“Cuando los cachorros crecen” por Javier Barraycoa


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Una vez la burguesía conservadora aceptara la hegemonía cultural de izquierdas, moriría solita desde dentro -por metástasis- y la lucha de clases sería la puntilla. 

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Cuando el 19 de julio de 1936 estallaron las revueltas anarquistas en Cataluña y empezaron a sucederse los primeros incendios de iglesias y asesinatos, ya todo olía a revolución imparable. Uno de los primeros en escaparse de Barcelona fue José Puig y Cadafalch, hombre fuerte del catalanismo conservador representado por la Lliga y que había presidido la Mancomunitat. Era uno de los mejores arquitectos modernistas, burgués elitista, inteligente a la par que apasionado catalanista. Perplejo por lo que acontecía en Cataluña, al llegar a Francia, entró en la primera biblioteca pública que encontró. Pidió una historia de la Revolución Francesa que leyó con avidez y finalmente suspiró. Quedó consolado al comprobar que en países civilizados como Francia también habían acontecido revoluciones como la que en ese momento se estaba produciendo en nuestra tierra, por lo tanto ¡Cataluña era normal! Este es un ejemplo claro de cómo el nacionalismo ciega incluso a las mentes más brillantes.

El ya casi desconocido marxista greco-francés, Nico Poulantzas, a parte de su suicidio, nos dejó una interesante interpretación del papel de la burguesía en los procesos revolucionarios que heredó del cada vez más rescatado ideólogo comunista Antonio Gramsci. La reinterpretación marxista de Gramsci, retomada por Poulantzas, propone que la burguesía es la primera clase dominante en la historia que necesita que la administración del aparato de Estado sea llevada a cabo por clases sociales distintas a ella misma, especialmente clases más bajas. Con esta premisa, Poulantzas intentó elaborar una teoría para comprender el Estado burgués-democrático y explicar cómo un sistema económico capitalista individualista y separador de clases podía convivir con un Estado que necesitaba crear cohesión social y cierta igualdad para sostenerse. La solución se hallaba en una clave que nos proporcionaba Gramsci: la teoría de la hegemonía cultural y el consenso.

Cuando Pujol decidió exteriorizar su independentismo congénito, sabía que nunca podría lograrse la independencia desde una mera perspectiva conservadora burguesa

Gramsci reescribiendo a Marx, interpretaba que inconscientemente la burguesía cavaba su propia tumba pues, para evitar la lucha de clases, no sólo renegaba de su hegemonía cultural en cuanto que clase dirigente, sino que buscaba consensos culturales con otras clases sociales inferiores. El fundador del Partido Comunista Italiano confiaba en que los grupos más revolucionarias serían capaces de generar intelectuales para manipular a su favor ese consenso con la burguesía. Una vez la burguesía conservadora aceptara la hegemonía cultural de izquierdas, moriría solita desde dentro -por metástasis- y la lucha de clases sería la puntilla.  ¿Y para qué les cuento este rollo? Pues sencillamente para entender lo que está pasando en Cataluña y por qué el radicalismo separatista empieza a desplazar a los viejos poderes burgueses que en su día representó CiU. SEGUIR LEYENDO …

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