Estos días podríamos escribir un libro, más que una columna. Pasan tantas cosas y tan deprisa que vamos a ceñirnos exclusivamente a un detalle curioso. En las últimas jornadas antes del 1-O disponen entre Twitter y nuestro medio, Crónica Global, de información detallada hora a hora.

Uno, que se ha dedicado a pasear estos días por la ciudad de Barcelona, epicentro de las manifestaciones más multitudinarias, ha observado que, entre grito y grito, chillido y chillido, insulto e insulto o cacerolada y cacerolada, siempre hay alguien haciendo un vídeo o un selfie para las redes sociales. Una sensación curiosa. Más que sonrisas, más que presencia, mucha gente necesita demostrar que ha estado allí.

Más gente todavía remarca que ha estado allí. Esta no es una revolución de sentimientos sino una revolución de aparentar. Algunos, digamos las cosas con su nombre, tienen la autoestima tan baja que necesitan demostrar a su entorno que han hecho algo en la vida. Aunque sea simplemente insultar a un policía. Porque, ya puestos, sorprendía el otro día delante de la sede de la CUP –algunos nos movemos bien por la ciudad– cómo aquellos agentes uniformados y aquellos agentes con pasamontañas aguantaban con estoicismo los insultos del primer imbécil con olor a maría y meado que aparecía por la zona.

Cruzabas alguna mirada con algún agente y veías en su rostro la paciencia por no responder a los niñatos zarrapastrosos cuya única animación en la vida parece ser el alcohol, el insulto y llevar el pago al psicólogo del dinero de sus padres.

No es una revolución de sonrisas, es una revolución a la que muchos se apuntan para intentar recuperar el cariño hacia sus tediosas vidas

La poca autoestima de una parte de Cataluña es preocupante. La ineptitud tristona del presidente Carles Puigdemont o los graves síntomas llorosos de niño caprichoso al que no dejan jugar de Oriol Junqueras sólo pueden influenciar en gente con un carácter débil, con un nivel reflexivo escaso, y, sobre todo, con una vida que necesita emoción. Aquí descartaremos a los jóvenes. Ellos, a nivel personal, por esencia, deben ser precisamente revolucionarios. Ya crecerán.

Pero alegra que incluso muchos jóvenes desde su revolución personal critiquen con fuerza la podredumbre de la revolución política basada en esos burgueses de alcoba con escasos logros personales en la vida a excepción de haberse colocado en la administración de la mano de sus padres o familiares. Vamos, la típica gente que es incapaz de pasar una entrevista de trabajo y que a la legua ves que su autoestima no es su fuerte. Porque uno puede tener más o menos carácter, pero cuando uno se deja dominar por la mentira de una forma impropia, desaparece. Cuando la gente huye de la autocrítica es simplemente para ser un servil esclavo de señores. La época feudal sigue danzando por la Cataluña actual. No es un tema de estudios, de títulos, sino simplemente del poco cariño de mucha gente hacia su propia persona.

Alguno verá aquí una feroz –no mordaz, no tengo ese nivel– crítica. Pero simplemente paseen por redes sociales, comprueben la cantidad de selfies de personas siempre anónimas que inundan con su ausencia de la vida los lugares prostituidos por la propaganda. La autoestima se construye desde el esfuerzo y desde la autocrítica. Queda claro que, en la Cataluña actual, desde sus líderes hasta sus adeptos más fieros necesitan gritar independencia, no por convencimiento, sino por sentirse bien con ellos mismos. Y eso, señores, convierte esta revolución en la más triste de la historia. No es una revolución de sonrisas, es una revolución a la que muchos se apuntan para intentar recuperar el cariño hacia sus tediosas vidas.

CARLES ENRIC LÓPEZ

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