“CATALUÑA SERÁ CRISTIANA O NO SERÁ”, por Enrique Martínez


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Pantocrator de San Clemente de Tahull

Recientemente oía a un monje de Montserrat predicar que “Cataluña será integradora o no será”, modificando esencialmente aquellas conocidas palabras del obispo Josep Torras i Bages: “Cataluña será cristiana o no será”. Atendiendo al modernismo imperante, el calificativo “integradora” podría ser sustituido por muchos de esos valores abstractos que hoy flotan etéreamente en las homilías, incapaces de mover a la conversión del corazón: “solidaria”, “tolerante”, “dialogante”, “independiente”, etc. Es una manipulación del significado de las palabras propia de “unas leyes lingüísticas demoníacas propias de un mundo descristianizado”, como señalaba el filósofo Josef Pieper.

Pero si de las palabras pasamos a la verdad, que es la realidad de las cosas, como expresaba nuestro Balmes, tenemos que decir que, en efecto, Cataluña se ha descristianizado, dejando de ser lo que es. Que Cataluña ha sido cristiana desde su nacimiento es una verdad evidente. Basta dirigir una mirada a los campanarios que aún sobresalen en toda la geografía catalana. Y a esta significativa realidad se podrían añadir cientos, miles de testimonios de la catolicidad de la Cataluña surgida de la fecundidad materna de la Iglesia…

Más aún, de la Iglesia hispana, anterior a la misma existencia de Cataluña. Escuchemos uno de los tañidos de estos campanarios; se trata del Despertador de Catalunya, publicado por la Diputación del General en 1713, durante la Guerra de Sucesión: “[Catalunya] deu amb esperança cristiana confiar que lo Senyor dels Exércits la ajudará á defensar unes lleys tan santes, que sols tenen mirar á la major conservació de la sua Santa Lley y de la Santa Iglesia Católica Romana … sent nova admiració al mon, y fent á Deu, al rey, á vostres fills i descendents, y á tota la Espanya, lo major obsequi, y molt major sobre tot á la Santa Iglesia Católica Romana”.

Si Jesucristo viniera hoy a la tierra catalana, ¿encontraría esta fe, o una práctica religiosa reducida a la mínima expresión? ¿Encontraría estas leyes tan santas, o leyes inicuas de divorcio, aborto, uniones homosexuales, etc.? ¿Encontraría tal devoción a la Santa Iglesia, o un abandono de sus sacramentos y un desconocimiento escandaloso de su doctrina? ¿Encontraría tal afecto a España, o un profundo y sedicente resentimiento hacia ella? ¿Encontraría, incluso, preocupación por los hijos y descendientes, o una egoísta infecundidad que se contradice con cualquier proyecto político que mire al futuro? Sí, Cataluña ha apostatado de sus orígenes cristianos, y por eso también quiere renunciar a sus orígenes hispánicos. Por tanto, Cataluña ha dejado de ser lo que es, y se ha convertido en un espíritu nacional inmanente, de origen totalmente extrínseco a su historia y de carácter revolucionario.

Lo que vemos estos días en esta Cataluña revolucionaria ya lo advertía el Papa Pío XI hace casi cien años con profética lucidez: “Volvemos hoy a lamentar ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad” (Quas primas 24).

Como remedio no ponía otro que dirigir la mirada hacia Jesucristo, rey de las naciones: “Para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad” (Quas primas 25).

Sí, pongamos toda nuestra confianza en Cristo Rey, representado en los ábsides de las iglesias románicas de la naciente Cataluña. Y renovemos aquel voto a su Madre Santísima que hiciera el Consejo de Ciento de Barcelona en 1713, “a fin de alcanzar mejor la misericordia de Dios, de su Santísima Madre y santos patronos, y por su intercesión experimentar el alivio y consuelo en el trance tan angustioso”.

Enrique Martínez

Miembro de la Pontificia Academia de Santo Tomás

 

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