz de Cristo, la multitud de reliquias que custodiaban las iglesias de Roma…, todo desapareció. Los eclesiásticos fueron sometidos a las más ultrajantes mascaradas. El cardenal Gaetano, vestido de mozo de cuerda, fue empujado por la ciudad a puntapiés y bofetadas. El cardenal Ponzetta, partidario del emperador, también fue robado y escarnecido. Otro, Numalto, tuvo que hacer el papel de cadáver en el macabro entierro que organizaron los lansquenetes. Las religiosas corrieron la misma suerte de muchísimas otras mujeres, e incluso niñas de diez años, en manos de la soldadesca lasciva. Muchos sacerdotes, vestidos con ropas de mujer, fueron pasados y golpeados por toda la ciudad, mientras los soldados, vestidos con los ornamentos litúrgicos, jugaban a los dados sobre los altares o se emborrachaban en unión de las prostitutas de la ciudad.

Ante la impotencia de poder ser liberado por el ejército comandado por Urbino, Clemente VII capitulo el 6 de junio de 1527. Al conocer Carlos V los sucesos ocurridos en Roma, manifestó su profundo pesar y le escribió manifestándole sus condolencias. Asimismo, el 31 de junio de 1527 dio a conocer un manifiesto a los príncipes cristianos, en el cual protestaba sobre los hechos allí cometidos, condenaba los crímenes cometidos y se exculpaba de todo ello. La paz entre España y Francia se produjo en el Tratado de Combai o de las Damas – por haberla negociado la gobernadora de Flandes, Margarita de Borgoña, tía paterna de Carlos, y Luisa de Saboya, madre de Francisco I-, por el cual Francisco I renunciaba a Italia y Carlos V a Borgoña.

Sobre la defensa de San Juan de Letrán

Los acontecimientos fueron los descritos anteriormente. Ahora bien, vamos a profundizar un poco más en la intervención de los soldados catalanes. Como hemos podido leer hubo dos asaltos a la ciudad de Roma. La primera llevada a cabo por Hugo de Moncada y Pompeyo Colonna y la segunda por el Condestable de Borbón.

Felíu de la Peña en Anales de Cataluña, Libro III, páginas 168 a 169, publicado en 1709 narra así los sucesos ocurridos en Roma después de la marcha, de Madrid, de Francisco I:

Mal cumplió el francés lo que había ofrecido en las Paces que firmó en Madrid, al primero de Julio: rompió el comercio con Cataluña, no dejaba pasar a Nápoles fu Virrey, que fe hallaba en Paris, solicitó prender a Don Hugo de Moncada, que hubo de pasar disimulado, y disfrazado por Francia, para ejecutar el orden del Cesar en la Embajada extraordinaria al Papa, por ocasión de la guerra que comenzaba Su Santidad en Italia, coligado con los Enemigos de Noyon: dio su Parlamento por nula la de Madrid, y determinose a faltar a la obligación que debía a Carlos V.

Pasó con harto peligro Don Hugo de Moncada a Roma, halló al Duque de Sesa ya fuera de la Corte Romana: entró Moncada, propuso al Papa los medios de Paz, que no admitió; y desconfiando templar en ánimo del Pontífice, y reducirle a la Concordia que deseaba el César, partió de roma; agregándose al Duque de Cesa, y al Cardenal Pompeo Colona, y determinó con las armas buscar los medios de la Paz de Italia. Juntó mil y quinientos soldados, todos, o los más españoles, y otros tantos Caballos del Reino de Nápoles, y juntándose con ellos la gente del Cardenal colona, formó un mediano ejército. Partió con esta gente Moncada a Roma: entró después de poca resistencia la Ciudad, apoderase del Barrio, o Burgo, que llaman Vaticano, y del Sacro Palacio, al cual entraron los soldados, robándole sin atención alguna: determinaron proseguir el sacrilegio, o ejecutar otro mayor, entrando en lo Sagrado de la Iglesia de San Juan de Letrán, para profanarla, y hurtar la riqueza que había ofrecido la devoción de los Fieles a aquel Santuario, y tan célebre, y venerado Templo. No lo permitió el celo Católico de los Catalanes, gobernados por sus Capitanes Don Hugo de Moncada, Don Felipe, Don Juan de Cervelló, N. de Corbera, y n. Burell, pues intrépidos algunos de ellos apartándose de los demás soldados, le opusieron incontrastables muros a la defensa de la Iglesia, y consiguieron guardarla, a todo el tropel del ejército. De cuya acción gloriosa agradecidos los romanos, mandaros esculpir, o pintar las Armas, divisas, y nombres de los defensores en la misma Iglesia, como de presente se hallan, habiéndoles vuelto a pintar después de haber limpiado, o blanqueado la Iglesia; de donde hizo copiar sus nombres, hallándose en Roma el Canónigo y Arcediano de Barcelona Don Francisco Senjust, a quien se debe dar todo crédito, por ser sujeto bien conocido, y son los siguientes: Bartolomé de Ferrer, Francisco de Soler, Guillen Mercader, Romeo de Iac, N. de Calatayud, Luis de Soler, Martín de Tolá, N. de Civere, Guillen Ramon, N. de Cruilles, N. Ferrer, Martorell de Juan, Pedro de Corella, N. de Corella Gobernador de Valencia, Guillen Ramón Vilafranca, N. Alós, Pedro de Ripoll, Narciso de Santonís, Vilamarí Ramon.

Esta es la descripción de la defensa de San Juan de Letrán hecha por Felíu de la Peña. No es cierto que Hugo de Moncada entrara en Roma junto con las tropas del Cardenal Colonna. Roma ya estaba sitiada por Colonna y Moncada, en una jugada estratégica, se presentó, ante la ciudad y ante Clemente VII, como el liberador de aquella ciudad del asedio. Más adelante escribe: Proseguía su camino a Florencia el duque de Borbón, determinado de pasar a Roma. Temió el Papa más al enemigo, que al ejército, solicitó que Don Hugo de Moncada saliese al paso a Borbón, para detenerle: hizo la diligencia Don Hugo con toda verdad, y Borbón el viaje con toda prisa; pero lo cierto es, que ni uno, ni otro pudieron detener el coraje del ejército: llegó Borbón sobre Roma a 25 de Mayo, sucedió el asalto, muerte de Borbón, y saco de Roma, no aprobado, antes sentido del César.

Felíu de la Peña se equivoca de fecha. Como hemos visto el saqueo de Roma fue el 6 de mayo y no el 25 de mayo. Si bien puede ser un error de imprenta, todo lo demás se ajusta a la verdad.

Luis de Requesens

En el Diccionario Enciclopédico Espasa-Calpe se puede leer, al tratar la biografía de Luis de Requesens: siendo en 1564 Embajador en Roma, hizo renovar a sus expensas el monumento dedicado a los catalanes que en 1527, durante el asalto y saqueo de la Ciudad Eterna, impidieron que fuese saqueada la Basílica de San Juan de Letrán. La verdad es que no fue una etapa fácil para Requesens. En 1561 fue designado embajador en el Vaticano. Requesens embarcó a comienzos de 1563 dirección a Roma. A su llegada se produjeron graves divergencias con el embajador de Francia y los cardenales franceses del Sacro Colegio cardenalicio. Francia exigió que si Pío IV no restablecía el derecho de preferencia en las funciones públicas, su embajador retiraría su obediencia al Pontífice. Pío IV, ante las presiones, decidió dar preferencia al embajador francés.

Requesens se presentó ante Pío IV y reclamó enérgicamente a favor de Felipe II. Requesens le dijo: Que si España llegaba a retirar a su embajador, no sería como embajador de la Santa Sede, sino de Pío IV como príncipe.

Enterado Felipe II del suceso, mandó que Requesens dejara la embajada y saliera de Roma. Requesens marchó a finales de agosto de 1564. De roma marchó a Florencia y, de allí a Génova. Allí permaneció un año y medio, bajo el pretexto de esperar el posible fallecimiento de Pío IV. Si esto ocurrí, según las órdenes de Felipe II, regresaría inmediatamente a Roma, para retomar su cargo de embajador. Pío IV murió el 10 de diciembre de 1565 y Requesens regresó a Roma el mismo día que se cerraban las puertas del cónclave. Al frente de la embajada en Roma permaneció hasta 1567.

Así pues, Requesens renovó el monumento a los soldados catalanes mientras preparaba su marcha de la ciudad. Posiblemente, a su regreso, en 1565, pudo ver el trabajo de restauración realizado, aunque no haya constancia. Lo que resulta curioso del hecho es que, a pesar de las divergencias con Pío IV y Francia, Requesens tuviera no ya tiempo, sino ganas de renovar un monumento que, a pesar de tratarse de unos soldados catalanes, significaba una menudencia si lo comparamos con los avatares políticos del momento.

Conclusiones

Los hechos son concluyentes con respecto a la intervención catalana en la defensa de San Juan de Letrán. Ahora bien, en los documentos incluidos más arriba hay un error de localización. El primer de ellos es el de Rafael de Llanza, al afirmar que: Vi en un patio de dicha Basílica unas tablillas llenas de blasones de armas de las cuales salían unos nombres y apellidos Catalanes que eran los de los oficiales de los Tercios de dicha Provincia que se opusieron a que el Templo fuese robado por el Ejército del Duque de Borbón, que asaltó y saqueó Roma. El segundo error es el que da el Diccionario Enciclopédico Espasa-Calpe, al afirmar que: siendo en 1564 Embajador en Roma, hizo renovar a sus expensas el monumento dedicado a los catalanes que en 1527, durante el asalto y saqueo de la Ciudad Eterna, impidieron que fuese saqueada la Basílica de San Juan de Letrán.

Las tropas de Cardenal Colonna entraron en Roma el 20 de septiembre de 1526. Al llegar Hugo de Moncada se percató que los soldados de Colonna ya habían asaltado y saqueado el Vaticano y la Basílica de San Pedro. Como hemos dicho, Moncada se presentó ante la ciudad y ante clemente VII como el liberador de la ciudad. Por eso Clemente VII trata la paz con Hugo de Moncada y por esto éste capitula, comprometiéndose a abandonar la Liga Clementina, levantar la excomunión a la familia Colonna y pagar un elevado rescate. Gracias a esta circunstancia se debe el reconocimiento del pueblo romano. Moncada es considerado un libertador y los catalanes que defendieron San Juan de Letrán unos héroes. De ahí que, tiempo después les fuera erigido un monumento. Así pues, no es el 6 de mayo de 1527 cuando se produjo la defensa, sino ocho meses antes, durante el primer saqueo que sufrió Roma.

Los soldados catalanes no saquearon San Juan de Letrán porque se presentaron como liberadores. Mal hubiera hecho un liberador empezar su misión saqueando una Iglesia.

En la descripción de Rafael de Llanza y Felíu de la Peña existe una diferencia. Llanza no nombra a N. de Cruïlles y, en cambio, Peña sí. Tal vez la tablilla que se reproduce en el gráfico, que tiene divisa pero no nombre, perteneciera originalmente a Cruïlles. Esta posibilidad no es ilógica porque, entre la descripción de Peña y la de Llanza transcurrió un siglo.

En ambas descripciones no aparece el nombre de Hugo de Moncada. Resulta curioso que el capitán del tercio de soldados catalanes no fuera homenajeado al lado de sus hombres, teniendo en cuenta la dimensión de su cargo y la trascendencia que tuvo su actuación. En la época de Llanza el nombre no estaba grabado en la pared de San Juan de Letrán. Felíu de la Peña transcribe unos nombre que, en su momento, hizo copiar Francisco Sentjust: “de donde hizo copiar sus nombres, hallándose en Roma el Canónigo y Arcediano de Barcelona Don Francisco Senjust, a quien se debe dar todo crédito, por ser sujeto bien conocido, y son los siguientes”. Parece como si Francisco Sentjust estuviera en Roma al inaugurarse el monumento y que, durante el acto copiara el nombre de todos aquellos catalanes que defendieron San Juan de Letrán. De ahí que Peña nombre a Cruïlles i Llanza no. Pues bien, ¿cuándo estuvo en Roma Francisco Sentjust? Celestino Fernández, en Reflexión ante el III Centenario de la llegada de los Paúles a España, escribe lo siguiente: En 1680, el Papa Inocencio XI dio una norma por la que obligaba a todos los candidatos a las sagradas órdenes a hacer varios días de ejercicios espirituales.

El presbítero D. Francisco Sentjust y Pagés, arcediano de la Catedral de Barcelona, quiso llevar a la práctica esta norma y pensó crear una nueva Congregación para este fin. Pero no encon­tró quien quisiera colaborar en esta obra.

En un viaje que hizo a Roma, se hospedó en la casa que allí tenía la Congregación de la Mi­sión. Y ahí encontró lo que estaba buscando. Cuando regresó a Barcelona, el sacerdote D. Jerónimo Enveja le ofreció sus bienes para que llamase a 10 sacerdotes de la Misión y pudiera proceder a la fundación. Y cumplidos todos los trámites legales, tanto eclesiásticos como civiles, escribió al Superior de la Comunidad de Misioneros de Roma y le rogó que aceptase la fundación.

Y así, el referido día 8 de julio de 1704 llegaron a Barcelona los primeros Misioneros paúles. Dos italianos (los PP. Juan Domingo Orsese y Juan Bautista Balcone), un español (el P. Luis Narváez, cordobés) y un hermano coadjutor también español (el Hno. Antonio Camino, gallego de Santiago de Compostela). Estos dos eran los primeros misioneros españoles de la Congregación, en la que habían ingresado y emitido los votos en Roma.

La evidencia es clara. Francisco Sentjust estuvo en Roma a comienzo del siglo XVIII. Esto significa que, si Requesens restauró el monumento en 1564, Sentjust lo vio unos ciento treinta años después de esta restauración. ¿Por qué decimos esto? Todo esto viene a colación de la descripción hecha por Vincenzo Forcella en el libro Iscrizioni delle chiese e d’altri edifici di Roma dal secolo XI fino ai giorni nostri, publicado en Roma en 1876, página 33 del volumen octavo, del memorial a los soldados catalanes y que reproducimos en estas páginas y la no aparición del nombre de Hugo de Moncada.

Si nos fijamos en las tablillas, encima de cada una de ellas hay un número. Desde el 64 al 83, todos los escudos están numerados. En total 20 escudos. Esto equivale a 20 nombres. Ahora bien, en la defensa de San Juan de Letrán, ¿sólo hubo veinte soldados? ¿Por qué la numeración empieza por el 64? Consideramos que 20 hombres era un número muy reducido de soldados para defender una Iglesia. Habida cuanta que tenían que retener a unos soldados, los del Cardenal Colonna, fuera de control después de saquear el Vaticano y San Pedro, veinte hombres poco hubieran podido hacer. Caso contrario es que, en la defensa de San Juan de Letrán hubieran participado 83 soldados catalanes. De ahí que se numeren los escudos, para que quede para la posteridad el número de defensores de la citada Iglesia.

No tenemos referencia clara de cómo era el monumento en el momento de la inauguración. Sólo sabemos que Requesens lo restauró en 1564 y que, a comienzos del siglo XVIII Sentjust hizo copiar los nombres que en él aparecían. Es posible que el paso de los años hubiera sesgado el monumento. Como dice Peña: habiéndoles vuelto a pintar después de haber limpiado, o blanqueado la Iglesia. Esto significa que, Sentjust estaba en Roma cuando se volvió a restaurar el monumento. Tenemos una primera restauración en 1564 y una segunda a comienzos del siglo XVIII. Son más de ciento treinta años. Demasiado tiempo para que, de haberse borrado parte de las inscripciones, se volvieran a recuperar.

Con lo cual se puede decir que, teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, cabe suponer que el paso de los años sesgó el monumento original y que, cuando Francisco Sentjust y Rafael de Llanza vieron el monumento a los soldados catalanes, sólo apreciaron una parte de él pues, el resto, con el paso de los años, se borró. Por eso no se nombra a Hugo de Moncada. Su nombre, como el de los otros sesenta y tres soldados que no aparecen nombrados, se perdió. Si tenemos en cuenta que hoy en día no se tiene constancia que una vez existió dicho monumento, no nos ha de extrañar que, en el momento de la restauración, se omitieran escudos, divisas y nombres pues, ya en aquella época se desconocía quienes fueron los soldados catalanes que lucharon en la defensa de San Juan de Letrán.

Cesar Alcalá. Revista Arbil, nº 85

Notas

[1] Antonio Ricardos. Nació en Barbastro en 1727 y murió en Madrid en 1794. Fue encargado por Carlos III de la reforma del ejército de Nueva España. Participó en la comisión de límites hispano-francesa (1768). En 1793-1794 dirigió la victoriosa campaña del Rosellón contra la Revolución francesa.

[2] D. Rafael de Llanza y de Valls, Teniente Coronel de los Reales ejércitos, ed. 62 años, Vdo. De Dª Dolores Esquivel, hijo de D. Rafael y de Dª Catalina, murió el 26 de mayo de 1833 habiendo recibido los Santos sacramentos; al día siguiente se celebró un Oficio Doble Mayor, todo a voces, con responso en su casa. Su cadáver fue enterrado en Vilassar de Dalt

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