LIBRO sobre el ‘monstruo’ de las checas de Barcelona


El próximo martes sale a la venta El hombre de las checas (Editorial Espasa), de Susana Frochtmann

Celda psicotécnica con ladrillos de canto para que el preso no pudiera andar. AP / ÁLBUM PERSONAL

La escalofriante historia del artista de la tortura narrada por la niña a la que educó su esposa como institutriz

Se llamaba Alfonso Laurencic, torturaba en nombre del Frente Popular y obligaba a los detenidos a ver ‘arte’, como la escena de una película de Buñuel donde una cuchilla de afeitar corta el ojo de una mujer

Antes de tomar asiento en el banquillo, el hombre saludó al tribunal con una ligera inclinación de cabeza. Era un tipo alto y corpulento, iba enfundado en un abrigo negro y pantalón blanco, y tenía los pies calzados con unas sencillas alpargatas. Era el 12 de julio de 1939 y para Alfonso Laurencic, de 37 años, casado y sin hijos, nacido en Francia, de padres austriacos, empezaba un proceso sumarísimo que le llevaría directo a la muerte. Era el final de un personaje propio del cine negro. De un monstruo. Una especie de perverso Frankenstein que había permanecido escondido detrás de un tipo culto y seductor. Porque Laurencic, que además hablaba siete idiomas, había sido muchas cosas en la vida. Desde boxeador y buscavidas a músico de jazz y refinado torturador. De su cerebro enfermizo saldrían las checas más diabólicas en tiempos de la Guerra Civil española. Las checas eran las cárceles del Frente Popular (coalición de partidos de izquierda) donde cientos de infelices fueron torturados y asesinados durante aquella contienda.

Entendido en colores y efectos de luz, combinaba figuras de ilusión óptica en las checas -agujeros de dos metros de altura por metro y medio de ancho- que hundían aún más el ánimo del recluso. Eran las llamadas celdas psicotécnicas, uno de los modelos de checa más cruel y que Alfonso Laurencic decoraba con dibujos inspirados en los artistas de la Bauhaus alemana. Estaban alquitranadas por dentro y por fuera, para que el sol recalentara el interior hasta convertirlo en un horno asfixiante. Lo peor era que la tabla que se utilizaba como cama estaba inclinada unos 20 centímetros, lo cual imposibilitaba descansar; por añadidura, el suelo era ondulado, inspirado en los diseños de la Bauhaus, que hacía que caminar resultara inseguro e incierto. Por último, las paredes eran curvas y sobre ellas se proyectaban motivos geométricos y obras abstractas y surrealistas de Kandinsky, Paul Klee y otros artistas (a Laurencic le encantaban las obras abstractas y surrealistas) o la famosa escena, la más brutal, de El perro andaluz, de Buñuel, en la que se ve cómo le rajan el ojo a una mujer con una navaja de afeitar.

Lo que nunca supo -hasta hace poco- Susana Frouchtmann, autora de El hombre de las checas (Espasa, en la calle el martes 13 de febrero), era que ese hombre, precisamente él, algo había tenido que ver con su confortable infancia y juventud. Descubrió que era el marido de la institutriz que durante 30 años se había sentado a la mesa con los Frouchtmann y había cuidado de sus cuatro hijas (Mita, Ana, Susana y Herminia, ya fallecida), nacidas en una familia de la burguesía catalana, descendientes de judíos y de un eminente cirujano, el doctor Manuel Corachán. Susana, periodista, escritora, comisaria de exposiciones y mil cosas más, andaba a la caza de datos sobre la Barcelona de la Guerra Civil con el propósito de documentar una historia sobre mujeres de la época, cuando se topa con Meri Laurencic (su institutriz) en un blog sobre la Memoria histórica. No aparecía con ese nombre sino como Frau Preschern (apellido de soltera de Meri), que es como la llamaban en casa de los Frouchtmann. Pero lo que pone en guardia a la escritora es que Frau Prechern figuraba en una lista bajo el inquietante título Personajes de terror en Barcelona. «¿Podía ser cierto?», se preguntó con estupor. Para Susana fue como un viaje en el tiempo. «La infancia siempre vuelve», dice ella. Y comenzó una búsqueda tenaz y apasionada para esclarecer un capítulo de su niñez que había adquirido un nuevo significado.

Aunque no lo buscaba, Alfonso Laurencic volvió a ella en el verano de 2015. Y con él regresaron las palabras olvidadas y los paisajes de una niña que ahora, de mayor, descubre que hablaban de una vida oculta y mucho menos placentera que la que merodeaba en sus bucólicos años de infancia y juventud. «Nuestra madre nos explicó, muy por encima, que al marido de Meri (Laurencice, esposo de la institutriz austriaca) lo habían fusilado nada más acabar la Guerra Civil», recuerda la autora. Pero con sólo nueve años, a la pequeña le resultaba imposible imaginar que aquella inesperada revelación apuntaba a uno de los personajes más sórdidos y crueles de la época. Laurencic era el padre y constructor de las peores checas, especialmente las que se levantaron en las calles Vallmajor y Zaragoza de Barcelona. La primera, un auténtico museo de los horrores donde habían abierto una gran gran fosa para los simulacros. Colocaban a su víctima al borde del agujero, haciéndole creer que iba a ser enterrada allí mismo, mientras un pelotón de fusilamiento le apuntaba con sus fusiles sin llegar a disparar o con balas de fogueo.

Al margen de los recuerdos de Susana, los documentos sobre Alfonso Laurencic hablan de un hombre nacido el 2 de julio de 1902 en Enghien-les-Bains, un barrio bien cercano a París. Alto, rubio, refinado, cosmopolita, cínico, músico y fundador de una orquesta de jazz, Los 16 Artistas Unidos, banda que triunfó en los más elegantes salones de baile de Barcelona hasta que en julio de 1936 estalla la Guerra Civil… Hijo de un matrimonio austriaco, Julio y Melitta, Laurencic se enroló un tiempo en la Legión extranjera, viajó por Europa, donde ejerció diversos oficios, y regresó a Barcelona en 1933, ganándose primero la vida con el jazz. No era la primera vez. Años antes su padre, Julio Laurencic -editor, publicista, innovador-, había recalado en la capital catalana tras un periplo por Berlín, París, San Sebastián, Madrid y Galicia. Ya asentado en la Cataluña republicana, hizo fortuna como editor y hasta fue condecorado Caballero de la Real Orden de Isabel la Católica.

A partir de su muerte en Barcelona en 1923, la familia fue a menos y Alfonso, ávido de éxitos y experiencias, recorre Europa, se casa en Austria y vive con Meri, de exquisitos modales, culta y hermosa, unos años de vino y rosas en el Berlín de Weimar. Escaparán al llegar los nazis al poder.

Laurencic, al que no se le puede negar una capacidad innata para sobrevivir, utilizaría sus dotes de seductor consumado y temible para codearse con los más granado. «Le daba igual el credo político», puntualiza Frouchtmann. «No tenía ideología ni escrúpulos. Su credo era él mismo». Sólo un diablo como él podría actuar como espía de los dos bandos (republicanos y nacionales), afiliarse a la CNT y a la UGT, y después traicionarlos a la vez que conseguia un puesto en la Consejería de Orden Público de Barcelona como intérprete. Además, como estafador no tenía precio: distraía fondos del Servicio de Investigación Militar (SIM) de la República, para el que llegó a trabajar, y facilitaba la salida de España a personas pudientes, a cambio de elevadas sumas. Hasta que fue detenido por vender pasaportes falsos. Por estos delitos, terminó en la checa de Vallmajor que él mismo había ideado.

El día antes de ser fusilado no quiso cenar, se confesó y comulgó. El 9 de julio de 1939, de madrugada, fue ejecutado sin dejar que le vendasen los ojos. La institutriz de las niñas ricas ya nunca volvería a despertarse al lado de su amado arquitecto de las checas.

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